Crucitas… ¿y ahora?

La destrucción, el envenenamiento del agua y la anarquía son el retrato fiel de lo acontecido en Crucitas, la tierra de nadie.

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Crucitas es hoy fruto de una paradoja ideológica y ciertamente tragicómica. La izquierda criolla, al término de la Guerra Fría y fracaso de su añorada URSS,  se vio en la obligación de emigrar hacia algún nicho nuevo y distinto y entonces se interesó por mutar hacia el ámbito ecológico y es cuando se aferra con inusitada pasión a la idea de vestirse con otros ropajes, y encuentra uno de partido verde.

Algunas luchas les dieron frutos. En otras su estrategia resultó en absoluto fracaso y fueron en detrimento de los anhelos de comunidades completas. Este es el conocido caso “Crucitas” y el famoso proyecto minero de Industrias Infinito.

La comunidad le dio su apoyo a la empresa con la esperanza de salir de su pobreza y letargo. Lo hizo en lógica virtud de su histórico abandono. Desconfiando obligó a la empresa extranjera a suscribir un acuerdo, el cual fue endosado de forma mayoritaria por el pueblo, el cual incluía mecanismos de observancia que garantizaran mejoras graduales en la comunidad y que para su fortuna empezaban a ocurrir.

Había por primera vez optimismo y la convicción sobre una fuente segura de empleo y recursos diversos. El anhelado bienestar se vislumbraba en el horizonte. Existía además la idea de una explotación racional del áureo recurso, del cual todos habrían de depender y también sus hijos.

Sin embargo todo eso sucumbió cuando apareció allí en Crucitas, el dogmatismo mesiánico de la izquierda criolla; esa convertida en ambientalista de la noche a la mañana y que clamó para sí la salvación de la patria, de Crucitas, y de la naturaleza.  Se utilizó entonces el miedo como recurso propio, al señalarse que la ruina, la miseria y el apocalipsis ambiental llegarían con el proyecto minero. En lo que no se equivocaron es que eso fue lo realmente ocurrió, resultado de sus propios dogmas y obcecación.

Lograron su objetivo, pues dejaron al pueblo nuevamente en la miseria y bajo una destrucción ambiental fuera de toda imaginación. Sólo que su bandera la dejaron tirada y no se apropiaron del fracaso. La dejaron tirada con cierto rubor e indiferencia, acusando eso sí “al imperio y sus lacayos” de toda consecuencia, porque a fin de cuentas lo que ciertamente ocurrió no sería ya de su interés o responsabilidad. Lograron para ponerlo claro, alcanzar la propia profecía autocumplidora que vaticinaron.

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Ante esto es inevitable preguntarse sí la opción escogida por la propia comunidad y los gobiernos de entonces, no hubiese evitado la tragedia ambiental y social, tamaño pirámide egipcia, que el país está viviendo con este nuevo problema, al que se suma la participación salvaje desde el punto de vista ambiental, de hordas de migrantes desposeídos y desplazados por el autoproclamado régimen socialista y anti-imperialista de Daniel Ortega y sus secuaces.

Este es el círculo perverso y cínico generado por los nuevos “verdes” , hoy ausentes de ese panorama triste y desolador; abandonado a su suerte allá en el norte de Costa Rica.  La destrucción, el envenenamiento del agua y la anarquía son el retrato fiel de lo acontecido en Crucitas, la tierra de nadie.

Hoy la tragicomedia continua y reluciente la fiscalía general, procura ver donde encuentra algo que permita protagonismo más productivo y ojalá de réditos inmediatos que el duro “cementazo”, por eso resucitar obsesiones y dogmatismos a lo mejor también de frutos. Es sin lugar a dudas una curiosa contradicción al contemplar lo que hoy es Crucitas ante nuestros ojos y ante el conservacionismo ambiental.

¿La pregunta de fondo es y ahora qué se resolverá y quién lo hará en Crucitas?

 

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