Carolina Gölcher Umaña, Psicóloga y Psicoanalista.

Todo esto ocurrió hace tanto tiempo que bien podría ser un sueño.

La escena está bañada de un rosa pálido y recuerdo que el cielo tenía los colores de una acuarela. El aire parecía estar lleno de inocencia. Estaba en mi último año de primaria y sucedió el día que concluían las clases.

En el receso después del almuerzo, todas las niñas compartíamos el tiempo sentadas sobre la tapia del jardín central. Mientras yo me mordía una uña rota, ellas hablaban de los planes que tenían con sus padres para las vacaciones que daban inicio al día siguiente. Yo las escuchaba sin participar. Las ráfagas de viento traían un olor como a desinfectante de pino.

Hacia el final del receso y movida por una nostalgia que no podía entender, me separé de ellas y me dirigí solitaria hacia la fuente abandonada del antiguo edificio escolar. Allí me encontré con otro niño. Su nombre era Francisco, estaba de pie, de espaldas al gran árbol de flores amarillas. Su compañía siempre me había agradado de manera especial, tenía unos ojos francos y amables. De él me gustaba, sobre todo, que me sonreía abiertamente, algo inusual en niños de doce años.

Nos miramos con un destello de ilusión. Se acercó torpemente y me tomó una mano, la suya estaba pegajosa de sudor mientras la mía tiesa y congelada.  Parecía que el suelo temblaba, pero era mi rostro que latía como si estuviera cabeza abajo.

Sentí la presión de su boca sobre la mía. En ese instante una suave brisa agitó las flores del árbol. Resultaría odioso describir el beso, pues pienso que la intimidad vivida en ese momento merece permanecer intacta. Un pájaro y luego otro empezaron a cantar en los árboles del jardín.

Ambos nos reíamos como si nos hubiésemos hecho cosquillas. Durante un cuarto de hora nos quedamos hablando de cosas sin importancia, el aire de la tarde era frío y noté que estaba empezando a llover. Nos despedimos con los ojos humedecidos y nos alejamos en silencio. No nos veríamos nunca más. Su madre había muerto y su padre había decidido dejar el pueblo.

Corrí colina arriba hacia la casa de mi madrina y la atravesé fugazmente para encerrarme en el baño de mi abuela. Quería mirarme al espejo. Siempre había pensado que cuando una niña recibe su primer beso, la mujer que habita en ella se desliza delicadamente hacia el exterior.

No me noté nada diferente, pero sentí que había crecido. Creo que más bien tomé la decisión de que atrás quedaba mi niñez. Permanecí muda durante días, temía dejar escapar su aliento. La semanas siguientes sentí todavía más cariño por él, tengo la impresión de que aún lo quiero.

El caso es que, si todo esto fue un sueño, no sé bien si sería mío o sería de él.

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Por La Revista CR

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