Carolina Gölcher Umaña: La otra mujer

La culpabilidad impuesta por el deseo de no ser madre, está habitada por la vergüenza y la vergüenza aniquila los impulsos de vida. La renuncia a la maternidad, no obliga a desistir a la trascendencia y tampoco representa un antagonismo frente a la feminidad. 

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Carolina Gölcher Umaña, Psicóloga y Psicoanalista.

La noción sociológica de rol femenino, comprende un número de reglas de comportamiento interno y externo, cuyo objetivo es instalar una serie de mandatos acerca de lo que significa ser mujer.  Con desconcierto, podemos mirar bajo la lupa el costo psíquico, que para las mujeres, significa tener que hacer tantas maniobras consigo mismas para sostener, acompañar, comprender, tolerar, callar, ser tiernas, dulces, reservadas, humildes, incondicionales, atractivas pero no demasiado y una larga exigencia contractual que circula en el imaginario colectivo.

No es un secreto que, en el devenir de una mujer, los pliegues de la incongruencia, que habitan lo femenino, son profundos. Son muchas y variadas las prácticas que interpelan la subjetividad femenina, la persistencia de ciertos estereotipos, por ejemplo el del ejercicio de la maternidad, permiten develar que no es somera la decepción que habita en el malestar de la cultura de ser mujer.

Para Sigmund Freud (1933), en la conferencia 33° titulada “La feminidad”, esta debe ser mirada no como algo que se es por naturaleza, o que esté otorgado por el código genético, sino en el acontecer de una niña en mujer y que se construye a través de un proceso, que puede o no, concluir en la maternidad.  Es decir, el acontecimiento de ser mujer, no es equivalente al acontecimiento de ser madre, de la misma manera que tener un hijo no convierte a una mujer en madre y, tampoco, en mujer.

Simone de Beauvoir (1949), en su ensayo, El segundo sexo, explica como la supuesta naturalidad de las mujeres hacia la maternidad, se ubica desde la Antigüedad, cuando se da la división sexual del trabajo y con ello la maternidad se convierte en la característica y actividad fundamental de las mujeres.  Asimismo, sobre la maternidad se vierten múltiples modelos culturales, económicos, políticos y estéticos, de manera que, históricamente, la mujer ha quedado entrampada en el mito mujer-madre, instaurándolo en el psiquismo femenino como uno de los pilares de su subjetividad.

Para algunas mujeres, decirle no al amor maternal y despegarse de la crianza de niños, representa girar la rueda del desafío, ser la otra mujer, pues esta elección es percibida como hostil y en oposición a la tradición que pretende proveedores a los varones y abnegadas a las mujeres.

El deseo de no ser madre, ubica a la mujer en la periferia, puesto que abre una hiancia entre aquellas mujeres, que según la cultura patriarcal, ejercen y cumplen la función natural de la maternidad y alcanzan así la realización en tanto mujeres, utilizando para ello el mito del instinto materno o la dotación biológica (útero, lactancia) que el cuerpo de la mujer posee, inscribiéndose el rol de la maternidad como único destino posible, confundiendo, adrede, lo biológico con lo cultural.

Asimismo, cuando la puesta en escena no es, un no quiero sino más bien, un no puedo, dicha disfunción, coloca a la mujer en un lugar distinto, puesto que no es ella quien no desea, sino una especie de mala suerte, de infortunio, que le arranca de sus entrañas el destino biológico. Para conocer el origen de esta cosmovisión, hay que remontarse a la Edad Media, cuando la esterilidad era motivo de deshonra y las mujeres sin hijos perdían importancia en la sociedad.

Por otra parte, el lugar de exclusión de quienes no desean ser madres es, en muchas ocasiones, reforzado por aquellas mujeres que le dijeron sí a la maternidad, estigmatizando y descalificando a las apartadas, sus saberes y sus formas de vincularse afectivamente, a través de vivencias cotidianas, “sólo las madres saben”,

“si usted tuviera hijos entendería”, “no hay amor más grande que el de una madre por sus hijos”, es decir, para estas mujeres, la verdadera, La Mujer, es aquella que ha seguido la inclinación natural de las mujeres hacia la maternidad.

El modo, muchas veces, subrepticio, en como una mujer decide que no quiere tener hijos, da cuenta de la utilización de la culpa como medio de control y ley. El poder de la culpa es indetectable, esquiva la percepción consciente y está dirigida a la privación, “eso no se hace”, “eso no se elige”, “eso no se rechaza”. La culpabilidad impuesta por el deseo de no ser madre, está habitada por la vergüenza y la vergüenza aniquila los impulsos de vida. La renuncia a la maternidad, no obliga a desistir a la trascendencia y tampoco representa un antagonismo frente a la feminidad.

La incapacidad para escuchar los deseos femeninos es una deuda cultural.  Para las mujeres el destino a forjar debe ser el de la libertad del ser, más allá del artificio de género que considera la maternidad como el non plus ultra de las mujeres, porque un hijo no es la pieza que le falta a una mujer y la maternidad no debería ser, de ninguna manera, pensada como estructural.


Este artículo fue publicado por primera vez en el libro “Día internacional de la mujer 2021” edición especial conmemorativa por La Revista CR.

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