Carolina Gölcher Umaña, Psicóloga y Psicoanalista.

Actualmente circula una especie de espiritualidad, tan artificial como un reality show, cuyo argumento principal es la primacía del alma. No es tarea difícil, señalar el desatino en las ocurrencias que asaltan a los defensores de esta moda, puesto que terminan cosificando y mercadeando a costa del espíritu, con estrategias que van desde los retiros espirituales en hoteles cinco estrellas, hasta los manuales para empoderar el alma.

Con tantas personas meditando, ¿Por qué nos encontramos frente a un exceso de desvinculaciones sociales y desligamientos afectivos?

Quizá es porque también desfila, sin orden ni concierto, esa manera anómala de ser, esa patología del carácter que con su prepotencia va destruyendo el mundo. Esa egolatría que no toma en cuenta la subjetividad ajena y la posible verdad del otro; y que niega que, solamente el conocimiento de sí mismo, de los otros y del mundo, pone al individuo en la obligación de renunciar al poder que le da la fantasía de poseer la verdad absoluta.

¿Por qué será que esas personas piensan que habitan en un plano superior?

A lo mejor es porque vivimos en tiempos de fanatismos, es la época de la opresión al acto de pensar, y por ello, no son pocos, los discursos en los que el sujeto contemporáneo es tomado por tonto. Es pan de cada día el atestiguamiento de narraciones plagadas de ídolos, que, bajo el reflector de una presunta veracidad, esconden las miserias que se van haciendo carne entre la vanidad y la estupidez.

¿Por qué causan tanto daño?

Pues porque un fanático es alguien que cree demasiado en sí mismo, alguien que, como le llaman ahora, tiene demasiado amor propio, y que afirma que su verdad es eterna e inmutable. Al fanático le cuesta imaginar algo distinto, en su desesperación por defender su verdad absoluta se degenera, es decir, se deteriora en su capacidad para el contacto humano. Su falta de tolerancia lo convierte en un ignorante, en un adepto al no-querer-saber-nada sobre la singularidad de los individuos, incluso va más allá, no admite la existencia de personas, sino que solamente piensa en categorías: cristiano, ateo, hombre, mujer, no binario, vegano, ciclista, etcétera. Su lema, y que no temen proclamar a voz en grito, es «Estás conmigo o estás contra mí»

En el fanatismo hay un exceso de presencia, se repugna la ausencia, la falta, la duda. El fanático es feroz, responde al significante Amo que lo determina y no duda en defenderlo «hasta las últimas consecuencias». A todas luces, los fanáticos se sienten orgullosos de su condición, se podría decir que hasta sacan pecho.

El desprecio por las Humanidades y la sobre exaltación de lo individual, propios de la época actual, arrojarían alguna luz sobre el incremento en la aparición de fanatismos, tales como el fanatismo de lo políticamente correcto, el fanatismo del lenguaje inclusivo, el fanatismo de la ideología de género, el fanatismo del mindfulness, el fanatismo de la predicción de conductas; la lista es larga y fastidiosa, fenómeno que el filósofo español Manuel Cruz, explicó concluyendo que «los ignorantes andan crecidos».

¿De qué lado estar?

Pues bien, reconozco que es muy difícil vivir sin certezas. No hay encuentro con la realidad que no pase por la angustia de la incertidumbre, no hay un solo modo de vivir que no esté atravesado por la discordancia. Hay ocasiones, en las que yo también quisiera garantías, sin embargo, y echando mano a la jerga popular, es mejor asumir que: es lo que hay.

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Por La Revista CR

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