Chavela Vargas

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Mimi Prado, mayo 2017.  Chavela, así con “v” pequeña “porque me dio la gana escribirlo así, por joder lo hice”, nace en San Joaquín de Flores, pequeño poblado lleno de Cafetales, aislado y conservador.

Ella a los noventa años revive – para Sergio Ramírez y su obra “ La Fugitiva”, sobre Yolanda Oreamuno, esa relación de amor/odio, de divorcio, relación freudiana de rechazo del padre y desapego de la madre, que ella traduce al país entero.

De su infancia le cuenta a Sergio Ramírez:

“Y cómo olvidarme de mis abuelos maternos, el abuelo Eufrasio, la abuela Cristina, que son los que me criaron, severos por ignorantes… Son los primeros que se dieron cuenta de mi verdadera naturaleza, y me arrearon mis buenos riendazos para que enderezara mis costumbres.  Luego unos padres a quienes no conocí demasiado… por sus continuos bochinches fue mamá a dejarme depositada en manos de los abuelos, que tenían una finca a la orilla misma de Santa Bárbara… con una tapia cubierta de guarias moradas frente a la casa, un potrero de vacas de ordeño, un naranjal y un corral con patos, guajolotes y gallinas…

 Y mi padre me dijo: me avergüenzo de ser tu padre y me avergüenzo de que seas mi hija. Voy a hacer que te encierren en un reformatorio”.

Su idea de viajar a México, su obsesión, nace de la radio, de las rancheras que venían en los calendarios de Sal de Uvas Picot, de su fascinación por la ciudad de los palacios.

Le cuenta a Sergio que le ayudó con el pasaje Tomás Garrido Canabal, ex gobernador de Tabasco, exiliado por Cárdenas en Costa Rica, anticlerical que persiguió y colgó curas y quemó iglesias pero que ayudo a la “negrita triste” a viajar a México.

Allí, se enfrenta a la gran ciudad, a trabajar de mesera, vivir en  pensioncitas y cantar en cantinas de mala muerte.

En este punto me veo obligada a separar los hechos históricos de la leyenda creada por la misma Chavela. Porque a Chavela le gustaba reinventarse a sí misma. No es cierto que viajara tan joven de adolecente como ella dice a México. También, en Costa Rica no todos la despreciaran.  En mi propia familia siempre se recordaba a Chavela en sus años de juventud, y le reconocían todo su talento; me contaban cómo esperaban que llegara la bohemia a cantar a los paseos y fiestas.

Chavela también se apresuraba a decir que no volvió a Costa Rica, y la verdad es que llegaba al menos cada 2 años ya que adoraba a su hermana Emilia. Incluso una vez compró un terreno con la idea de vivir en la playa pero el medio y su familia la sofocaban.

Le cuenta a Sergio Ramírez más adelante: “Cada vez que he regresado a Costa Rica ha sido para arrepentirme una y otra vez. ¡Qué país! La ley del serrucho…

Chavela cambió el compas de las canciones hasta el punto de hacerlas irreconocibles. En los años 50 prescindió del mariachi y como señala Monsiváis, con ello “eliminó de la canción ranchera su aire de fiesta  y mostró al desnudo su profunda desolación”.

Con las canciones de José Alfredo Jimenez, impuso el desgarro, y de nuevo señala Monsiváis: “juntos Chavela y José Alfredo dan cuenta de la derrota de un fracaso, de la marginalidad”, y señala además que Chavela: “ha sabido expresar la desolación de las rancheras con la radical desnudez del blues”.  Dice Chavela que “cuando él murió (1973), me dejo una soledad extraña”.

Chavela generó en mí – a mis 17 años – la búsqueda personal de las grandes pasiones internas. A esa edad mis referentes fueron: Chavela, Janis Joplin y Edith Piaf, y hoy las tres me siguen acompañando, por su intensidad, por su libertad y por su riesgo ante el arte y la vida.

Carlos Fuentes dijo una vez que “Oír a Chavela es saber que no somos parte del rebaño, del montón. La oímos y sabemos que canta para nosotros y sentimos que nos quiere, nos aprecia, que nos necesita”. Y yo añado que por ello se entregaba todita en cada interpretación.

Sus interpretaciones pueden ser desgarradoras, tiernas y sobre todo llenas de amor y tristeza. Con su voz, implora, grita, y acaricia. Nos habla de las experiencias y emociones profundas de su vida.

Algunos críticos la llamaron: “la voz más poderosa de América o la clave tonal del tiempo que despierta conciencias y sentimientos”.

Y ella misma dice: “Cuando nací, cante en vez de llorar. Me acuerdo clarito del momento en que salí del cuerpo de mi madre y nació mi ser hacia el mundo. Es el momento que más me ha hecho vibrar en la vida”.

Almodóvar decía que Chavela creó, con los énfasis de los finales de sus canciones, un nuevo género que debía llevar su nombre.

 

Cito a Almodóvar: “Ella se regodeaba en los finales, convertía el lamento en himno, te escupía el final a la cara” … “el desgarro con tirón final literalmente me desgarraba y no exagero”.

Chavela comienza a cantar profesionalmente en 1954 en “La Perla” de Acapulco. Antes de eso, cantó en cantinas de mala muerte y trabajó en lo que fuera, de camarera, en tiendas de ropa. En la búsqueda de su música se encuentra con Frida Kahlo y Diego Rivera y se queda con ellos unos meses.  En “la casa azul” vive un romance fuerte con Frida Kahlo y siempre en busca de romper amanes, un día sale y no regresa.

Monsiváis cuenta que la conoció en el sepelio de Frida en 1954, cuando Chavela se apareció en el Palacio de Bellas Artes con jorongo (poncho) y calzón de manta (pantalón ancho), como acostumbraban vestirse los indios mexicanos.

Chavela, continúa Monsiváis, “supo vivir como le dio la gana, en una época en que nadie sabía darle gana”. Porque debemos recordar que eran los años 50 e inicios de los 60.

En Acapulco obtiene el reconocimiento. Elizabeth Taylor le pide que cante en su boda con Mike Todd (1957), y estuvo en la mesa con Eddie Fisher y Debbie Reynolds. Antes la invita a una fiesta y Robert Mitchum y Gilbert Roland se pelean por bailar con ella. Graba su primer disco y gana su público en América latina y alguno en España. Pero en la década del 70, muere José Alfredo y ella se sume en el alcohol y se retira de los escenarios.

“Me tomé 45,000 litros de tequila y soy la antítesis de la vergüenza”, cuenta ella que desaparece por 20 años. Tan así que Mercedes Sosa pide “que si alguien pasa por México, que ponga una rosa de mi parte en la tumba de Chavela Vargas”, pensando que había muerto.

Pero regresa a los escenarios en 1990 sin ser vencida por el alcohol o el olvido. Manolo Arroyo la reencuentra cantando en “El Habito” en Coyoacán y la lleva a España. A partir de ahí, de nuevo el éxito.

En esta segunda vida, con más de setenta años, encontró en España una complicidad que antes se le había negado. Sus canciones ganaron en dulzura, en intensidad. Abordaba las canciones como un murmullo y en este tono continuaba recitando palabra por palabra, hasta llegar a sus finales épicos.

De la mano de Almodóvar y en compañía de Sabina y Miguel Bose vuelve a recorrer el mundo.

Canta en el Olympia de París y al fin, abre las puertas que se le habían cerrado, en el teatro de Bellas Artes de México, otro de sus sueños.

Dos veces México la postula al premio Príncipe de Asturias y el Concejo Nacional de la Cultura y las Artes (CONCULTURA) en la argumentación para el premio dice:

“una voz inconfundible e inaudita, impropia de una época que pregonaba un optimismo superficial, colectivo, apoyado en la exaltación de los valores patrios, y que tan vistosamente ejemplificó el cine de Jorge Negrete y Pedro Infante, con sus armaduras de charro, los sombreros excesivos y las estruendosas trompetas del mariachi. Por aquel entonces no había muchas voces femeninas”.

En el documento se incluyen opiniones del cineasta Pedro Almodóvar y del cantautor Joaquín Sabina, y de los escritores Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis.

Recibió premios de todas partes del mundo: el Príncipe de Asturias, el Reina Isabel La Católica, entre otros.  Todos conocemos el homenaje de su amigo el “Boulevard de los sueños rotos”, compuesta por Joaquín Sabina.

Nuestra época globalizante, multicultural, multiétnica y que defiende la diversidad, abrazó como uno de sus iconos a esta Chavela Vargas.

Ya en su silla de ruedas, habla con Sergio de sus damas de compañía, Tristeza, Soledad y Libertad, a las que paga con su vida.  Y dice Chavela: “La más principal, la Señora Libertad. Doña Libertad, la legítima, no aquella pendeja Libertad Lamarque que cantaba tangos con voz mojigata y fingiendo llorar de puro majadera. El llanto sale en la voz desde los más recónditos adentros o no sale; es quejido o es lamento, pero nunca son mocos”.

Para despedirse: “Ya nada puedo pedirle a la vida. Qué se acabe cuando quiera. ¿Está servida Señora? Estoy servida. Para luego es tarde, Catrina, vámonos yendo…”

Mimi Prado, mayo 2017

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