Carolina Gölcher Umaña: Chiroteando

0

Carolina Gölcher Umaña, Psicóloga y Psicoanalista.

Fue en una preciosa mañana durante la canícula en la que les había invitado a nuestro acostumbrado vagabundeo vacacional. Atravesábamos el bochorno del mediodía, entretanto, nuestras risas giraban a toda velocidad hacia las copas de los árboles.

—Corta picos y picones, para los preguntones —dije mientras les hacía una mueca.

—Ja, ja, ja —rieron ambos.

—Anda, dinos para dónde vamos —dijo Sebastián imitando mi mueca.

—No necesitan saber, ya casi llegamos —les dije guiñando un ojo.

—¡Se me está llenando la cachimba de tierra! —soltó Fabián disimulando su risa.

—JA, JA, JA —gritó Sebastián, asaltado por la risa al tiempo que se zarandeaba de pies a cabeza.

Quería tomarlos a ambos de las manos, pero me contuve. Los años se han ido abriendo paso entre nosotros y atrás quedaron los días en que los acunaba balanceándome adelante y atrás mientras entonaba para ellos alguna melodía infantil.

La nostalgia galopaba en mi interior y empecé a cantar en mi mente: Pin Pon es un muñeco muy guapo y de cartón / se lava las manitas con agua y con jabón / apenas las estrellas comienzan a brillar / Pin Pon se va a la cama y se acuesta a descansar.

El tiempo de sus infancias me atravesó entera. Con los vellos de los brazos erizados y los ojos humedecidos regresé al presente.

—¿Alguna vez les he contado de la ocasión en que se me extravió el ombligo? —les pregunté.

—Esa historia es más vieja que la maña de pedir fiado —dijo Sebastián alzando una de sus cejas.

—Ja, ja, ja, ja —coreamos escandalosamente los tres.

—¿Y ya conocen la historia de cuando metí un penal de cabeza?

—¡Si! —contestó Fabián, con una sonrisa tan pícara como la mía— nunca se me hubiera ocurrido que eso fuera posible.

Yo chasqueé la lengua con satisfacción y tamborileé los dedos sobre mi barbilla. Miré el reloj, marcaba las dos. Les lancé a ambos un destello castaño, me dieron la fantástica impresión de que compartíamos los tres la misma piel.

—Cuéntanos cómo era tu vida antes de nosotros —pidió Sebastián.

—Era muy silenciosa —respondí.

—¿Por qué? —preguntó Fabián.

—Porque, para mí, aún no había nacido la risa —les dije, mientras ellos se miraron con ojos encendidos.

El sol era fuerte y duro. Con familiar felicidad nos detuvimos a beber agua y a comer al aire libre. Nos comimos de una sentada el pastel de limón. Estábamos sudorosos y maravillados mirando hacia el mono de risa cantarina que nos clavaba la vista desde lo alto de un árbol. Escuchaba atenta sus vigorosas aventuras, entretanto y despeinada por el viento, les examinaba la sonrisa. Con esa brisa como mi único testigo, tomé consciencia de que no era necesario ir tomados de la mano, pues el amor es ese humilde ejercicio de transitar juntos las fragilidades. Si vis amari, ama recordé.

El caso es que nunca llegamos a nuestro destino, entre risas, mejillas coloradas y refranes perdimos el camino y fue necesario regresar antes de que anocheciera. Pero me dejaron pasar esa torpeza. Debo reconocer que ellos fueron quienes me mostraron que el secreto no es hacia dónde, sino junto a quién.

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...