Costa Rica se devora a si misma

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Carlos Francisco Echeverria.

El Estado benefactor de la Tercera República degeneró en un sistema de feudos y privilegios burocráticos que nos hemos acostumbrado a ver como cosa normal. Muchos de esos privilegios están incluso consagrados en leyes, cuando no en la Constitución, gracias a legisladores improvisados y complacientes.

Eso tenía que derrumbarse algún día. Parece que ese día llegó, y que la reforma del Estado que la realidad impone no la podremos hacer nosotros, en nuestros propios términos, sino que será bajo la tutela de organismos financieros internacionales, que vendrán a sacarnos las castañas del fuego. El proceso será muy complicado y doloroso.

Tendremos que empezar por aceptar que el país que creíamos tener era una ficción, un gran engaño colectivo, que gira en torno a un Estado dispendioso y disfuncional. Incluso habrá que preguntarse si tenemos la gente capaz de deshacer esa madeja y construir un aparato estatal de pretensiones más modestas, pero que al menos pueda cumplir con sus cometidos esenciales.

Habrá que atreverse a hacer grandes cambios, que a su vez implicarán grandes sacrificios. Ojalá eso se logre sin dañar en exceso a la economía productiva, al pan real de todos los días, y minimizando en lo posible el sufrimiento de los más pobres.

Más allá de eso, todos tenemos la tarea de construir una nueva cultura cívica, basada en hechos y diagnósticos concretos (como los del Estado de la Nación – ¡Cómo hemos desperdiciado ese recurso!) y no en añejos criterios ideológicos ni en estrechos prejuicios gremiales y de clase. ¿Iremos a estar a la altura de semejante desafío?”

 

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