Carolina Gölcher Umaña: Sobre monstruos y monstruosidades

Por lo tanto, el camino con un narcisista no es un camino de rosas, si el narcisista es un miembro de la familia, duelen el cuerpo y la sangre, si ocupa el lugar de pareja, duelen el amor y la dignidad, si pululan en los despachos públicos y privados de un país, duelen la patria y la moral.

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Carolina Gölcher Umaña, Psicóloga y Psicoanalista.

El Psicoanálisis lo intuía desde mediados del siglo pasado, que el hombre, y la mujer, del fin del milenio serían, ante todo, perversos. Seres con una exagerada centralización en sí mismos, serias distorsiones en las relaciones internas con otras personas, ambiciones desmedidas, fantasías de grandiosidad, excesiva dependencia de la admiración y homenaje de los otros, mejor conocidos actualmente, como narcisistas.

Sujetos que, tal como su antecesor Narciso, se hunden en las mortíferas aguas de su vulgar reflejo especular, pero que, a diferencia de éste, suelen llevarse consigo a propios y extraños. Perverso, de la raíz latina pervertere, nos habla de anulación, subversión, es decir de destrucción, los narcisistas son expertos en tergiversar: lo que era bueno se desvía y se invierte en su contrario.

En los narcisistas todo es desproporcionado, su seducción, su ira, su victimización, y como víctimas, se aseguran su impunidad al imposibilitar cualquier cuestionamiento, porque a no ser que se quiera ser lapidado, nadie se atreve a cuestionar el actuar de una víctima.

El “secreto” se constituye en uno de los polos de atracción más fascinante para la lógica perversa.  Quien se vincule con un perverso, detenta una verdad sobre sí mismo que está obligado a callar, sabe que algo anda mal, lo intuye, pero los narcisistas no dejan de merodear la mente de sus cautivos. El perverso sabe que el otro sabe, al mismo tiempo que está seguro de que este otro sabe también que debe hacer como si ignorase, como si no diera cuenta de la manipulación, de la agresión, de la violencia, de la mentira.

Los perversos, delante del velo pueden ser hombres o mujeres respetables y respetados en su vida social, profesional y familiar, pero que tienen, secreta y discretamente, otra vida al margen de la mirada de los otros, detrás del velo, son monstruos. Monstruos vestidos de ovejas, que pueden ser madres, abuelos, dueños de empresas, fiscales, sacerdotes, expresidentes, maestras, músicos; en fin, todo aquel que quiera erigirse sobre los otros.

El perverso acaricia y azota. La impostura es su arte, son farsantes profesionales, fingen amor, dolor, compasión con tal de obtener lo que quieren, su ética es maquiavélica, es decir se convencen a sí mismos de que el fin justifica los medios, son incapaces de relacionarse emocionalmente, para los narcisistas los otros son objetos, que deben usar y, si se les permite, abusar.

La cuestión es que el perverso no cambia. La esperanza, entonces, es la condena que se autoimpone quien cruza su vida con la de un perverso, y el caldo de cultivo para la ansiedad, la culpa, el control y el cuestionamiento de la propia cordura. El perverso no es víctima de su propia ignorancia, necedad o estupidez, no necesita ser salvado de sí mismo, sus actos se los puede descubrir bajo la forma de lo que el antropólogo Gregory Bateson llamó propósitos conscientes, que son aquellos en los que, y “con la más pura de las intenciones conscientes”, se cometen graves acciones destructivas en perjuicio de los otros, es decir, monstruosidades.

Es claro que para los narcisistas el nosotros no existe, solamente existe el Yo, un

Yo que niega la “injuria narcisista”, aquella que implica la aceptación de que solamente hay un Yo si hay un Tú, y que este Yo descubre la auténtica trascendencia, en la construcción de un Nosotros que supere las tendencias individualistas.

Por lo tanto, el camino con un narcisista no es un camino de rosas, si el narcisista es un miembro de la familia, duelen el cuerpo y la sangre, si ocupa el lugar de pareja, duelen el amor y la dignidad, si pululan en los despachos públicos y privados de un país, duelen la patria y la moral.

En resumen, estimado lector y lectora, la próxima vez que en su camino se encuentre con un narcisista, no pretenda salvarle, aunque esté de moda tampoco intente clasificarle, más bien, le conviene no olvidar, que son plenamente conscientes de sus actos y motu proprio los eligen.


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