La verdad es que la convivencia religión-política cada vez nos asombra más, sobre todo en el seno del corazón político del país, la Asamblea Legislativa.
Los denominados “Partidos Cristianos” diferenciados por su diversidad de nombres, han estado presentes en el Congreso durante las últimas décadas de manera ininterrumpida, en un asombroso ritmo de crecimiento, alcanzando en la actualidad cuatro curules.
Llama la atención que al interior de estas organizaciones la línea que separa la “militancia partidista” de la del “creyente” es muy fina y tiende a confundirse cuando se acercan los períodos electorales.
Esta suerte de militante-creyente, tiene claramente definido su papel dentro de la Iglesia a la cual pertenecen ante la cual contribuyen económicamente y acatan rigurosamente la línea disciplinaria emanada de las autoridades.
Estas autoridades mezcladas entre el dogma y la doctrina política consiguen llegar al Parlamento gracias a esa disciplinada filiación, que mueve familiares y amigos el día de votación y que contribuye al financiamiento de las campañas políticas.
Una vez alcanzada la Diputación, el entorno del poder hace que los elegidos sufran tal metamorfosis que se sobreponen al dogma e interiorizan su rol político, tornándose ambiciosos, negociadores coyunturales, oportunistas y camaleones conforme intereses más personales que políticos y mucho menos religiosos.
Observando lo que acaba de suceder con los dos Diputados del Partido Renovación Costarricense, exitoso en materia electoral, pone de manifiesto el divorcio y la ausencia de principios de la naturaleza que sea, entre los representantes del pueblo y su Partido.
Expulsados sus dos Diputados, el Partido pierde toda su representación parlamentaria y los legisladores su base electoral, es un perder-perder.
Acusaciones van y vienen y lo único que queda claro es que al mezclar religión y política donde hay de por medio intereses económicos y liderazgos lo único que cabe esperar es confusión, ruptura, despotismo y caos.
El futuro de estas agrupaciones es incierto, algunos de sus líderes han monopolizado el poder, mismo que utilizan en diferentes escenarios y que hasta la fecha les ha otorgado beneficios, aun el desgaste y cuestionamiento público de algunos de ellos.
Estos partidos tienen algunos aspectos en común:
- Carecen de la coherencia necesaria para tener una visión país, defienden intereses limitados casi a agendas personales.
- En los procesos político partidistas utilizan a sus Iglesias convirtiéndolas en bases electorales.
- Desde sus orígenes son manejados por líderes históricos que no permiten posiciones contrarias a sus líneas ya que ellos, son los que tienen la verdad.
- Lo anterior frecuentemente causa fisuras y prácticas que no son cristianas y rozan las normativas de las formas democráticas, cayendo en el irrespeto al prójimo, contrario a la ética cristiana, y en el uso de prácticas incompatibles con la fe que profesan.
Lo que queda claro al interior del Congreso es la escasa misión constructiva de estas agrupaciones en materia legislativa, al volverse paladines del obstruccionismo y del secuestro de las agendas de las mayorías, por lo general en busca de las prebendas que pueda otorgarle el Gobierno de turno y sus correspondientes aliados políticos.
Cabe preguntarse a estas alturas del Siglo XXI, ¿cuál es el real aporte de los Partidos Cristianos a la Democracia costarricense?
