Constantino Urcuyo: Conflicto en el Mediterráneo Oriental (incluye podcast)

El revisionismo turco del orden regional, pone en duda los acuerdos que finalizaron la primera guerra mundial e introduce elementos de desorden en la región, algunos propios, otros producto de la transformación del sistema internacional.

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Constantino Urcuyo Fournier, Politólogo.
Atravesada por múltiples conflictos, Europa parece despedirse del desarrollo pacífico de los últimos años, distorsionado por múltiples contradicciones. La crisis económica del 2008 reveló los problemas entre unos países norteños austeros y los sureños propensos al gasto. Luego, vinieron la salida del Reino Unido de la Unión Europea (Brexit), y el desarrollo de populismos de derecha nacionalista en varios países -Francia, Hungría, Polonia, Países Bajos, Italia-.
Actualmente, el norte de Europa se conmueve por la situación en Bielorrusia, luego de la anexión rusa de Crimea y las luchas irregulares en el este de Ucrania. A los deseos secesionistas de Catalunya y a la persistencia de confrontaciones en los Balcanes, se suma la pandemia. Hoy, aparece un nuevo conflicto en las aguas del Mediterráneo oriental, entre Grecia y Turquía, que involucra también otros actores.

Disputas marítimas, explotación de hidrocarburos, tensiones en la política interna de varios países, terminan afectando un contexto geoestratégico más amplio. La presencia rusa y estadounidense en la subregión, así como la influencia de estas fricciones sobre la estructura y dinámica de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), minan los esfuerzos para alcanzar la estabilidad política.

Disputas Marítimas

La delimitación de la zona económica en el Mar Egeo y en torno a Chipre, protagoniza el conflicto entre turcos y griegos.

Esas zonas marítimas fueron definidas por el Tratado de Lausanne (1923), que zanjó el conflicto con el desaparecido Imperio Otomano, reconociendo los límites de la República Turca que lo sucedió. Turquía no está satisfecha y emprende exploraciones en busca de hidrocarburos en la zona económica exclusiva de Grecia.

Los roces entre ambos miembros de la OTAN, provocan inquietud en la Unión Europea. Alemania trata de calmar la tensión, mientras Francia toma partido ante lo que percibe como un comportamiento agresivo de Ankara, por lo que desplazó fragatas hacia esas aguas, vendió aviones Rafale a los griegos y realiza maniobras navales conjuntas, cerca de la isla de Creta.

-Zona de disputa marítima, económica y política, Mediterráneo Oriental-

El codiciado gas natural

Tras la disputa por zonas marítimas está el descubrimiento de yacimientos de gas natural, precisamente en el fondo marino del Mediterráneo Oriental. Varios países de la región buscan su explotación, por razones económicas, pero también aparecen factores políticos.

Egipto, Israel y Chipre, iniciaron proyectos para el aprovechamiento de estos gases, así como cooperación para la exportación conjunta del exceso de su producción, utilizando como marco institucional el Foro Gasífero del Mediterráneo Oriental, del cual forman parte también Grecia, Jordania, Palestina e Italia.

En enero del 2020, Israel firmó un acuerdo con los chipriotas para la construcción del gasoducto EastMed, con la intención de llevar hasta Europa, el gas natural israelí del yacimiento Leviathan.
De igual forma, otros países buscan nuevas rutas de exportación hacia el viejo continente, por medio de gasoductos o de terminales de licuefacción del gas natural (Egipto).

La importancia geoestratégica de este proyecto, supera sus dimensiones económicas. El gas natural barato reduciría la dependencia europea del gas ruso, por medio de dos gasoductos, uno a través del Báltico y el otro por Turquía. La compañía rusa Gazprom suministra un estimado del 40% de las necesidades europeas de gas, dándole a Moscú considerable influencia política y económica.

-Proyectos para la extracción de gas natural y su respectiva exportación hacia Europa-

Contexto geoestratégico

Los países europeos tienen gran interés en esta región, no solo por los recursos económicos antes mencionados, sino también por la retirada de los EEUU de un rol muy activo en estas tierras, al fin y al cabo el Mediterráneo es también, por lo menos en su parte occidental un lago europeo, el Mare Nostrum romano.

En el Mediterráneo Oriental los intereses de las potencias europeas se rozan con los de Turquía, que percibe esta región como su vecindario cercano y no olvida su pasado Otomano.

A pesar de su membrecía en la OTAN, Turquía está envuelta en varios conflictos con estados miembros de la organización, creando divisiones con sus aliados occidentales. Sus aspiraciones neo otomanas lo han llevado a convertir el museo de Santa Sofía en mezquita, insertando un elemento de carácter religioso que atiza el fuego de sus diferencias con los europeos

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan , está convencido de recuperar los espacios marítimos perdidos en 1923, y busca transformarse en la potencia marítima dominante en Levante. Tras abandonar la aspiración de ingreso a la UE, su determinación es afirmarse en su vecindario inmediato, espacio geográfico que abarca hasta Libia y lo involucra en el conflicto ese país, apoyando al gobierno de Acuerdo Nacional (GAN), en alianza con Italia y Catar

-Zona marítima que compartirían Turquía y Libia-

Aspiraciones Neotomanas

Más allá de la delimitación marítima, los conflictos de Turquía con la UE se relacionan con el flujo de refugiados sirios, derechos de prospección petrolera, operaciones militares turcas en Siria y Libia, así como la arquitectura del sistema de defensa de misiles de la OTAN. Empero la agresividad geopolítica turca no surge exclusivamente de su política exterior.

La política interna es otra fuente de tensión, dado el deterioro del partido de gobierno (Justicia y Desarrollo), tanto en encuestas como en elecciones locales; a lo que se suma el debilitamiento de su moneda.

Para enfrentar este deterioro, el gobierno turco construyó una narrativa centrada en las glorias pasadas del imperio Otomano y una supuesta conspiración externa. A través de una campaña mediática intensa, enfatiza los logros de su industria militar y energética, indispensable para que Erdogan se perciba como el ancla de la estabilidad, ante el acoso de fuerzas hostiles.

Turquía evolucionó hacia un régimen autocrático, con un poder judicial controlado por el ejecutivo, sin medios de comunicación independientes y una sociedad civil reprimida. El autoritarismo del régimen, hace difícil cualquier diálogo con la UE, que postula el modelo de democracia liberal y el respeto a la soberanía de otros estados.

Las aspiraciones neo otomanas de Erdogan, buscan transformar a su país en una potencia regional, percibiéndose a sí mismo como el sultán de un imperio que regresa, líder de una nación moderna y guía islámico. Ante su pueblo, se presenta como el protector frente a amenazas regionales (Emiratos, Egipto) o externas (Grecia, Israel, UE, EE. UU.).

En el terreno marítimo esta narrativa se manifiesta en las pretensiones por espacios más amplios alrededor de sus costas: la teoría de la Patria Azul, delineada en el mapa siguiente, expresión de una nueva pulsión nacionalista.

 

En términos de política exterior, Ankara busca la proyección de su poder en Siria e Irak, como método para el combate de la nación kurda que se asienta parcialmente en Turquía. Asimismo, extendió su presencia militar en el oeste de Libia y estableció una base militar con 5,000 soldados en Catar. Una presencia militar en Somalia y Dybouti, forman parte de su naciente expansionismo.

En su vecindad inmediata, concretó relaciones con el grupo Hamas en Palestina, creando fricciones importantes con Israel.

Detrás de su estrategia externa, subyace la consideración de que su política exterior debe adaptarse al contexto de la posguerra fría, buscando una posición equidistante en el medio de las grandes potencias (Rusia, China, UE y EE. UU.). Algunos turcos añaden que, su legitimidad internacional, surge de una civilización occidental en declive y quiebra moral.

Las consecuencias de esta postura son distanciamiento de la UE, compra de sistemas avanzados de misiles a Rusia, confrontación marítima con Grecia y Francia, oportunismo en sus relaciones con la OTAN y ruptura de tratos para compra de armas con los EE. UU. – que cancelaron la venta del avión F-35 como respuesta a la compra turca de armas rusas-.

Estas veleidades de independencia tienen sus fronteras en el atraso de su industria militar, en los límites impuestos por Rusia a la intervención turca en Siria, y a potenciales sanciones de la UE, principal destino de sus exportaciones, como respuesta a su aventurerismo en el Mediterráneo Oriental.

Aun así, es preciso recordar las ventajas turcas derivadas de su posición geoestratégica entre Europa y Medio Oriente, su condición de intermediario en el tránsito de refugiados hacia Europa, la importante presencia de expatriados turcos en Alemania, sus ventajas militares sobre sus vecinos inmediatos y las necesidades de los EE. UU., de mantener sus bases en territorio turco.

Francia se afirma

A esa larga lista de aspiraciones, han respondido Francia y los Emiratos Árabes Unidos, afirmando su presencia militar en territorios griegos, tomando partido en la guerra civil de Libia, al lado de una de las facciones, el Ejército Nacional Libio.

Francia, antigua potencia colonial en Siria y Líbano, además ratifica sus intereses geopolíticos en la región y sus compañías (Total), también se preocupan por la explotación del gas del Mediterráneo Oriental. Parte de la posición francesa gira en torno a la interconexión de gasoductos y oleoductos y fue claramente explicitada por el presidente Macron, quien señaló que, en este conflicto, Turquía ha tenido comportamientos inadmisibles.

La reunión de los siete países de Europa del Sur -Francia, España, Italia, Portugal, Grecia, Malta y Chipre-, del 7 de setiembre, respaldó la posición de Paris, señalando la plena solidaridad con Grecia y Chipre, fijando condiciones para un diálogo con Ankara: respeto al embargo de armas destinadas a Libia, delimitación de zonas económicas exclusivas en el marco de la negociación y acato al derecho internacional, así como dirimir el tema de las fronteras marítimas con Chipre, en la Corte Internacional de Justicia.

El presidente Macron puso como requisito esencial para el diálogo, el respeto a la soberanía de todos los estados y la condena de todo acto unilateral. Terminaron por advertir que la no observancia de estos principios, podría llevar a la imposición de sanciones a Turquía, por parte de la UE.

-Implicaciones de la exploración de hidrocarburos y su conexión con la situación europea-

La respuesta de Erdogan han sido fuerte. Acusa a Francia de crear problemas y buscar querellas con Turquía, recordando a los franceses su pasado colonial en Argelia y su papel en el genocidio en Ruanda. La confrontación entre ambos sube de tono y es probable que se encienda con la venta de material militar francés a Grecia, así como las disputas por las zonas económicas exclusivas.

Las visitas del presidente Macron al Líbano, su apoyo a Grecia, a los kurdos en Irak y su confrontación con Turquía, revelan claramente los objetivos franceses en el Mediterráneo Oriental: contener en Libia -y eventualmente en el Líbano-, el flujo de refugiados hacia Europa, defender los intereses de sus compañías petroleras en la región, y finalmente, poner límites al matonismo turco. Macron pretende establecer un orden que llama Pax Mediterranea, apoyado por países del Mediterráneo occidental, interesados en que la inestabilidad del Este no se extienda hasta sus costas.

Rusia, ambigua y desequilibrante

Rusia por su parte, tiene intereses en esa región, asociados a su implicación en la guerra siria, el paso de sus navíos por los estrechos turcos, su apoyo a una de las partes en el conflicto libio y su base naval siria en Tartus.

Recientemente, su ministro de relaciones exteriores estuvo en Chipre y ofreció su mediación en el conflicto entre Turquía y esta nación insular. Igualmente, Rusia tiene interés geopolítico en el desenlace del conflicto en Libia y apoya al ejército de liberación nacional (ELN) en búsqueda de tratos petroleros y de construcción.

Se especula sobre la presencia de 2.000 mercenarios rusos del grupo Wagner, activos en el este de Libia y de la impresión de moneda libia en Rusia para uno de los bandos en pugna, opuesto al grupo que recibe el apoyo turco. Sin embargo, su interés geoestratégico es más amplio y busca crear desequilibrios en el flanco sur de la OTAN y adquirir profundidad estratégica en el Mediterráneo.

Además, debe tenerse en cuenta que Siria tiene costas sobre el Mediterráneo Oriental y que el conflicto del Medio Oriente puede desbordarse por esa vía, insertando las contradicciones entre Irán y Arabia Saudita, como certifica la presencia de aviones de combate de los Emiratos Árabes, aliado saudí, en la isla de Creta.

La porosidad de los límites entre los conflictos en el Medio Oriente surge con claridad de la interacción entre este y el Mediterráneo, pero también del deseo ruso de proyectar su poder más allá de las fronteras de la madre patria (Rodina).

Los EE. UU. en retirada táctica, pierden influencia

El retiro de EUA empezó con Obama, sus decisiones con respecto a Siria y Libia, entronizaron la intención de liderar desde atrás (leading from behind), mucho antes del aislacionismo de Trump, quien no ha intervenido con fuerza tanto en Levante, como en la totalidad del Medio Oriente. En esta última región, pareciera dejar el establecimiento del orden a una alianza inverosímil entre Israel, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, para equilibrar el peso de Irán, Siria y Rusia.

El secretario de Estado, Pompeo, se reunió recientemente en Viena con el ministro de relaciones exteriores griego, con el fin de conversar sobre el conflicto con Turquía, además de dialogar con el ministro turco. Pero la posición turca de continuar explorando en áreas conflictivas no ha cambiado, atizando las llamas del conflicto.

En su visita a Chipre, el pasado 14 de setiembre, el jefe de la diplomacia estadounidense llamó a Turquía para que cesara sus actividades, instando a todas las partes a volver a los canales diplomáticos. Pompeo señaló su preocupación por las operaciones de búsqueda de recursos naturales, en áreas en las que Grecia y Turquía afirman sus jurisdicciones, aunque el involucramiento de EE. UU. en el conflicto, es de bajo nivel.

Pareciera que Francia, en nombre de la OTAN, buscará llenar el vacío gradual que dejan los EUA en el Mediterráneo Oriental. Tratará de asumir un papel de hegemonía militar y líder político en la crisis , con el apoyo político de Alemania, que ha tratado de mediar sin éxito. La propuesta francesa (2018), de formar un ejército europeo, cobra gran actualidad en este momento, para la defensa del flanco sur de la OTAN y de los Balcanes.

A pesar de las voluntades de los líderes europeos, lo cierto es que la fuerza naval más importante en el Mediterráneo, continúa siendo la Sexta Flota de los EE. UU., basada en Nápoles, con 40 barcos, 175 aviones y 21.000 militares.

Una OTAN fracturada

Son tiempos duros para la OTAN. Asiste a un proceso de desintegración interno, con la retirada eventual de los EE. UU. y los conflictos entre varios de sus miembros, Francia- Grecia confrontando a Turquía, la irrupción de Rusia en una zona del Mediterráneo donde su presencia pareciera crecer (Libia), y su preocupación por los oleoductos que llevan el petróleo ruso hasta Turquía, atravesando el Mar Negro.

Igualmente, la presencia de consejeros rusos en suelo turco para la colocación de los misiles
s-400, facilita el acceso de Moscú a la tecnología operacional de la OTAN, añadiendo otro factor de extrema preocupación. Turquía logró la retirada de fuerzas de EE. UU. del Norte de Siria y el cese de apoyo a los combatientes kurdos, debilitando la posición de la alianza occidental y facilitando el establecimiento de la base aérea rusa en Khmeimim.

A este tenor, su participación en el conflicto libio propició el vínculo ruso con una de las partes y su expansión en el Mediterráneo, creando más focos de tensión para la OTAN.

Conflicto que trasciende lo regional y repercute globalmente

Tras las disputas por la delimitación marítima entre Grecia y Turquía, se esconden factores que trascienden el conflicto entre ambos países. Algunos se relacionan con la transformación global del sistema internacional y otros, con cambios regionales en la correlación de fuerzas.

La explotación de gas en el Mediterráneo Oriental, hace surgir la geopolítica de los hidrocarburos, relacionada con las insuficiencias energéticas de los países europeos, pero también destaca la interrelación entre el Mediterráneo Oriental y Europa Occidental, deficitaria en hidrocarburos.

La retirada gradual de los EE. UU. del Medio Oriente, da paso al involucramiento de otros protagonistas -Francia, Israel, Emiratos Árabes, Rusia-. El declinar sistémico relativo de la potencia mundial, no señala el fin de su dominación global, pero abre espacios para que actores medios, pasen a desempeñar algunas de las funciones que EUA ejecutaba en el pasado.

Rusia demuestra una actitud moderada en este conflicto. Su alineamiento con las posiciones turcas está condicionado por otros intereses, particularmente en Siria y Libia, donde ambos no coinciden. Más bien, la actividad rusa en el Mediterráneo Oriental revela el regreso de Moscú a la escena internacional, aunque limitado a su área de influencia inmediata, particularmente importante por la cercanía de esta subregión con el Mar Negro.

Las pretensiones neotomanas de Turquía, se relacionan no sólo con sus proyectos de hegemonía regional, sino también con la erosión del régimen interno que requiere de legitimación derivada de sus acciones externas. La agresividad de Erdogan con Grecia, causa serios problemas a la OTAN, que todavía mantiene bombas nucleares en la base de Incirlic en Turquía. La unidad de la alianza se deteriora.

El revisionismo turco del orden regional, pone en duda los acuerdos que finalizaron la primera guerra mundial e introduce elementos de desorden en la región, algunos propios, otros producto de la transformación del sistema internacional.

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