Costa Rica ¿Un país de derechas?

La izquierda podría hacerse un espacio y ofrecer una alternativa civilizada, racional, ilustrada…y renovadora. Pero, para lograrlo, ella misma tendría que renovarse a sí misma a profundidad, quizá de forma radical.

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Luis Paulino Vargas Solís, Economista (Ph.D).

En las elecciones nacionales de 2014, el electorado costarricense tuvo una cierta oscilación a la izquierda del espectro político, tal cual se hizo manifiesto en la considerable votación que José María Villalta obtuvo y la asignación de nueve plazas legislativas al Frente Amplio (FA). Pero también el triunfo de Luis Guillermo Solís era parte de ese movimiento, con su discurso de cambio que, aunque tibio y omiso, mantenía viva la llamita de progresismo con la que el PAC quiso presentarse ante la ciudadanía, ya desde su nacimiento a inicios del nuevo siglo.

Y con certeza podemos decir que, en efecto, la gente votó por un cambio. Y cuando digo “cambio” no sugiero ninguna revolución. Sencillamente pienso que la gente tenía en mente cuestiones básicas: mejores salarios; empleo digno en cuantía suficiente; mejoría en los servicios públicos; avances en infraestructura vial; reducción de la desigualdad social; respuestas relativamente eficaces en materia de seguridad ciudadana; un “hasta aquí” contundente a la corrupción en toda la variopinta gama de sus manifestaciones.

Al cabo, el gobierno Solís Rivera se quedó muy corto. Las expectativas de cambio que alimentó jamás se realizaron y el “cementazo” terminó de pulverizar las últimas defensas detrás de las que intentaba parapetarse. Es igualmente innegable que la fracción legislativa del FA decepcionó. La gente sacó entonces el facturero. Con el FA fue implacable en su veredicto. Con el PAC no tanto, pero lo cierto es que, por largos meses, este partido rozó la insignificancia, hasta que, como caída del cielo, el 9 de enero de 2018 vino la resolución de la Corte IDH sobre matrimonio igualitario. No pudo ser más oportuna, sin que al decirlo yo esté creyendo que haya sido algo deliberado. Sencillamente las cosas ocurrieron de esa forma, y ello tuvo enormes consecuencias. Retórica aparte, cabe decir que ese 9 de enero fue histórico, y no solo porque abriese las puertas al matrimonio igualitario, sino sobre todo porque, de un solo golpe, cambió todo el escenario electoral, con repercusiones posteriores que, con seguridad, se prolongarán todavía por años.

Como bien sabemos, ello dio lugar al ascenso instantáneo de Fabricio Alvarado. Y en ello le cabe su mérito, si tal cosa puede decirse, ya que supo reaccionar primero, y al hacerlo lo hizo en los términos precisos que le permitieron llegar a la médula misma de la homofobia y la misoginia que circula en las profundidades de nuestra cultura. Todo el orden patriarcal que sustenta nuestra sociedad, y la jerarquía de privilegios que le es característica, se lo agradecieron: se sentían bajo amenaza, y de pronto encontraron su paladín y redentor. Las purulencias que luego salieron a la luz, evidenciaron que nuestra sociedad es mucho menos pacífica y tolerante, muchos más violenta y bastante menos educada, de lo que erróneamente creíamos. En los días siguientes circularon ríos de odio, cuya más “excelsa” expresión la aportó aquella señora que, apostada ante la entrada de una escuela (¡nada menos!) llamaba a darnos muerte a los homosexuales. También quedó claro que los miles de templos neopentecostales diseminados por el territorio de Costa Rica habían logrado gestar una fuerza política de peso considerable.

Pero esto generó una reacción de signo cambiado, que sacó de la dimensión de lo invisible a Carlos Alvarado y posibilitó su ascenso. Fue la respuesta de un progresismo político comprometido con los derechos humanos y la igualdad de género, que se sintió insultado y aterrorizado por el mensaje oscurantista e intolerante del otro Alvarado. Bajo la etiqueta “Coalición Costa Rica” respondió con una movilización ciudadana autoconvocada, un amplio contingente social, complejo y heterogéneo, que lo mismo operaba desde las redes virtuales que adquiría presencia territorial.

Candidatos conservadores y de perfil más tradicional como Desanti o JD Castro, que venían sacando provecho del río revuelto para liderar –aunque muy precariamente– las encuestas, terminaron en el balde de los desechos. Pasado el 4 de febrero, y con su característico instinto depredador, el establishment político de los partidos tradicionales se acomodó alrededor de uno u otro de los dos Alvarado.

El triunfo final de Carlos Alvarado el 1º de abril, recibió una contribución importante de aquella  ciudadanía autoconvocada, pero posiblemente el mayor aporte vino de la población católica, todavía mayoritaria, aterrorizada por los ataques a algunos de los símbolos predilectos de su fe, por parte de gente cercana a Fabricio.

Luego el gobierno quedaría en manos de una fuerza política con mucho de peculiar, quizá inédita. El nuevo presidente quiso maquillarla retóricamente como un “gobierno de unidad nacional”. No hay tal: es básicamente una suerte de coalición, bajo liderazgo de un sector vinculado al PUSC, y con una presencia, más bien disimulada pero nada despreciable, del PLN. O sea, una especie de bipartidismo redivivo, cuyos zombis vuelven a circular por el escenario político nacional, disimulados tras una careta embadurnada con los colores del PAC. Podría decirse que para ganar la presidencia, el PAC optó por perder el gobierno, cosa que, a la larga, lo ha llevado a perder también la presidencia.

Al iniciar su gobierno, Alvarado enfrenta una situación fiscal difícil y en proceso de agravamiento. Opta por abrazar una estrategia de políticas en cuyo origen está el mismísimo Rodolfo Piza, su flamante ministro de la presidencia y líder del PUSC. Piza es, en rigor (me consta), el padre de esa criatura, la cual, favorecida por un clima benigno, fertilizó una especie de “consenso mínimo de élites”, incluyendo liderazgos del tradicional bipartidismo, el gran empresariado y los poderes mediáticos más influyentes. Ni remotamente cumple criterios mínimos para considerarla una respuesta que permita poner bajo control el déficit fiscal en un plazo razonable y frenar el crecimiento de la deuda. Parece que el factor decisivo fue ideológico: su núcleo fundamental gira alrededor de algunos de los más enfebrecidos prejuicios antiestatistas que el neoliberalismo ha diseminado por el mundo, convenientemente apuntalados por el odio contra el funcionariado público que la propaganda ha logrado sembrar exitosamente en sectores importantes de la sociedad costarricense. El caso es que si la regla fiscal garantiza un achicamiento relativo del aparato estatal y un inevitable debilitamiento de los sistemas de seguridad social, la parte de empleo público no pasa de ser un espléndido ramillete de enconadas ocurrencias que seguramente traerá muchos más problemas que soluciones.

Se puede discursear floridamente acerca de lo urgente de la situación y lo limitado de los márgenes de maniobra disponibles, y exaltar así la “valentía” del presidente Alvarado. Cierto que el sindicalismo se mostró en principio muy intransigente. Pero también es verdad que luego flexibilizó posiciones. Queda en pie que ni Alvarado ni su partido hicieron ni el más tibio intento por siquiera matizar esa propuesta fiscal, como tampoco hubo, pero ni una anémica muestra de liderazgo para intentar abrir el diálogo e incorporar otros sectores y otros enfoques e ideas. Se quemaron los puentes y se pusieron alambradas ¿cómo hablar entonces de gobierno de “unidad nacional”?

Hasta pornográfica resulta la forma como el PAC fue arrastrado por esta correntada: de forma unánime, sin el menor síntoma de resistencia ni el más débil atisbo de protesta. Se casaron con una propuesta de sesgo claramente neoliberal, y lo hicieron con indisimulado júbilo y placer. Los idearios de signo más o menos progresista –especie de edición revisada de la vieja socialdemocracia– con que el PAC intentaba ofrecerse como alternativa, han quedado reducidos a cenizas. El sentido común PAC hoy es, sin más dilación, un sentido común neoliberal. El movimiento es irreversible, incluso porque su credibilidad ha quedado en andrajos.

Debemos admitir que esto hace parte de una derechización generalizada del panorama político costarricense. No es, ni de lejos, una derecha homogénea. Ahí están el PLN y el PUSC, siempre pragmáticos y calculadores. Una derecha con ciertos rasgos fascistas que encuentra su mejor expresión en JD Castro. La conservadora al viejo estilo (tipo Republicano Calderonista) y esa nueva derecha neopentecostal con su mensaje religioso fundamentalista. Y el PAC, un espécimen cabal de lo que alguna gente llama “neoliberalismo progresista”.

La crisis económica que padecemos –una crisis larvada que avanza como andando en puntillas– se agravará en los años venideros. Podría haber algún colapso violento, o quizá no. Pero el deterioro continuará, y con ello el descrédito de la institucionalidad democrática, la desesperanza y la frustración.  Son vientos tormentosos que nos pueden arrastrar a destinos insospechados. El PAC posiblemente quede reducido a la irrelevancia. Las apuestas grandes seguramente se harán entre los sobrevivientes del viejo bipartidismo y esas derechas religiosas o fascistoides.

La izquierda podría hacerse un espacio y ofrecer una alternativa civilizada, racional, ilustrada…y renovadora. Pero, para lograrlo, ella misma tendría que renovarse a sí misma a profundidad, quizá de forma radical.

Luis Paulino Vargas
El autor de formación en sociología, ciencias políticas y economía, es Director Centro de Investigación en Cultura y Desarrollo (CICDE-UNED) y Presidente Movimiento Diversidad Abelardo Araya. Recibió el Premio Nacional Aquileo Echevarría.

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