Convivir entre la vida y la muerte

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Álvaro Salas Chaves.

La muerte llega nada más que una vez, pero se hace sentir en todos los momentos de la vida. Jean de la Bruyére (1645-1696), escritor moralista francés.

Las cosas que pasan y se ven en los hospitales son únicas, insólitas, no creíbles; a veces, inadmisibles; en otras ocasiones, para llorar, y muy pocas para reír.

Éramos estudiantes del tercer año de la Facultad de Medicina de la Universidad de Costa Rica. Rotábamos por el Servicio de Medicina 4 del Hospital San Juan de Dios y los profesores eran verdaderos médicos: estudiosos, aplicados, muy trabajadores, muy serios y responsables. Eran la imagen de lo que uno siempre anheló ser cuando llegara el día de ejercer la profesión. Tenían un enorme prestigio en la Sección de Medicina del hospital, ganado con esfuerzo.

El doctor Jesús Israel Sarkis y el doctor Alvaro Camacho Fernández sabían “toda la medicina del momento”. Estaban al día en el conocimiento que se tenía en los grandes centros de medicina del mundo. En las sesiones clínicas se discutían los artículos publicados en las mejores revistas médicas de Estados Unidos y Europa, con solo unos cuantos meses de haber salido publicadas. Para nosotros –reitero: estudiantes de medicina- aquellas sesiones eran de una gran enseñanza, porque combinábamos el conocimiento vigente con la práctica médica.

Una mañana, después de la clase diaria de siete a ocho antemeridiano, pasamos visita a los pacientes encamados del servicio. Existía todo un protocolo establecido por la costumbre de todos los días. Cada estudiante, médico interno y médico residente tenía asignadas las camas y debía presentar los casos ante los jefes. Uno sudaba la gota gorda preparando las historias clínicas bien detalladas y los exámenes físicos más detallados aún.

Los maestros, con solo una mirada al paciente y tres preguntas, tenían el 98% del diagnóstico clínico. Ese “ojo clínico” lo daban los años de práctica, el estudio de los artículos publicados en las revistas, las discusiones en las sesiones clínicas y anatomo-clínicas y la experiencia en general. Por eso, se ganaban el respeto y la autoridad de todos: precisamente por saber.

Ese era el caso concreto de uno de los hombres más importantes de la medicina en Costa Rica, el doctor Rodrigo Cordero Zúñiga, jefe de la Sección de Medicina del Hospital San Juan de Dios y maestro de muchas generaciones de médicos. Siempre nos asombraba con la presentación de casos clínicos en las sesiones. La primera pregunta que hacía era el nombre. Únicamente con los apellidos y el aspecto físico del paciente tenía el 50% del diagnóstico. En todos los países –y, por lo tanto, en Costa Rica- hay familias que padecen enfermedades de transmisión genética. Por eso, con solo conocer el apellido, uno sabe que se trata de pacientes portadores de sorderas, anemias (sobre todo en algunas comunidades de Cartago y Guanacaste), la enfermedad de Wilson, en Aserrí, etc. La segunda pregunta clave -¿De dónde es su familia?- iba en la misma dirección de la anterior. Y la tercera era, por cierto: -¿Cuál es su problema?

El doctor Cordero Zúñiga nos dejaba pasmados, porque al final de este cortísimo interrogatorio, siempre decía: – “Yo creo que este paciente tiene una anemia falciforme”, o mencionaba cualquier otro diagnóstico. Y por supuesto que acertaba.

Pues bien, esta vez comenzó la visita de revestidos de los lunes. Llamábamos así a la visita de los pacientes con todos los jefes, especialistas y demás “mostacilla” (nosotros, los estudiantes). Desde la primera cama, en un cubículo de ocho, el doctor Sarkis volteó la cabeza y miró a un paciente ictérico (con la piel de color amarillo oscuro) en severo estado de postración. Le estaban pasando un suero y tenía la mirada brillante pegada al techo. Se aproximó a él como un rayo y le preguntó:

-¿Qué hace usted aquí? Este es un hospital para gente seria, que de verdad quiere curarse. Usted está aquí por borracho, ¿no es cierto?

Todos nos quedamos como en misa: el propio jefe del servicio había increpado al paciente por su estado alcohólico. El doctor Sarkis no soportaba el alcohol, y menos a los borrachos

-Le ruego que se vaya a pasar su borrachera a su casa y nos deje libre esta cama para un paciente que realmente desee curarse -le dijo, tajantemente.

El paciente, desde su rincón, replicó:

–Vea doctor, yo no quiero molestar a nadie. Vine porque me trajeron. Yo solo me tomé mis tragos y me puse amarillo. ¿Qué culpa tengo de ponerme amarillo-.

El doctor Sarkis le contestó, furioso:

-No me dé explicaciones. Váyase a su casa y cuando tenga verdaderas intenciones de dejar de tomar, lo estaré esperando en mi consultorio.

–Está bien, está bien -respondió el paciente-, yo me voy, pero no tengo plata para pagar el pasaje y vivo en Puriscal.

–No se preocupe, tome dinero para los pases y pida que lo vayan a dejar a la Coca Cola. Tiene la salida. La parada de buses está a una cuadra del Hospital.

El doctor Sarkis se metió la mano a la bolsa, sacó unos billetes y se los dio al enfermero. Siempre hacía lo mismo con todos los pacientes alcohólicos que le llegaban a sus camas. (Según supimos después, estos terminaban bebiéndose “los pases” en la Cantina “El Piave”, a la vuelta del Hospital.)

Todos los presentes nos quedamos estáticos. Nadie hablaba, hasta que él mismo rompió el silencio:

–Bueno y este otro paciente, ¿por qué vino?

Se reanudó la pasada de visita, con la formalidad habitual. Se discutieron los casos importantes y los tratamientos seguidos.

Al otro día ya no estaba el paciente despedido, lo que permitió realizar la visita sin contratiempos. Y así fueron pasando los días, las semanas y el curso.

Al año siguiente, ya estábamos en cuarto año, y por esas cosas del azar, un lunes por la mañana, empezamos a pasar de nuevo la visita en el mismo Servicio Durán o Medicina 4. Al llegar, el doctor Sarkis dirigió la mirada hacia la misma esquina y dijo al paciente, con toda la potencia de su voz:

-¡Ah, usted otra vez!, ¿No habíamos quedado en que dejaría de tomar y que vendría para que lo tratáramos? Pues se me va yendo para su casa, deje esa cama para alguien que la necesite de verdad. ¿Tiene o no tiene plata para los pases?

–Bueno, doctor, está bien, usted manda: yo me voy y no pasa nada. Eso sí, deme la platica, porque ando “limpio”.

-¡Que lo lleven a la Coca Cola! -ordenó el doctor-. Sigamos: ¿Qué tiene este paciente? ¿Quién lo tiene a cargo?

Como todos los días, reanudamos la visita, con un poco menos de asombro que el año anterior, pero nos quedaba una especie de espinita en el pecho.

El doctor Camacho, el otro jefe, mucho más minucioso, estudiaba a los pacientes con tanta sabiduría, que en dos días, a lo sumo, teníamos claro el plan por seguir y el tratamiento que debíamos dar. Esto, para cualquier paciente, por difícil que fuera el caso. El doctor Camacho pasaba visita a sus pacientes los sábados, los domingos, los feriados, en Navidad,  Año Nuevo y en Semana Santa. Era un verdadero apóstol de la medicina. Además, dominaba toda la medicina conocida y le gustaba mucho enseñar.

Un día de tantos, pasando visita a los pacientes, el doctor Sarkis dio media vuelta sobre sí mismo y todos oímos cuando traqueó su costilla. Él se llevó la mano al pecho y nos dijo secamente:

-Vamos a Rayos X.

En silencio absoluto, nos fuimos a Rayos X del Hospital, que quedaba, caminando, como a dos cuadras, por esos largos corredores del querido Hospital.

Llegamos a Rayos y estaba allí el doctor Rafael Ángel Umaña, uno de los mejores radiólogos del momento. Oímos con toda claridad cuando el doctor Sarkis le dijo:

-Rafael Ángel, haceme una radiografía del cráneo, por favor.

Todos nos miramos, porque pensábamos que la placa sería del tórax. Evidentemente, nos faltaba mucho por aprender: él pedía una placa de cráneo porque quería saber si tenía un mieloma múltiple, cuyo signo inequívoco son las lesiones craneanas en forma de sacabocados.

El doctor Umaña le tomó la placa solicitada, que mostraba extensas lesiones, lo que confirmaba el diagnóstico. El doctor Sarkis continuó enseñando ese día hasta con su propia enfermedad. Estábamos absolutamente abatidos: comprobar que el maestro sufría una enfermedad maligna y tan avanzada, resultaba muy doloroso. Se despidió con mucha tranquilidad de nosotros en la puerta del Servicio de Rayos X y se marchó a su casa. Nunca más regresó al salón y se dedicó a tratarse su grave problema. Falleció unos meses después.

Al año siguiente, estando de guardia en el Servicio de Urgencias, un sábado aburridísimo, teníamos muy pocos pacientes. Aún no empezaban a llegar los jugadores de futbol, que usualmente aparecían  después de las once de la mañana, cuando venían  con fracturas del pie o de la mano, luxaciones del hombro, de la rodilla, en fin: casi todo de ortopedia.

Nos encontrábamos conversando en el pasillo de emergencias. Ya éramos médicos internos. De pronto apareció una ambulancia con un paciente en estado agónico, intensamente amarillo, sangrando por la boca, con aspecto cadavérico. Lo pasamos de inmediato a las camillas de medicina y cual no sería nuestra sorpresa al darnos cuenta de que era el mismo paciente de las dos veces anteriores:

-¡Usted otra vez!, dije yo, con imprudencia.

El hombre nos dirigió una mirada de muerte y nos dijo en voz muy baja:

-Sí, soy yo. Pero no me internen en las camas de aquel doctor tan bravo. Siempre me da la salida, y, muchachos, yo creo que ahora sí me voy

Nosotros, compungidos, le respondimos:

-No se preocupe, él ya no está.

-¿Ah, no?- expresó con tremenda cara de sorpresa- ¿Y qué le pasó al doctor?

-Falleció- le dijimos.

-¡No me digan! ¡Vean qué mundo más pequeño! –expresó, con ironía-. Bueno, pues, si quieren, le llevo saludos, porque yo creo que ahora si me muero.

Un día después, el paciente había fallecido, como resultado de un cuadro de insuficiencia hepática aguda, consecuencia de una cirrosis alcohólica severísima, con sangrados masivos, que nos impidió salvarle la vida.

 

 

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