Cuando uno quiere bailar sin pagar…

...si queremos una buena democracia, hay que ir más allá, hay que financiar el funcionamiento permanente del sistema de partidos políticos

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Leonardo Garnier Rímolo, Economista.

Sub/Versiones. Soñamos con una democracia fantástica… el gobierno de los mejores, de los impolutos e incorruptibles, con partidos decentes que estudien los problemas del país y propongan soluciones… y cada día creemos despertar a la pesadilla de un mundo en el que – al menos eso nos parece – nuestra democracia, nuestros partidos y nuestros políticos son de lo peor: desde apenas mediocres hasta corruptos. Pero claro, ni en broma nos metemos porque…

…y, peor aún, cuando vemos a algún buen amigo metido en política lo primero que hacemos es decirle “¡pero cómo: ¿vos metido en eso? ¿Vos con fulanito? Te vas a chotear…!” Y tal vez pensamos que, a lo mejor, es otro de los que anda buscando una embajada para pensionarse. No, mejor quedarse fuera, libres de toda sospecha, de toda tentación y, por supuesto, siempre con derecho a criticar y pensar mal del otro, de la otra… como si no se fuera cómplice, también, por omisión.

Algo parecido nos pasa con el financiamiento a los partidos políticos que, otra vez, ha estado en la picota en estos días. “Con tantas cosas importantes que necesitan recursos – escuelas, clínicas, carreteras… – ¿cómo vamos a gastar un cinco más en financiar a esos vividores…”? “Si quieren ir a chupar… que por lo menos pongan su plata para llegar…”. Esas y otras linduras pensamos o decimos, todas apuntando en una misma dirección: que el Estado – es decir, nosotros – ‘desperdicie’ lo menos posible en el financiamiento de las campañas y los partidos políticos. Ah… pero luego nos indignamos cuando descubrimos, entre ingenuos e indignados (e hipócritas), que desde Abel hasta Caín, desde el PAN hasta el PUN, todos… recibieron platas de aquí y de allá, de Fishlandia hasta Alcatón; del futuro cónsul hasta el antiguo don nadie hoy rebosante de concesiones; y hasta del gobierno amigo de Taimán… Pero ¿qué queríamos? O, más exactamente… ¿qué queremos?

¿Alguien de verdad piensa que es posible tener una buena democracia con partidos políticos hechos y derechos (o izquierdos, pero rectos, que no es cuestión de ideología) sin una base mínima de recursos que les permita subsistir sin andar mendigando favores y donaciones? Envidiamos la madurez de algunos partidos políticos europeos… pero jamás estaríamos dispuestos a que nuestros partidos tuvieran una décima parte del financiamiento público que esas sociedades dedican a sus partidos, a su democracia. Porque ese es el punto: la democracia, para funcionar bien, necesita que se invierta en ella. Y si cerramos – o cortamos excesivamente – las fuentes del financiamiento público, entonces, no habremos hecho más que obligar a la democracia, a los partidos y a las y los políticos… a buscar financiamiento en otro lado. Y es hacia esa privatización de la política que – con un discurso de defensa de la moral y la democracia – nos hemos venido moviendo desde hace años. Nos dice Kevin Casas que – contrario a lo algunos pregonan – el subsidio electoral en Costa Rica ha bajado dramáticamente en términos reales de casi $21 por elector en 1953 a menos de $6 en las últimas elecciones, que es apenas una fracción de lo que pagan otros países. Así, al renunciar al financiamiento público y poner la política en manos de quienes quieran comprarla contribuimos a que la política sea, en efecto… un poco más negocio, un poco menos política y, sin duda, bastante menos democrática.

Y no se trata solo de entender que hay que financiar – y regular – los gastos de las campañas electorales. Entendamoslo: si queremos una buena democracia, hay que ir más allá, hay que financiar el funcionamiento permanente del sistema de partidos políticos, para que de verdad sean centros de pensamiento, de discusión, de participación… en fin, gestores de democracia; y no simples escaleras para llegar al puesto desde el que pueda pagar la deuda con don fulano, que me ayudó a llegar tan alto. No se trata de condonar ni promover excesos ni abusos; el financiamiento a la política no debe ser excesivo ni irresponsable. Debe ser suficiente y, sobre todo, debe ser controlado y regulado: debe haber claridad en cuántos de esos fondos públicos deben gastarse en educación y formación, en estudio, en debate político… y cuánto y cómo en las campañas. Debe haber un estricto rendimiento de cuentas: ¡cuentas claras! Pero, si queremos una democracia pública de calidad vamos a tener que pagar por ella porque, como en todo – y en esto más que en cualquier otra cosa – es obvio que quien pone la plata, manda en el baile. Y nosotros, todos nosotros, hace rato hemos cedido a la cómoda tentación de dejar que “alguien más…” ponga la plata que rige nuestra vida política, para luego rasgarnos las vestiduras cuando nos enteramos de quién está mandando en el baile… y nosotros, como sin querer queriendo – por irresponsables – bailamos su son y, claro, le echamos la culpa ¿a quién más? ¡A los políticos!

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