¿Cesarismo, teocracia o alucinación?

Pensemos mejor que todo lo que esbocé es una alucinación

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Leí recientemente un artículo escrito por don Iván Molina titulado “Los Aristas Andaluces”, sobre la división del arismo, su eventual final y la soledad en que habrían quedado aquellos que, entre sus filas, con verdadero espíritu socialdemócrata, dieron en esta ocasión su apoyo al Partido Acción Ciudadana.

No concuerdo con don Iván. Lo que yo vi y oí es que alguien que desconozco, desde la instancia suprema del arismo o sus vecindades, quizás un extraño ahí enquistado, vio la posibilidad de un régimen cesarista (sui generis porque se basaría en el poder legislativo más que en la figura presidencial) y pensó que era una oportunidad providencial de “hacer los cambios que hay que hacer”.

Antonio Álvarez Desanti lo expresó claramente en el discurso con que anunció su voto por Fabricio Alvarado, cuando refiere que Fabricio ofrece una gran oportunidad de gobernabilidad porque contaría con una enorme mayoría parlamentaria. O sea que efectivamente, se está pensando en sumar los diputados del Partido Liberación Nacional con los del Partido Restauración Nacional, que totalizan treinta y uno.

Aún más, inicialmente se soñó con un gran esquema que incluía los once diputados del Partido Unidad Social Cristiana y entonces se podía reformar la Constitución a piacere. Una Constituyente llave en mano y caída del cielo.

Un golpe de Estado ¿Y un golpe para qué? ¿Una mayoría aplastante con qué propósito? ¿Qué modelo de Estado se podría construir sobre la base de un gobierno religioso fundamentalista? ¿Un Estado más liberal, avocado a revertir el empeoramiento creciente de la distribución del ingreso y a detener la brecha que origina los más graves males que nos aquejan? ¿Un Estado más descentralizado, capaz de equilibrar las inequidades regionales que amenazan con dividirnos en una lucha de clases y razas? ¿Un Estado con una democracia más amplia, más inclusiva, más abierta a la participación y más cerrada al clientelismo que origina el cáncer de la corrupción?

¿O en realidad un gobierno teocrático que justifique con palabrería pseudo económica exactamente las medidas que profundizan el proceso de desigualdad, de exclusión, de disparidades regionales, de estrechamiento de la vida política en democracia? Si al menos alguien nos pudiera garantizar que sí, que se trata de montar un gran esquema de nuevo Estado, pinochetista pero parlamentario y en democracia, yo podría no estar de acuerdo pero lo respetaría por visionario.

Lo terrible sería que toda esta compleja parafernalia, que la angustia a la que nos han sometido por dos meses, fuese solo para recetarse una devaluación, para impedir que a alguien se le ocurra regular las tarjetas de crédito y sus tasas de interés usurarias, para proteger el oligopolio bancario público-privado que impide desarrollar una política de tasas de intereses. Para abrir negocios que mejor ni mencionar, porque no quiero herir susceptibilidades. Esa pequeñez de objetivos sería terrible. Como aquella del que envenena el río para comer camarones.

Pensemos mejor que todo lo que esbocé es una alucinación y que lo único que ha ocurrido es un gran desorden que nadie pudo controlar. Que nadie, por unos camarones envenenados, puso en riesgo al arismo, la más importante y progresista tendencia política de los últimos treinta años en la mejor y más prestigiosa democracia de América Latina.

Gonzalo Ramírez-Guier
Economista, académico y empresario

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