Carolina Gölcher UmañaPsicóloga y Psicoanalista.

Para la mayoría de las personas, implicados gran parte de los psicólogos y psiquiatras, el término «perversión» implica una atracción irresistible e irrefrenable hacia alguna conducta sexual atípica o extravagante. Sin embargo, mientras esa mayoría está concentrada en solamente estudiar actuaciones presumiblemente pseudo-eróticas, ignora que otra vertiente que se esconde en la actuación perversa es el odio y la venganza. El objetivo de este artículo es dar cuenta de que la perversión es algo mucho más complejo que cadenas, azotes y botas de cuero negro.

Respondiendo a la pregunta que da nombre a este escrito, y que fue formulada por Jacques Lacan el 16 de enero de 1957, frente al auditorio que le escuchaba atento y no sin vastas dificultades para comprender la respuesta, una perversión es una estrategia psicológica caracterizada por su encarnizamiento y su fijeza, es decir, difiere de cualquier otra estrategia mental en que exige una ejecución. Esto implica que la persona que realiza una perversión no tiene otras opciones; es alguien que si no cede a su inclinación se ve abrumada por la angustia.

El psicoanalista Philippe Julien señala a este respecto que la práctica perversa está destinada a ayudar al sujeto a sobrevivir, y, además, a hacerlo con una sensación de triunfo sobre los traumas de su infancia. Cabe aclarar que la estrategia perversa es inconsciente, por lo que su protagonista no sabe que ese acto está destinado a dominar acontecimientos que fueron demasiado abrumadores para lograr dominarlos en la niñez y que no puede o no se aventura a recordar, por ejemplo, una serie de pérdidas y ausencias: ausencia de amor, de pertenencia y bienestar, de una sensación de totalidad, entre otras.

Además, la preocupación que suscita el ansia de cometer una perversión es muy distinta a la preocupación que caracteriza a los síntomas obsesivo-compulsivos, por ejemplo, ganar y acumular dinero, lavarse constantemente las manos, contar el número de asientos del autobús, limpiar u ordenar frenéticamente la casa, ya que, a través de la realización del acto compulsivo la persona siente que corrige algo que está mal, que hace algo «correcto y bueno» desde el punto de vista moral; mientras que, en una perversión, la persona siente que está haciendo algo «malo y reprobable» moralmente, dicho de otra manera, el sujeto perverso es consciente de que se siente malvado, y, en su desvergonzada transgresión a los códigos morales experimenta una sensación de elación, que se define como un estado de excitación emotiva, caracterizado por la experimentación de un placer intenso, junto con un aumento de la actividad motora.

En relación con los traumas infantiles, las emociones y fantasías que alientan el acto perverso y el modo en como este último se relaciona con dichos acontecimientos traumáticos, solamente pueden comprenderse a través de la lectura del guión inconsciente personal del sujeto perverso. Sin embargo, hay algunos patrones que pueden identificarse en los guiones perversos que apuntan hacia la gratificación a través del riesgo, el engaño, la envidia, la agresión, la codicia, el triunfo, la venganza y la violencia y que conforman una verdadera torre de Babel que muestra los espacios e intersticios en donde se mueve la perversión; articulándose como un fenómeno sexual, político, social, psíquico e histórico.

Sobre esto, Louise Kaplan psicóloga y psicoanalista, a través de su trabajo académico y clínico definió que, todo guión perverso está íntimamente relacionado con las estructuras sociales y económicas de nuestras sociedades industriales occidentalizadas. La tesis de Kaplan sostiene que lo que tenemos ahora es la ley del consumismo y el culto a los objetos, y que, aunado al hecho conocido de que toda perversión entraña un desplazamiento de las emociones y deseos, desviándolos de seres humanos vivos para dirigirlos a objetos fetichizados deshumanizados, la sociedad moderna es el caldo de cultivo para la tiranía de la perversión. Ya he señalado en otros artículos que nuestros niños aprenden cada vez más temprano, que los bienes materiales sustituyen la seguridad, la autoestima y el amor, lo que ya en 1847 Marx explicó como el fetichismo de la mercancía.

Los tratados psicológicos, psiquiátricos y psicoanalíticos enfatizan en que el abandono y la desatención durante la infancia conducen, a posteriori, a la formación de personalidades egoístas y vengativas. Estos rasgos derivados del pánico y la desesperación por ese abandono, alimentan el nacimiento de un adulto que siente que el único modo de ser atendido consiste en romper, arrebatar, estafar, violar, irrumpir, golpear, amedrentar, robar, y todo con el agravante de sentirse con derecho a hacerlo. Es decir, en virtud de su economía psíquica particular, el perverso se ve sustraído a ese «derecho al deseo» y permanece imperativamente fijado en una misión ciega, donde no renunciará en su intento de demostrar que la única ley es la suya y no la del otro. Este funcionamiento perverso se sirve de los rasgos estructurales del desafío y la transgresión como las dos únicas salidas del deseo perverso.

Hasta este punto, puede conceptuarse la perversión como una vía atípica de la evolución de un sujeto, cuyo estatus psíquico remite a la renegación de la realidad y la escisión del yo. Precisamente a través de estas dos últimas nociones, y frente a conductas que muchas veces se articulan como indecibles, podemos concluir que los perversos no tienen reparo alguno en exhibir su lado oscuro.