Cómo destruir un reino

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Sebastián I, retrato de Cristóvão de Morais. Museu Nacional de Arte Antiga, Lisboa

Federico Mata HerreraAbogado y Genealogista. 

Algo que nos deben los historiadores es un recuento exhaustivo de los gobernantes ineptos que ha tenido la humanidad, algo que paradójicamente se da con una frecuencia mayor a lo que se supone que debiera. Para muestra nada más considérese a algunos patanes que en la actualidad gobiernan naciones que no nos son muy distantes, cuyos nombres discretamente se omiten para no desviar la atención del presente artículo.

Si hubiese un “top 10” de los peores gobernantes de la historia, sin duda alguna allí estaría el rey Sebastián I, quien gobernó Portugal entre 1557 y 1578. No sólo llevó a una potencia mundial a la ruina, sino que propició la muerte de una generación entera de varones y coronó su calamitoso gobierno con la desaparición de su reino.

Quien se dedique a la edificante labor de repasar la genealogía de las familias portuguesas, se encontrará con un hecho curioso: casi todos los nobles lusitanos que vivieron en el siglo XVI murieron el mismo día, un fatídico 4 de agosto de 1578. Como es de suponer la causa fue un evento bélico, que en este caso tiene el poético nombre de “batalla de los tres reyes”, pero antes de entrar en detalles, conviene en repasar algunos antecedentes.

Portugal tiene una historia antigua común con el resto de los pueblos de la península ibérica, resumidamente, tras el dominio romano fue invadido por tribus bárbaras cristianizadas y luego por los árabes. En 1095, durante el proceso de reconquista el rey Alfonso VI de Castilla creó un condado y lo dió en feudo a su yerno Enrique de Borgoña, de la poderosa familia ducal de este nombre y tataranieto de Hugo Capeto., cuyo hijo Alfonso decidió hacer la guerra contra su primo castellano para obtener la independencia en 1139 y así fundó un nuevo reino, cuya historia dinástica muestra constantes matrimonios con sus parientes cercanos de las demás monarquías peninsulares.

Los monarcas portugueses son una interesante muestra de desequilibrados mentales, tal vez el caso más famoso es el de Pedro I El Cruel, quien reinó de 1357 a 1367, siendo príncipe se enamoró perdidamente de doña Inés de Castro, dama de su legítima esposa Constanza de Castilla, por lo que su padre el rey Alfonso IV mandó a decapitarla, cuando Pedro ascendió al reinado desenterró el cadáver de su amada, la sentó en el trono y obligó a toda la nobleza a que le besaran la mano, no sin antes torturar hasta lo increíble a quienes la asesinaron. Su bisnieta Isabel de Portugal, madre de Isabel La Católica, cayó en la demencia al enviudar. Su tataranieto Manuel I El Afortunado estaba obsesionado con la música y exigía estar acompañado de flautistas y timbaleros al amanecer, en la comida, al dormir la siesta y cuando asistía a misa, cuando se desplazaba, lo había precedido de un cortejo de cinco mil personas, encabezado por cuatro elefantes, su esposa María de Aragón era hija de los reyes católicos, es decir, hermana de Juana La Loca, cuya hija Catalina casó con su primo hermano el rey portugués Juan III El Piadoso, famoso por su tacañería a pesar de ser el monarca más rico de su época.

Y así llegamos al rey Sebastián, quien tiene la particularidad de descender únicamente de seis tatarabuelos, cuando el común de los mortales posee dieciséis antepasados a la quinta generación. Y es que el padre, el abuelo y el bisabuelo de Sebastián casaron con princesas españolas, de tal manera que el curioso árbol genealógico del monarca se puede representar así:

El padre de Sebastián murió dos semanas antes de que éste naciera y al enviudar su madre se regresó a España de donde no regresaría más, por lo que el príncipe fue criado por su abuela paterna. A los tres años de edad heredó la corona al morir su abuelo y durante su minoría de edad el poderoso reino portugués continuó con su expansión a nivel mundial, estableciendo las colonias africanas de Angola y Mozambique y las asiáticas de Malaca y Macao, monopolizando el comercio en el Océano Índico, lo que se unió a las enormes riquezas que producía Brasil. Portugal, con apenas poco más de un millón de habitantes, contaba con un imperio comercial que lo convirtió la segunda potencia europea del siglo XVI.

Criado por los jesuitas, el joven soberano creció con la delirante idea de que iba a emprender una gloriosa cruzada contra el poder turco en el norte de África, algo que su tío el rey Felipe II de España le insistía que no hiciera. Pero el momento se presentó cuando contaba con veinticuatro años de edad, el sultán marroquí Muley Ahmed fue depuesto y solicitó el apoyo de su homólogo portugués para recuperar su trono, Sebastián con la clara intención de apropiarse para sí el reino, reunió un enorme ejército que fue transportado en 800 barcos e invadió Marruecos en la parte más calurosa del verano. Lo que no midió el inmaduro conquistador era que su rival Abd-el Malik lo esperaba con unas huestes que lo triplicaban en número y en el sitio conocido como Alcazarquivir, el ejército portugués fue masacrado, muriendo su comandante en la refriega, conjuntamente con su aliado Muley Ahmed, pero con el consuelo de que Abd-el Malik también resultó muerto, de ahí el nombre que se le dio a la batalla, que le costó la vida a tres reyes.

Los pocos nobles que sobrevivieron a la batalla fueron capturados por las tropas vencedoras, que exigieron un enorme rescate, por lo que el reino de Portugal no solamente se quedó sin rey y sin varones, sino también sin recursos. Al no haber sucesores pues Sebastián nunca mostró interés en casarse, Felipe II ni lerdo ni perezoso se apropió del país, desapareciendo entonces Portugal como nación independiente durante casi un siglo, hasta que la propia decadencia de la monarquía española durante el reinado de Carlos II le permitió a los portugueses recuperar su soberanía, pero perdieron definitivamente su condición de potencia.

Paradójicamente, la figura de Sebastián en lugar de ser merecidamente vilipendiada por los siglos de los siglos, se convirtió en un mito, pues se decía que su cuerpo no había sido encontrado y los quebrantados portugueses lo denominaban el “rey durmiente”, soñando con que un día aparecería para devolverles su prosperidad. Uno de los delirantes impulsores de lo que se conoce como sebastianismo, el sacerdote Antonio Viera, afirmaba que había descubierto el futuro en donde Portugal estaba destinado a regir un imperio universal bajo el mando del desventurado Sebastián. Según el historiador José Murilo de Carvalho, tres siglos más tarde el mito todavía continuaba entre los campesinos del nordeste brasileño.

El autor es miembro de la Academia Costarricense de Ciencias Genealógicas

 

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