Cholera morbus 1856. Relatos del General Víctor Guardia Gutiérrez

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Víctor Guardia Gutiérrez

Estos y otros relatos fueron narrados a Roberto Brenes Mesén entre 1902 y 1903, éste escribe las Memorias del ya anciano Don Víctor a puño y letra, en un álbum que todavía se conserva.
Recopilado por María E. Guardia Yglesias, Mayo 2020
Víctor Guardia nació en el pueblo de Bagaces, el 19 de marzo de 1830. A los tres años de edad fue traído a San José por su padrino Rafael Barroeta para empezar su educación, sin embargo, cuando tenía 12 años se muda con sus padres a Alajuela y ahí completa sus estudios de matemática, de latín, de historia, de retórica y, ya de vuelta en San José estudia derecho.
El 19 de marzo de 1856, salió hacia la guerra, Víctor, un joven de 26 años en ese entonces, con el Batallón Alajuela al mando del mayor Juan Francisco Corrales y a las órdenes del General José María Cañas.
Narra que llegaron a Nicaragua el diez de abril a las nueve de la noche cuando concluía la retreta. Dice también que por la mala alimentación se desarrolló entre los soldados un colerín, sin embargo, no produjo ninguna baja ya que la salud del ejército fue siempre buena, hasta la aparición del Cólera.
Después, Guardia pasa a relatar los acontecimientos del 11 de abril, empero, ese tema lo dejaremos para otra ocasión, ya que nos interesa en este caso, saber cómo se desarrollaron los hechos con respecto al cólera morbus.
Los pormenores de estos sucesos se encuentran entre las páginas 17 y la 25 del álbum y quisiera advertir que se ha respetado la ortografía del escrito.

 

Cholera morbus 1856. Relatos del General Víctor Guardia Gutiérrez

«Al amanecer el día doce de abril, cuando todos se convencieron de que las fuerzas enemigas se habían retirado, recorrieron la Plaza, el Mesón, la Iglesia, y el Cabildo, en donde se recogieron algunos prisioneros que fueron fusila¬dos por un señor Peña, originario de Nicaragua, pero domiciliado desde hace mucho tiempo en Cartago. A continuación el …»

«Olvidaba decir que por la orden del día se me había hecho Sargento Mayor en atención a la toma y defensa del for¬tín, durante el combate del 11 de abril».

«Todavía no me había descalzado las espuelas que llevaba en mi excursión de la mañana, cuando el General Cañas me hizo llegar a su despacho. Había allí numerosos jefes. El General Cañas escribía. Cuando terminó me entregó un pliego y me dijo, que pasara al Cuartel del Mayor Ocaña para que se me dieran cincuenta hombres. Puso a mis órdenes dos de sus ayudantes, dos dragones y un corneta. Debía yo encaminarme a la Virgen. Corrían los rumores de que Walker estaba allí. El pliego que me entregaba debía ser abierto en Las Lajas, antes de llegar a la Virgen. Al salir saludé al General: «con su permiso» y salté a la calle. Le oí decir. Ya ven, eso hace un oficial de honor. Algunos de los jefes allí presentes se habían negado a hacer la misma expedición con 500 hombres. El General Cañas les dirigía, pues, un reproche.»

«Pasé al cuartel del Mayor Ocaña, tomé los cincuenta hombres y marché para la Virgen.»

«Al llegar a «Las Lajas» abrí el pliego. Se me ordenaba en él continuar hasta el puerto de la Virgen, con grandes precauciones porque se aseguraba que en él estaba Walker; que si esto era verdad me batiese en retirada, y man¬dase dar aviso por uno de los dragones; que si no estaba ocupase la plaza, diese aviso y aguardase allí órdenes.»

«Continué la marcha: ordené que avanzaran los dragones, a cincuenta varas uno de otro para que inspeccionaran el campo y viesen si estaba allí el enemigo. Los dragones regresaron un cuarto de hora después acompañados del agente de la Compañía de Tránsito, los cuales me aseguraron que no había un solo filibustero y que todos los extranjeros del puerto estaban deseosos de que yo llegase, porque el Coronel Escalante que ocupara antes el puerto los hostilizaba mucho. No solo les prohibía salir de sus establecimientos sino que a cada alarma que había los encerraba en la bodega de la compañía y les amenazaba ofreciéndoles que al primer disparo del enemigo les fusilaría.»
«Tomé posesión del puerto y ocupé con mi pequeño Estado Mayor y mi escolta la casa de la Compañía que generosamente me ofreció el agente. En seguida envié un dragón a dar aviso al General Cañas de que me había instalado en el puerto sin un solo disparo, porque días atrás el enemigo había evacuado el lugar.”

«A las cinco de la tarde llegó un batallón y mi nombramiento de Comandante de aquel puerto. Todo el tiempo que permanecí en él estuve atendido y obsequiado por sus habitantes, en. especial por los extranjeros a quienes yo había dado toda clase de garantías. Como a los seis días tuve noticia de que había casos de cólera en Rivas. Dos días después se presentó en mi tropa el primer caso de la peste; fue el atacado un. joven oficial Brenes (hermano de los abogados Gabriel y Marcelo Brenes).»

«Tan luego como lo supe hice trasladar al oficial a un hospital provisorio que fundé, en donde fue asistido dos días, al cabo de los cuales murió, cuando ya tenía dos casos mas.»
«Pocos días después recibí. orden de marchar a San Juan del Sur a reunirme con el grueso del Ejército que ya iba de retirada a causa de la peste. »

«Era necesario que esta apareciese en Rivas, donde la sangre’ de las calles entraba en putrefacción. Los filibusteros arrojaban sus muertos a los pozos que surtían de agua a la población, de manera que cada uno de ellos era un foco de corrupción que debía dar sus resultados. Si nuestro Ejército se hubiese puesto en persecución de los vencidos, como lo había propuesto el General Cañas, muy probablemente el cólera no habría aparecido entre nuestras tropas.»

«En la noche del día que salí de la Virgen, llegué a las inmediaciones de San Juan del Sur, en donde pernoctaba el grueso del Ejército. Volví a ser el Primer Ayudante del General Cañas. Supe esa misma noche que los dos Generales Mora con todo su Estado Mayor habían abandonado él Ejército ese día para adelantarse hacia la Capital. A poco de ha¬ber salido de Ribas el Ejército, murió Juan Alfaro Ruiz de un ataque fulminante del cólera.»

«En la mañana del día siguiente salimos de San Juan del Sur, a las órdenes del General Cañas. Recuerdo que venían ‘las tropas con el ánimo tan abatido que’ solo pudo reanimarse cuando la banda de Liberia tocó la’ «Marcha de Santa Rosa», obra compuesta por Juan Morales director de esa’ banda. Caminamos ese primer día cinco o seis leguas y vinimos a pernoctar a un lugar de cuyo nombre no me acuerdo. Durante ese día tuvimos algunos casos de cólera; al siguiente fueron más numerosas los casos funestos, ‘entre’ ellos ‘recuerdo que murió en el espacio de una hora el Capitán’ Anastasio Calderón. La noche de este segundo día pernoctamos en el Ostional. En este sitio me atacó el Cólera como á las doce de la noche. Inmediatamente desperté a don Fermín Meza, cirujano del Ejército, que me recetó una dosis fuerte de espíritu de yerbabuena, diciéndome que con ese remedio si el ataque era benigno se me convertiría en disentería; pero que si era fulminante sólo Dios me curaría. Tan luego como tomé el remedio me acosté’ en una hamaca, me sentí reconfortado y me dormí. Otro día, al toque de diana, a las cinco de la mañana me desperté. Ya listo para montar a caballo, un fuerte retorcimiento de los intestinos que me obligaron a retirarme un tanto: esa primera deposición me reveló que efectivamente se había convertido en disentería. Se lo comuniqué al Cirujano Meza que me respondió: «Si ahora se muere usted, es de disentería». Ese día los casos de peste fueron todavía más numerosos.»

«La tercera noche pernoctamos en Escarmeca, donde se presentaron.más casos fatales. Otro día por la mañana marchó el Ejército para Sapoá. Pero el General’ Cañas; con sus ayudantes y una compañía de zapadores, al mando del ,entonces capital don Matías Saénz, permaneció en el lugar en espera de ·que mejorasen o muriesen los atacados, para no dejar un sólo soldado o una sola arma abandonados en campo enemigo. Esa compañía de zapadores al mando .de1 capitán Sáenz prestó grandes servicios a nuestro Ejército. Iba a la retaguardia asistiendo a los apestados, enterrando sus cadáveres. Con una abnegación honrosa, sin que un soldado desertase. Cuando nada quedaba allí por hacer, salimos para Sapoá a reunirnos con el Ejército que ya había llegado. En esa noche los casos fueron aún más numerosos que los días anteriores. De todos los campamentos se levantaban las dolorosas lamentaciones de los atacados y a la mañana siguiente habíamos perdido más de’ cien soldados.’ Entre ellos el padre Córdoba de Heredia y el padre Vasco, a Granadino, de aquí de San José, que eran los únicos capellanes que habían quedado; pues los demás se habían desertado con los Cirujanos. El General Cañas pretendió estacionar en el Sapoá aquellas tropas infestadas con el fin de que no trajesen el contagio al interior. El Batallón Guardia, cuando lo supo, corrió a las armas y apuntando hacia el Estado Mayor, gritó «Nos vamos! Nos vamos!»

«El General Cañas comprendiendo que ese era también el sentimiento que animaba el resto del Ejército, decidió que continuáramos. De todos modos, el Estado Mayor General estaba ya en el interior y el Cólera ya se había presentado en las principales ciudades. El Ejército salió del Sapoá por la mañana y fue a pernoctar en el Pelón. Por mi parte venía bastante enfermo y después de largas leguas me sentí desfallecido y rogué al oficial Macedonio Esquivel que me dejara a un lado del camino porque prefería morirme a continuar. No obstante fueron tantos los empeños de este oficial que monté nuevamente y vine a pernoctar en la hacienda del Naranjo. Al día siguiente tuvimos algunos casos del Cólera.»

«El día 5 de Mayo se pagó a los jefes y oficiales con una cuarta de onza -cuatro pesos, dos reales- los soldados con un escudo; y se publicó la orden general que declaraba disuelto nuestro Ejército en Liberia. En consecuencia cada cual tomó el camino de su casa como mejor lo pudo.»

«Cinco días después de haber llegado a Liberia envió el General Cañas al Teniente Gaspar Apú al Sapoá para que custodiara el armamento y demás elementos de guerra que allí habían quedado abandonados, pues la Compañía de zapadores que había permanecido sepultando a los muertos, como estos eran tantos, se había venido para Liberia, dejando algunos insepultos, amontonados sobre los otros que habían depositado ·en zanjas. Este Teniente Apú me contó que al llegar a Sapoá, a mano izquierda del camino sintió un mal olor muy penetrante, volvió a ver en la dirección de don¬de venía y distinguió varios cadáveres no sepultados que se encontraban en estado de. putrefacción y observó que uno de ellos levantaba la mano, como en ademán de llamar. Acercóse entonces y halló que efectivamente había allí un hombre vivo, en tal estado de debilidad que ,no podía moverse. Mandó a sus soldados a cortar un garabato largo con el cual lo retiraron de entre los muertos. En el acto lo hizo conducir en una camilla a la casa de Sapoá, donde le cambiaron las ropas, después de limpiarlo porque en varios sitios los gusanos habían penetrado sus carnes. Se le ·alimentó hasta que recobró el sentido y el hombre se salvó.”

“Por mi parte, me dirigí la Catalina, propiedad de mi tío político don Rafael Barroeta, con mi hermano Faustino Guardia, a quien por su buen comportamiento el once de abril, se hizo Capitán. En esa hacienda permanecimos quince días, ambos convalecientes; porque mi hermano Faustino había sido atacado como yo por el Cólera y me había sido preciso hacerlo traer en hombros, sobre una hamaca.

Una vez restablecidos nos embarcamos en un bongo con dirección a Puntarenas, donde vivía nuestra familia.”
“Aquí permanecí todo el tiempo ‘que duró el Cólera. A principios de Junio, por encargo de mi tío político don Rafael Barroeta, regresé a la hacienda Catalina a hacerme cargo de su administración, porque atacado por el cólera había muerto el administrador. En la Catalina pasé algunos meses. Al cabo de los cuales estuve á punto de partir nuevamente a la guerra, si mi tío el señor Barroeta, bastante amigo de los Moras, no hubiese influído para que se me dejara, alegando que no podíamos salir los tres hombres de una misma familia, porque mis hermanos Faustino y Tomás, se habían alistado para esta segunda Campaña.”

“Las operaciones de ésta comenzaron por una expedición contra San Juan del Norte, á las órdenes del General Blanco, y una invasión a Nicaragua por San Juan del Sur con un Batallón al mando del Mayor Tomás Guardia y a las órdenes del General Cañas.”

“Hallábame en la hacienda Catalina cuando tuve conocimiento de que mi hermano el Mayor Guardia, se hallaba herido en las dos piernas y me encaminé hacia la isla de Ometepe en la laguna de Nicaragua, en donde se habla establecido el hospital de sangre. Me dirigí al puerto de Tortuga con doce hombres, para traerlo en una camilla. Allí tomé el vapor Virgen, (porque ya los vapores estaban en poder nuestro) que iba para el fuerte de San Carlos y que de aquí debía regresar a la isla de Ometepe. En San Carlos encontré. al General don José Joaquín Mora con su Estado Mayor (Don Juan Rafael Mora no asistió á esta Campaña). Seguí para Ometepe en donde estaba el hospital. Encontré a mi hermano, junto con los demás heridos en el mayor abadono. Los asistentes de que disponían eran indias tomadas a la fuerza. De Ometepe regresamos a Tortuga donde me esperaban mis doce hombres. Lo puse en una camilla y empleamos cuatro días para llegar a Liberia. Lo despoblado del camino nos infligió numerosos sufrimientos. En esa ciudad descansamos un día y en seguida marchamos al Bebedero, donde lo embarqué en una lancha con destino a Puntarenas, de donde era Gobernador mi padre, y residencia de mi familia.”

La narración pertinente a los hechos del cholera morbus ligados a la Campaña de 1956 terminan aquí, sin embargo, Don Víctor se refiere a ese triste episodio de manera tangencial, más adelante en sus memorias.

 

 

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