César Zúñiga Ramírez: Don Pepe – Utopía de una nación pacífica

Figueres vivió su momento más importante en una etapa de la historia nacional que puede ser considerada como el punto de inflexión más relevante para su desarrollo, la década de los años cuarenta.

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César Zúñiga Ramírez, Profesor universitario  – ICAP / UNED / Fidélitas

Debe reconocerse que Costa Rica es un país extraordinario por sus contrastes, paradojas e historia. Los que estudiamos Ciencias Políticas, Sociología, Historia o Relaciones Internacionales nos percatamos rápido de esta singularidad, pues en los libros de texto que analizan la vida política, económica y cultural latinoamericana, nuestra pequeña nación siempre aparece en el renglón de las excepciones. Algunos hechos significativos nos han puesto en el ojo del escrutinio mundial, y han generado una extraña imagen de admiración y perplejidad: ¿cómo es posible que un país latinoamericano pequeño como este tenga una política de protección ambiental tan avanzada? ¿A qué se debe que este país en vías de desarrollo invierta un porcentaje tan alto de su presupuesto nacional en educación? ¿Cómo es posible que la mayor parte del agua que consumen los costarricenses sea potable y que salga por sus grifos? ¿Cómo lograron electrificar prácticamente la totalidad del territorio nacional, con una matriz energética esencialmente limpia?

La paradoja. No nos hagamos ilusiones, ni nos creamos la gran cosa: como costarricenses somos latinoamericanos y vivimos muchas de las bondades y desgracias de la mayoría de nuestros hermanos subcontinentales. Padecemos de los mismos problemas estructurales, como el subdesarrollo, la pobreza, el hambre, la mediocridad y la corrupción, y sentimos los mismos anhelos políticos y culturales, como el desarrollo y el bienestar. En efecto, tenemos un país de imagen verde y logramos proteger una importante porción de nuestros bosques, pero tenemos problemas de contaminación descontrolados y mucho de nuestros ríos son basureros a cielo abierto; invertimos en educación lo que comparativamente hace Finlandia, pero la calidad de la nuestra apenas alcanza para lo mediocre; tenemos agua potable en nuestras tuberías, pero el tratamiento de las aguas residuales es más que lamentable y; electrificamos al país con tecnologías limpias, pero el Instituto Costarricense de Electricidad presenta indicadores cada vez más alarmantes sobre su salud financiera.

Para ponderar estas paradojas y observar los logros que hemos alcanzado con ojo crítico, es fundamental ponerse los lentes de la historia. Algo que parece particularmente inusual cuando usamos este sortilegio cognitivo, es que muchos de los logros alcanzados parecen venir de mentes brillantes que tuvieron su momento, y que marcaron el desarrollo nacional para siempre. No parece, en efecto, que se trate de un pensamiento colectivo, nacional, que ilumine la acción política, económica y cultural del país; en eso, seguimos siendo tan latinoamericanos como el resto de nuestros hermanos y hermanas del continente. Más bien parece que personas iluminadas se presentan en los portales de la historia, y crean instituciones y proyectos que terminan teniendo un impacto tan grande que nos beneficia a todos.

El caudillo. Entre estos espíritus iluminados, que marcaron para siempre nuestro desarrollo humano y político, debe destacarse a José Figueres Ferrer… Don Pepe. La importancia de este caudillo político no necesita ser explicada a ningún compatriota que conozca un poco la historia nacional, o incluso a muchos hermanos latinoamericanos que ven más allá de sus países: don Pepe es reconocido por todos como uno de los baluartes de Costa Rica, adentro y afuera del país.

01 El país ya había transitado por el tortuoso proceso de inventarse como nación independiente durante el siglo XIX, y en el último tercio de esta centuria y durante la primera mitad del siguiente siglo, Costa Rica apostó por un modelo de desarrollo liberal, basado en el monocultivo exportador del “grano de oro”, el café, y la construcción de una cultura más que rural y campesina. A mediados de siglo, las limitaciones de este modelo eran obvias, pues el país no presentaba estándares de desarrollo apropiados, y la pobreza y la miseria de grandes masas de la población gritaban por profundas transformaciones sociales.

La gesta. Don Pepe tuvo la capacidad de leer las circunstancias y, como hombre resoluto y directo, no dudó en pensar en todos las opciones para que el país diera el salto disruptivo que necesitaba. Aún y si el caudillo era un demócrata, su visión de las cosas era clara: el país debía cambiar sí o sí, aunque para ello se requiera pólvora y fusil. Con una oligarquía cerrada en su inmovilismo, con un país degradado por la pobreza y el hambre, con una corrupción galopante en la administración pública, Don Pepe no lo pensó dos veces cuando, en 1948, no logró su cometido por la vía institucional y, en medio de un escándalo electoral que deslegitimaba al gobierno de turno, se alzó en armas y llamó a la revolución de Liberación Nacional para sacar del poder a la alianza que se había apostado allí: los calderonistas, la Iglesia Católica y los comunistas. ¡A propósito de paradojas!

Don Pepe llega al poder por la vía de los hechos, fusil en mano y con un ejército a sus espaldas. Pero a diferencia de muchos caudillos latinoamericanos, el tico asume una posición política que no deja de sorprender a propios y extraños: toma las riendas de la Junta Fundadora de la Segunda República, el gobierno de facto, para lo cual deja la boina militar y se pone la corbata, y en los 18 meses que duró su mandato sentó las bases para la transformación más radical que el país había vivido hasta entonces, solo para, terminado el plazo, llamar a una Asamblea Nacional Constituyente, entregar el poder al ganador legítimo de las elecciones de 1948 y golpear simbólicamente con un mazo la estructura militar más importante el país –hoy día el Museo Nacional- para establecer la abolición del ejército como institución permanente.

El visionario. Ni don Pepe fue un superhéroe de la historia, ni su marioneta. Fue un brillante pensador y político, que tuvo la capacidad de analizar crítica y profundamente los vectores históricos y estructurales de su país, para asumir un rol protagónico y disruptivo en su desarrollo, y con una inquebrantable visión política, cambiar para siempre el destino de sus conciudadanos. La paradoja más grande es obvia: ¿cómo es posible que el político que controlaba el gobierno con un ejército detrás de él, con el apoyo popular masivo, con la legitimidad que le daba el mismo fracaso de los grupos perdedores del conflicto, decidiera poner fin a una institución castrense que en el concierto latinoamericano, lamentablemente hasta hoy, sigue siendo base de primera importancia del “subdesarrollo” regional?

Si bien es cierto, en la Costa Rica del siglo XX los historiadores han detectado que la milicia venía perdiendo importancia frente al aparato educativo desde la fundación de la república liberal, don Pepe pudo haber hecho borrón y cuenta nueva, y pudo haber fortalecido un aparato represivo que en ese momento era la base de su poder fáctico. Pero no lo hizo. Tuvo la visión de no solo eliminar el aparato castrense de la historia nacional, sino que fomentó la creación de un órgano electoral independiente que garantizara los procesos electorales, consolidó las reformas sociales que impulsaron sus enemigos perdidosos –el Código de Trabajo de los comunistas y el sistema de seguridad social de los calderonistas-, estableció el impuesto sobre la renta, nacionalizó la banca y, en general, creó las bases para el fomento de un desarrollismo de Estado que haría que el país alcanzara muchos de los logros de los que nos enorgullecemos hoy. Y desde luego, ya en el ámbito civil, el caudillo gobernaría dos veces más el país, por la vía de gobiernos democráticos, que sus conciudadanos entregaron en sus manos durante las siguientes décadas, mediante las elecciones libres y limpias que él garantizó.

Un nombre con letras de oro. La celebración de esta efemérides, la abolición del ejército, es un justo reconocimiento a un país que estuvo dispuesto a apostarle a la utopía del pacifismo y la democracia, y a un hombre que escribió con letras de oro su nombre, para siempre, en los anales de la historia continental y mundial. Porque la existencia de la institución castrense en los países latinoamericanos ha sido una tragedia teñida de sangre y dolor que los costarricenses no conocemos. Nuestros hermanos de todo el subcontinente, desde las dictaduras del cono sur, sobre las que Pinochet es infame símbolo, hasta las más cercanas a nuestro territorio, incluido todo el istmo centroamericano, la “noche de los lápices” se replicó por aquí y por allá, y tanto en la izquierda como en la derecha, las desapariciones, torturas y asesinatos masivos de ciudadanos que los ejércitos debían defender, reclaman justicia desde las ocultas tumbas colectivas a donde fueron a parar sus cuerpos.

Desde 1949, ningún costarricense se fue a dormir con el terror fundado de que un grupo encapuchado militar irrumpiera en su casa, se llevara jóvenes, mujeres y hombres, arrancados de su mismo lecho, y los torturara y violentara de maneras indecibles, al punto que la sobrevivencia era una ruleta afortunada solo para unos pocos. Si consideramos las innumerables vidas que no se perdieron con la abolición del ejército, y que vemos la inmensa cantidad de recursos que el país trasladó de un tan oneroso como ominoso aparato castrense hacia la educación, la salud y la justicia social, podemos decir sin sobresaltos que esta gesta de don Pepe lo coloca como el político más brillante de América Latina durante el siglo XX. Las dictaduras latinoamericanas pasaron de largo por esta utopía pacifista que se llama Costa Rica, y su celebración nos recuerda que el verdadero ejército de nuestro pequeño país son sus estudiantes y profesores, escolares, colegiales y universitarios, que hoy deben valorar la gesta que don Pepe y sus correligionarios hicieron por todos nosotros. ¡Honor a quien honor merece!

 


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