César Zúñiga Ramírez: Crónica de una catástrofe anunciada: el Coronavirus en la sociedad del riesgo

De aquí en adelante, queda claro que, como especie, los seres humanos de todas las naciones, no importa si se trata de ciudadanos de Costa Rica, Francia, Perú, China, Egipto o Japón, debemos vivir en una “nueva normalidad”.

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César Zúñiga Ramírez, Profesor universitario  – ICAP / UNED / Fidélitas

El año 2020 será recordado como un punto de inflexión histórico del desarrollo de la humanidad. Por primera vez en la historia, un virus infeccioso ha puesto de rodillas a todo el planeta, y lo ha llevado hacia el reconocimiento de la primera pandemia en la llamada “aldea global” que es nuestro mundo, profetizada por McLuhan en 1962. No es la primera vez que la humanidad se enfrenta a crisis sanitarias pandémicas, pues en el pasado hemos sobrevivido al síndrome respiratorio agudo grave (SARS) que, entre 2002 y 2003, acabó con la vida de 916 personas en todo el mundo;  la fiebre española, que mató a 40 millones de personas entre 1918 y 1920; o la peste negra, grave pandemia que afectó a Europa y Asia durante el siglo XIV, y que mató unas 25 millones de personas solo en el viejo continente.

De esta forma, las pandemias han sido testarudas compañeras de la humanidad desde siempre, y conforme el proceso de integración del mundo vino evolucionando, desde la ruta de la seda en el lejano oriente (siglo I a.c.) y el “descubrimiento de América” en 1492, hasta el surgimiento de la era atómica después de la Segunda Guerra Mundial, la transmisión de las infecciones han venido superando los límites territoriales de naciones y tribus, hasta alcanzar hoy en día a todo el planeta habitado. Sin embargo, con esta pandemia del  covid 19 que estamos viviendo, todos tenemos esa sensación extraña de que las cosas han cambiado cualitativamente, al punto de que se ha universalizado el concepto de que viviremos en una “nueva normalidad”.

El fin de las “gripes”. El coronavirus, en efecto, nos ha golpeado en la cara con una fuerza inusitada, para ser una “gripe” demasiado severa –permítaseme el uso abusivo del lenguaje médico. Como se señaló en las líneas precedentes, las crisis sanitarias no representan ninguna novedad en los anales de la humanidad, pero esta pandemia nos está marcando un camino que rompe con los moldes precedentes. ¿Por qué un virus respiratorio severo es capaz de obligarnos al encierro, a clausurar negocios, comercio y aeropuertos, y a meternos dentro de burbujas sociales endógenas? ¿Por qué esto no había pasado antes, si tenemos claro que se trata de una historia que se repite cada cierto tiempo?  En suma, ¿qué hay de nuevo con esta pandemia?

Lo primero que queda claro, es que esta pandemia no es, a todas luces, una mera crisis sanitaria; un abordaje del problema con este lente, no hace más que reflejar la más clara inopia de los operadores de políticas públicas, cuando no su más absoluta incapacidad. La pandemia no solo es “sanitaria”: también es una pandemia socioeconómica, cultural y política.  Desde el punto de vista socioeconómico, el coronavirus parece haber fundido, cuando menos, un pistón del motor de la economía mundial, pues algunas actividades productivas se han visto severamente golpeadas, cuando no clausuradas, por el molesto virus. Los sectores del comercio y el turismo, para mencionar dos de los más golpeados, literalmente están en el barranco de la quiebra generalizada, con lo que se paga un terrible peaje de desempleo y ansiedad generalizados.

Desde el punto de vista cultural, la pandemia nos está obligando a replantearnos cómo nos vemos los unos a los otros. Por un lado, sobre todo para nosotros los latinos, las muestras de cariño físico cuando nos vemos, con el típico saludo de beso y abrazo, parecen no tener un futuro promisorio; en tanto, por otro lado, nuestra relación con los “otros”, sean extranjeros, personas adultas mayores, personas en condición de calle o personas menores, para señalar ejemplos clásicos, se ha vuelto paradójica, más violenta y, en el extremo mas execrable, xenofóbica. En la dimensión política, todos volteamos la vista hacia un Estado que, cada vez más modesto en cuanto a su capacidad para generar integración social, hoy, de repente, se ha convertido en el ”Gran Hermano”, que tiene que ver qué hace para salvarnos de la catástrofe.

La sociedad del riesgo. Con consecuencias tan catastróficas y globales como estas, resulta imperativo que los científicos sociales nos preguntemos si algún teórico había podido prever este fenómeno, al punto de teorizar con visión y prospectiva sobre el mundo en el que íbamos a construir una “nueva normalidad”. En el campo de la teoría social y política, el gran pensador alemán Ulrich Bech había desarrollado hace varios lustros su teoría del riesgo, una propuesta teórica sugestiva, integral y brillante que, desde la perspectiva de las ciencias sociales, es capaz de atenazar una “simple” pandemia como algo con profundos plexos causales en la construcción histórica de la civilización contemporánea.

El libro seminal de esta potente teoría política y social, se escribió en el ya muy lejano año de 1986 –¡yo cursaba generales en la UCR, para ese entonces!-, cuando un evento de la época detonó el factor de coyuntura que funcionó como la catapulta filosófica del pensamiento que Beck venía trabajando: el accidente nuclear de Chernobil, en la hoy extinta Unión Soviética. Este accidente nuclear, que acabó literalmente con una ciudad entera y que tuvo efectos sobre todo el viejo continente, dejó entrever para Beck y algunos escépticos que la caja de Pandora del desarrollo científico y tecnológico de la humanidad se había abierto para siempre, con profundas consecuencias en todos los niveles.

El libro inicia con una reflexión que aparece profética y sugestiva: “En la modernidad avanzada, la producción social de riqueza va acompañada sistemáticamente de la producción social de riesgos. Por tanto, los problemas y conflictos de reparto de la sociedad de la carencia son sustituidos por los problemas y conflictos que surgen con la producción, definición y reparto de los riesgos producidos de manera científico-técnica”. Pero no nos creamos que nuestro pensador desarrolló teorías conspiranoicas propias de la pseudociencia que Bunge ya había identificado, pues no sugeriría Beck –sin evidencia empírica- que el virus fue creado en un laboratorio en el que la vieja bruja malvada movía en círculos el cucharon enterrado en la olla de sus perversas pociones microbianas.

Más bien, lo que él llama la modernización reflexiva, es decir, el estadio del desarrollo histórico de la ciencia y la tecnología en el que estas se convierten, de manera concomitante, en soluciones y problemas de esta modernización, es lo que explica, a grandes rasgos, lo que significa el covid 19 en las actuales circunstancias. Más allá de si el virus salió de la olla de la vieja bruja malvada o si simplemente es un virus más en la larga lista de enemigos naturales que han llegado al reino de los seres humanos, la teoría del riesgo sí nos explica por qué es una pandemia que parece haber representado un salto disruptivo en la civilización humana.  Por primera vez, queda claro que la humanidad sí alcanzó El Dorado de la “aldea global” por medio de su desarrollo científico, mediante la integración tecnológica de todas las sociedades del planeta, donde prácticamente no queda rincón en el que el brazo de la ciencia, de alguna manera, no llegue a poner su tentáculos. Literalmente, un estornudo en China puede convertirse en poco tiempo en una epidemia mundia.

¿Y qué sigue? La sociedad del riesgo es una sociedad tecnologizada, tal y como lo comprueba la pandemia que vivimos. El covid 19 no es una novedad; lo que sí es un hito en la historia de nuestra civilización es la rapidez con que la tecnología, que sirve de plataforma material de la integración planetaria de la humanidad, le permitió al virus llegar hasta los últimos rincones del mundo, desde alguna aldea de China, donde apareció por primera vez. Lo cierto del caso es que en cuestión de unos cuantos meses el virus ya estaba afincado en todos los países del mundo, al punto de que en un año que empezó normal, al cabo de dos o tres meses se estaba viviendo una nueva “(a)normalidad”.

El virus del covid 19, respecto del cual hoy se empiezan a inyectar vacunas en todo el mundo, como el contraataque humano al perverso ente microbiano, con el arma de la sociedad del riesgo de por medio, la tecnología médica, nos ha demostrado crudamente que la modernización reflexiva que descubrió Beck hace tres décadas y media llegó para quedarse. Sin pecar de apocalípticos, debemos reconocer que este virus es, en realidad, un peligro de poca monta en términos relativos, pues sin demérito de las valiosísimas vidas humanas que tristemente se han perdido por la pandemia, los números siguen siendo pequeños en el contexto de la población mundial. Empero, con todo, el virus nos arrodilló económicamente, disparó la pobreza, golpeó nuestra cultura del “abrazo y el beso” y puso al Estado en la sala política de urgencias, quebrado por un pésimo manejo fiscal que lleva años, pero que en la pandemia requirió de no pocos desfibriladores financieros para sacarlo del coma.

De aquí en adelante, queda claro que, como especie, los seres humanos de todas las naciones, no importa si se trata de ciudadanos de Costa Rica, Francia, Perú, China, Egipto o Japón, debemos vivir en una “nueva normalidad”. En efecto, una sociedad del riesgo que, de plano, también, es una sociedad del miedo, a la expectativa de que un accidente natural o artificial sea inyectado en la corriente de esta aldea global plenamente integrada, cortesía de la ciencia y la tecnología. Si un nuevo virus apareciera, por ejemplo, que fuera mucho más agresivo y letal, tendría consecuencias realmente impensadas para un mundo integrado, para bien y para mal, y que, sobrepoblado y con desigualdades todavía inaceptables, podría llevar a la sociedad hacia un caos de proporciones bíblicas. Esperemos que los políticos y los gobiernos del mundo puedan leer con calma esta terrorífica posibilidad, para que conduzcan las decisiones que se requieren, para que las sociedades que coordinan puedan enfrentar retos como el actual, o peor -¡Dios no quiera!-, más graves y peligrosos que este, con inteligencia, solidaridad, previsión y justicia social.


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