Costa Rica necesita de la visión de don Pepe Figueres

Costa Rica necesita de una visión que trascienda las fronteras de nuestro territorio y de nuestras mentes

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Óscar Arias Sánchez, Politólogo (Dr.).

Con motivo del centenario del nacimiento de don José Figueres Ferrer, el 26 de setiembre del 2006.

“Costa Rica necesita de la visión de don Pepe, de una visión que trascienda las fronteras de nuestro territorio y de nuestras mentes. Costa Rica ocupa ver más allá de sus narices, más allá de las paredes que la encierran en su tiempo y en su espacio. En esto he insistido incansablemente: no avanzaremos como país si no entendemos que la historia es nuestro bagaje pero no nuestra estación, y que en esta larga travesía humana, no caminamos solos”.

Venimos hoy a rendir homenaje a don José Figueres Ferrer. Quien eso hace se ve obligado a leer todos los trazos del manuscrito de la historia de la patria en el último siglo. Porque ahí, en esas páginas, el anónimo cronista de nuestra travesía nacional ha puesto, en cada línea, el nombre de don Pepe. Ahí, en cada página, está su pequeña figura gigantesca venciendo el tiempo, venciendo el olvido, venciendo la muerte.

Venimos hoy a celebrar el nacimiento de un transformador de sociedades, de un creador de verdades, que supo armarse por la libertad y por la misma libertad desarmarse; que supo vencer la tentación siempre presente del populismo y del despotismo, de la tiranía y de la opresión.

Pero hoy no sólo venimos a celebrar a un hombre. También rendimos homenaje a una forma de entender la acción política, la de don Pepe, que aún encierra las claves de nuestro futuro.

De don Pepe aprendimos que la política es pensamiento, pero también es acción. Aprendimos que el estudio, el pensamiento y las convicciones, de poco sirven si no van acompañadas del trabajo que transforme en realidades nuestros ideales; y que la acción ciega, que no se nutre del pensamiento y que no se inspira en las lecciones de la civilización, conduce, en el mejor de los casos, a un callejón sin salida, y casi siempre a un abismo insalvable.

Para don Pepe cada día fue una oportunidad para crecer espiritual e intelectualmente, para reflexionar sobre la vida y sobre el destino del ser humano, y para elaborar grandes concepciones, llenas de optimismo, para construir caminos de emancipación para nuestro pueblo. Pero también, con audacia y con músculo, supo afirmar la libertad de nuestra patria, consolidar la justicia social y marcarle a nuestra nación los rumbos de un desarrollo más justo y más y los movimientos políticos que se niegan a reconocer los cambios de la historia, están condenados a la marginación y al descrédito.

Para don Pepe cada día fue una oportunidad para crecer espiritual e intelectualmente, para reflexionar sobre la vida y sobre el destino del ser humano, y para elaborar grandes concepciones, llenas de optimismo, para construir caminos de emancipación para nuestro pueblo. Pero también, con audacia y con músculo, supo afirmar la libertad de nuestra patria, consolidar la justicia social y marcarle a nuestra nación los rumbos de un desarrollo más justo y más humano.

Armado de un arsenal de libros y del conocimiento sin fronteras del hombre visionario, don Pepe fue el vencedor de la batalla más difícil de todas: la batalla de las ideas. Pero siempre supo que las ideas son instrumentos de cambio y no prisiones para encerrar la realidad.

Don Pepe siempre entendió que su primer deber como líder político y como hombre libre no era atarse, a cualquier costo, a ideas intemporales, sino atreverse a pensar. El era un verdadero rompedor de ideas, un ideoclasta, que no vacilaba en modificar su manera de pensar si la realidad cambiaba y se le daban nuevos argumentos o nuevas razones. Pienso que don Pepe coincidiría con don Miguel de Unamuno cuando éste dijo en su memorable ensayo “La ideocracia”: “¿Qué Fulano cambia de ideas como casaca, dices? Feliz él, porque eso arguye que tiene casacas que cambiar, y no es poco donde los más andan desnudos, o llevan, a lo sumo, el traje del difunto, hasta que se deshilache en andrajos… Lo importante es pensar… pensar… porque el que piensa sujeta a las ideas, y sujetándolas se liberta de su degradante tiranía”.

Don Pepe poseía ideas, pero nunca fue poseído por ellas. Tuvo siempre claro que ninguna proclama ideológica, por hermosa o inspiradora que sea, le ha llenado nunca el estómago a ningún compatriota pobre, y que puestos a escoger entre la fidelidad a un catecismo ideológico y los logros concretos de bienestar para el pueblo costarricense, siempre debemos escoger esto último.

Hacia el final de sus días, decía nuestro homenajeado: “La revolución no ha terminado. Es la revolución constructiva que no se hace con frases rígidas de ideologías. Se hace con ideas que generan planes de progreso real, por modestos que sean; con el libro bajo el brazo, con la herramienta en la mano y con la inspiradora mística en el corazón”.

Armado con esa concepción pragmática de la acción política sorteó la trampa de quienes, en la derecha, desdeñan la importancia de la solidaridad, e insisten en pregonar que el goteo económico saciará nuestra sed de justicia social. Pero también evitó los desvaríos de una izquierda retrógrada que aún sigue considerando el crecimiento económico como un enemigo de las sociedades igualitarias. Por esto, al hablar del partido que él fundó, indicó con meridiana claridad que “a diferencia de otros grupos que se interesan meramente por la justicia social, unos con sinceridad y otros por demagogia, el movimiento nuestro endereza sus esfuerzos hacia el enriquecimiento del país, como única solución verdadera del problema del ingreso bajo”.

Sorteó también la trampa del falso nacionalismo. Siempre comprendió que el nacionalismo no radica en huir del mundo, sino en buscarlo sin temores para proyectar lo mejor de nuestra nacionalidad, y que las verdaderas afrentas a la soberanía de la patria no vienen del comercio internacional sino del hambre, de la ignorancia y de la corrupción.

En una América Latina en la que el populismo nacionalista alza de nuevo su cabeza, resuena poderosa la voz de don Pepe cuando nos advierte sobre el peligro de que un “nacionalismo negativo, destructivo, fundado en los celos, fundado en la lucha de clases, venga a echar por tierra todo este acervo cultural de nuestro tiempo, acumulado por la humanidad en largos siglos, y vuelva el mundo a la barbarie… Ese es el peligro de un nacionalismo basado en la envidia y en no querer seguir los buenos caminos que han conducido a los pueblos más felices a la situación que hoy se encuentran”.

Costa Rica necesita de la visión de don Pepe, de una visión que trascienda las fronteras de nuestro territorio y de nuestras mentes. Costa Rica ocupa ver más allá de sus narices, más allá de las paredes que la encierran en su tiempo y en su espacio. En esto he insistido incansablemente: no avanzaremos como país si no entendemos que la historia es nuestro bagaje pero no nuestra estación, y que en esta larga travesía humana, no caminamos solos.

No deseo para don Pepe la gran paradoja de los héroes, que no haciendo en su vida más que reformar, sirven luego de excusa para el estancamiento. No deseo para la memoria de don José Figueres, ni para Costa Rica, la suerte de Funes el Memorioso, aquel hermoso personaje de Borges, que de tanto recordar, era incapaz de pensar.

Por el contrario, la gran pregunta que debemos contestar, es la de cómo ser, hoy, dignos herederos de la obra que nos dejara sin terminar este gran arquitecto de la patria. Sería muy pretencioso de mi parte decirles que tengo la respuesta infalible a esa pregunta, pero sí sé que si hemos de encontrarla debemos desprendernos, como lo haría don Pepe, del miedo a cambiar y de los prejuicios que nublan nuestro entendimiento.

Si hemos de encontrar esa respuesta debemos abrazar, en una nueva época, los ideales de don Pepe, pero abrazarlos no con consignas, sino con acciones.

Por eso, a todos los costarricenses y a todas las fuerzas políticas y sociales del país, les propongo que hagamos hoy un verdadero tributo a don Pepe, un homenaje que vaya más allá de las palabras y los gestos.

Les propongo que luchemos sin cuartel contra la pobreza y la desigualdad, que volvamos a hacer de la expansión de las oportunidades humanas el hilo conductor de nuestra aventura histórica, que nos convenzamos de que quienes disfrutan de lo superfluo tienen la obligación de contribuir al bienestar económico de quienes carecen de lo esencial. Por ello, les propongo que impulsemos cuanto antes una reforma tributaria progresiva e integral, que obligue a los dueños de mansiones a poner un techo sobre los habitantes de tugurios y a los grandes empresarios, a volver la vista a la miseria que los rodea.

Les propongo que hagamos de la nuestra una sociedad más segura y cada vez más convencida de que la paz se encuentra mejor resguardada en las manos de nuestros policías que en los rifles de los soldados. Por ello, les propongo que no le neguemos a nuestra Fuerza Pública los recursos tributarios que le permitirían tener más personal, más entrenamiento y mejores equipos para combatir la delincuencia.

Les propongo que emprendamos una cruzada de largo alcance para recuperar la educación pública y que admitamos, como lo dijera don Pepe, que “el país nunca podrá realizar una reforma social sobre bases de ignorancia”. Por ello, les propongo que hagamos realidad una reforma a la Constitución Política para aumentar el gasto en educación a un 8% del Producto Interno Bruto y que apoyemos con todos los recursos necesarios al programa Avancemos, un sistema de transferencias condicionadas a las familias de los estudiantes más pobres, que les permite permanecer en el colegio en lugar de verse obligados a trabajar para contribuir con los ingresos del hogar.

Les propongo que pongamos en marcha un esfuerzo nacional para recuperar nuestra infraestructura, un esfuerzo impostergable para hacer más competitivos a nuestros productores y para integrar a la modernidad a cientos de comunidades aisladas por los malos caminos. La aprobación inmediata de las reformas a la Ley de Concesión de Obra Pública es un instrumento indispensable en esta tarea.

Les propongo que devolvamos a Costa Rica su papel protagónico en el concierto internacional, su lugar como potencia moral en un mundo convulso.

Les propongo que, como país sin ejército, convoquemos al mundo y, en especial, a los países industrializados, para que entre todos demos vida al Consenso de Costa Rica (ver discurso Un futuro a la altura de nuestros sueños, 19/9/2006). Asimismo, les pido que apoyemos los esfuerzos del Gobierno para que las Naciones Unidas aprueben, cuando antes, el Tratado sobre la Transferencia de Armas (ver discurso Un futuro a la altura de nuestros sueños, 19/9/2006).

Les propongo que defendamos la convicción de que los cambios sociales deben propiciarse gradualmente, sin extremismos y en paz, y de que las únicas armas legítimas para resolver los conflictos, en Costa Rica o en el mundo, son las de la razón, el diálogo y la democracia. Por ello, a todas las fuerzas políticas y sociales del país les pido que rechacen todo llamado a la violencia y a la intolerancia, y que, aun en los temas que más nos dividen, sepan respetar el mandato de los órganos constitucionalmente electos para tomar decisiones, un mandato derivado del sufragio de nuestro pueblo.

Poner en marcha cada uno de estos cursos de acción es, sin duda, el mejor homenaje que podemos dar al comandante sabio que silenció las armas y empuñó el derecho. Juntar nuestras voluntades para vencer la atonía, la parálisis y la mala fe es el honor que debemos al hombre que un día, al abolir el ejército, le dio a todas las generaciones posteriores de costarricenses su primer día como hombres y mujeres de paz.

Hemos venido a decirles a los caminantes de todas las generaciones y de todas las ideologías que, hoy hace exactamente 100 años, en San Ramón de Alajuela, nació un caminante de la historia, un hombre excepcional que, con su pensamiento, con su palabra y con su acción, alentó las esperanzas de su gente y abrió el camino del futuro.

Hoy hemos venido a decirle al mundo que hace 100 años nació don José Figueres Ferrer, ex Presidente de Costa Rica y líder de su pueblo.

 

Óscar Arias Sánchez
Abogado y politólogo, Presidente de Costa Rica en los períodos de 1986-1990 y 2006-2010.
Premio Nobel de la Paz en 1987.

 

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