Cuentos de camino

Cuento

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Rodrigo Madrigal Montealegre. 

A veces me rezagaba, al descender silbando en las mañanas, para devorar mi correo o un pedazo de pan con una taza de chocolate caliente en la pequeña sala, mientras charlaba con toda aquella bella gente de nuestra residencia, antes de enfrentarme a las inclemencias de aquel frío invernal que se deleitaba en torturarnos con sus navajas de hielo. Así logré entablar amistad con muchos de los viejos inquilinos y a conocer algo de sus vidas, a pesar de la introversión y el hermetismo que suele sellar el fuero interno de las almas solitarias.

El profesor Blanchot, quien tenía muchos años de haber llegado a aquella morada, era un hombre discreto, afable y distinguido. Se había ganado nuestro afecto, respeto y conmiseración porque unos estudiantes, descendientes de los franceses quienes habían colonizado Argelia, conocidos como piedsnoirs(1), lo habían convertido en su víctima propiciatoria.

Concentraban todo el odio de su intransigente fanatismo contra aquel ser solitario, porque este apoyaba el movimiento de independencia árabe del anacrónico yugo colonial, lo que equivalía a renunciar a sus tierras y posesiones. Por eso, convertían al viejo profesor en su chivo expiatorio, lo que él soportó con estoicismo, hasta que, un buen día, logramos que esos sicarios se largaran con su arsenal de odio y fanatismo.

Fuera de estas rencillas, eran pocos los motivos de discordia entre vecinos, salvo la que se entabló entre Yuri Pavlovich, nuestro amigo el profesor ruso, y Pierre, su vecino inmediato de habitación. Este era actor de teatro y una persona agradable, que nos divertía siempre con sus graciosas e improvisadas dramatizaciones, gestos mímicos o amenas recitaciones de las obras clásicas, gracias a su gran capacidad histriónica y a su excelente memoria.

Desafortunadamente, se estableció entre ambos un duelo nocturno, endémico y apasionado, debido a que el actor regresaba tarde de su trabajo, por lo que los ruidos que provocaba y los monólogos teatrales que repetía, como un reflejo condicionado frente al espejo, sacaban de quicio a su vecino del Volga, quien se acostaba más temprano y estaba separado apenas por una delgada pared de yeso viejo, por lo que, a veces, teníamos que intervenir para evitar que se maltrataran.

Se aproximaba la Navidad el día en que, al ingresar a nuestra morada, me encontré de frente con una joven, bella como una diosa. Luego me enteré de que se llamaba Giselle y era tan atractiva, delicada y femenina, que parecía la reencarnación de la romántica heroína del ballet de Adolphe Adam. Poseía unos grandes ojos, una expresión triste, un cabello rubio que, recogido en un lindo moño, resaltaba la finura de su rostro y un cuello espigado como el de un cisne, lo que le confería esa extraordinaria gracia femenina que suelen poseer las jóvenes francesas.

Como mi imprudencia delató el violento espasmo que sentí en el pecho, ella apenas se dignó a gratificarme con una mirada furtiva, cuando la saludé cordialmente al abrir la puerta a su paso. Gracias a no muy discretas averiguaciones con Nicole, una de las mucamas, logré saber que procedía de una distinguida familia de Normandía, que estudiaba música, que tenía una gran afición por la literatura y que poseía un alma solitaria, por lo que casi nada se sabía de su vida íntima.

My heart bleeds for you(2) –dijo Brick, guiñándome un ojo, con complicidad–.

¡No te luce esa cara de colegial enamorado! –me reprochó burlonamente Antonio–.

¡Quien nunca ha visto altares, delante de cualquier horno se per- signa! –repuso Sergio–.
Bel compagno sei(3) –le salió al paso Bruno, en defensa mía–.

Um amigo da onça(4) –replicó da Silva, un brasileño a quien, por proceder de la Amazonía, llamábamos da Selva.

Ten cuidado, recuerda que el amor es ciego, pero los vecinos no –replicó Brick–.
¿Qué puedo hacer yo con este impenitente corazón de mantequilla, que se derrite ante la fermosura andante? –les contesté, avergonzado de haber sido sorprendido en aquel momento de debilidad–.

Que se enamora de cualquier Dulcifea del Baboso –continuó mortificándome Antonio–.

¡Además, me traen de un ala! –me quejé, recordando una expresión mexicana–.

A friend in need is not always a friend indeed(5) –intervino Brick, para apoyarme–.

En los peores momentos de la vida, los únicos seres que no nos abandonan jamás son los verdaderos amigos y los acreedores –repliqué–.

Voyons! Le coup de foudre(6) –acotó Pierre, para fastidiarme aún más–.

¡Me tratan como a violín prestado! –protesté–.

You are a sentimental fool, amigo. But don’t listen to their malicious talk and their idle gossip and follow your heart!7 –intervino Brick–.

¡Si tu amigo es tuerto, míralo de perfil! –repuse, defendiéndome–.

¡Pero el cojo siempre le echa la culpa al empedrado! –replicó Antonio–.

¡Tras que uno es cojo, todavía lo empujan! –repliqué, en aquel duelo de refranes–.

En este mundo, el que no cojea, renquea –agregó Bruno–.

Si estás dispuesto a compartir los gastos de combustible conmigo y con Bob, haremos un lindo viaje, bien lejos de todas estas consejas e intrigas de convento –me propuso Brick, nuestro buen amigo californiano y estudiante de Filosofía en la Universidad de Stanford–

Sin mucho pensarlo partimos temprano, una fría mañana a finales de diciembre, en el pequeño coche de Brick, durante las vacaciones de fin de año, después de recoger a su amigo Bob, un jovial practicante de Medicina, en el American Hospital y nos dirigimos hacia Bled, un pueblito diminuto en las cumbres de los Alpes Dináricos, en Yugoslavia.
¿Tú sabes por qué Bob utiliza guantes en sus operaciones quirúrgicas…? –bromeaba Brick, sin esperar la respuesta, cuando ascendíamos cautelosamente por los Alpes suizos, en medio de una mortaja de nieve–. Para no dejar sus huellas dactilares.

Debemos reconocer que los cirujanos somos los únicos profesionales quienes disfrutan el privilegio de enterrar sus errores –replicó, con buen humor, nuestro compañero–.

¿Sabes por qué utilizan mascarillas, cuando operan…? –continuó Brick, simulando no haberle escuchado–. Para que no los reconozcan.

Guarde–vos Deus de medico moço e de barbeiro velho(8) –repuse, recurriendo a mi repertorio de refranes–.

God heals the sick and the doctor takes the fee –continuó Brick, sin soltar la presa–.
¿Bueno, y qué me dices de los filósofos? –pregunté, para sacarle a Bob las castañas del fuego–.

Son unos tipos impertinentes que pretenden andar, a mediodía, buscando sandeces con una lamparita encendida o fastidiando a todo el mundo, como le sucedió a Alejandro Magno cuando tuvo que soportar aquel arrogante desatino de que “lo único que te pido es que no me ocultes la luz del sol, porque me estoy bronceando” –fue la jocosa respuesta de Brick, mientras luchaba con aquella nieve en el camino y ascendíamos penosamente los Alpes suizos–.

¡Es obvio que has aprovechado mucho tus estudios de filosofía! –agregó Bob, quien se encargaba de guiarnos con el mapa–.

Son unos majaderos que se viven cazando estrellas y midiendo el aire, inventando mónadas y tratando de convencernos de que el hombre es la medida de todas las cosas o que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Creen que piensan y que, por lo tanto, existen; pierden la razón cuando alguien azota a un caballo o proclaman paladinamente que cuanto más conocen a los hombres más aman a sus hienas –continuaba Brick, mientras arremetía por las peligrosas curvas cubiertas de nieve–.

Yo pensaba que consistía en la búsqueda de la verdad, la belleza, la virtud y la sabiduría –intervine, mientras admirábamos unos picos imponentes en los Alpes–.

¡Desgastan sus neuronas buscando la piedra filosofal, descubriendo la cuadratura del círculo o persiguiendo el arcoíris de alguna utopía y después de inducirnos a encontrar la verdad, terminan apurando un trago de cicuta ‘en las rocas’, para tranquilidad de todos! –respondió Brick–.

Vamos, Brick, es saludable burlarse de sí mismo –protesté–, pero eres demasiado injusto contigo y tus colegas, los filósofos, esos nobles pensadores quienes son los únicos capaces de ofrecer- nos una visión amplia y sistematizada de todo el universo, que tanta falta hace en una época tan dominada por le savant idiot(9), el ‘hombre tornillo’, el especialista con anteojeras y los que solo contemplan un horizonte estrecho a través de una cerradura.

Afirmaba Pascal que burlarse de la Filosofía es filosofar –dijo Brick, mientras atacaba una curva peligrosa y cubierta de una gruesa capa de nieve–.

Pero Voltaire sostenía, con modestia, que ningún hombre que haya propuesto un nuevo sistema filosófico ha dejado de reconocer, al fin de su vida, que ha perdido el tiempo –le respondió Bob, mientras todos reíamos de las ocurrencias del tal Voltaire–.

¿No fue Kant quien proclamó que la metafísica es un oscuro océano, sin playas y sin faros, salpicado con naufragios filosóficos? –añadió Brick–.

Al menos es la disciplina que intenta explicar lo que nadie entiende, que llega a saber todo sobre nada, que tiene una solución para cada problema y un problema para cada solución –acoté, mientras reíamos y contemplábamos extasiados los Alpes nevados–.

El mismo Voltaire sostenía, burlonamente, que cuando el orador y la audiencia ya no logran comprenderse, es que, finalmente, han llegado a la metafísica –volvió a acotar Brick, mientras detenía el auto, para deleitarnos, echando un vistazo a aquellas bellas montañas–.

Bueno, tal vez es cierto que todo hombre es un filósofo mientras conserva sus dientes de leche –replicamos–.

El psicólogo –añadió Bob, siguiendo con aquella charada–, es el analista de los insondables y abismales laberintos de la mente humana que, finalmente, ha llegado a la absoluta certeza de que él ya no es Napoleón.

¿Qué me dices de los politólogos? –me preguntó Brick, lanzándo- me un alfilerazo–.
Son especialistas en generalidades.

En todo caso, lo importante es que la inteligencia es lo único que se ha repartido equitativamente y la prueba es que cada uno está muy satisfecho con la suya –dijo Brick, citando la famosa frase de Descartes–.

Todo aquel viaje –atravesando las esplendorosas cordilleras y los plácidos valles suizos, cubiertos de nieve, hasta llegar a Saint Anton, en los Alpes austríacos– lo acortamos con todos esos disparates.

Allí pasamos las Navidades y unos pocos días, practicando el esquí, para el cual no estábamos preparados, por lo que terminábamos ofreciendo el espectáculo de aparatosos tumbos. Pero lo más humillante eran las miradas burlonas que nos lanzaban los galopines quienes descendían ágilmente y se detenían para ofrecernos ayuda. Sin embargo, la principal víctima fue Bob, quien tuvo que regresar en el primer tren que partía rumbo a París con un brazo en cabestrillo, por lo que terminó sus vacaciones como paciente en el American Hospital, en donde prestaba sus servicios.

Brick y yo continuamos por el Paso de Brennero, entre los valles del Inn del Adigio, en el camino zigzagueante que une a Austria con Italia, hasta llegar a Venecia, en donde una marea excesivamente alta había inundado a toda la ciudad, formando un enorme espejo acuático en la Piazza de San Marcos, en el que se reflejaba la majestuosa catedral, lo que se convirtió en un espectáculo impresionante y triste, porque anunciaba la inevitable desaparición de esa ciudad insólita y bella.

Continuamos la odisea, atravesando Trieste y la frontera hasta llegar al pequeño puerto de Rijeka, a la que los italianos continúan llamando Fiume, por considerarla una porción cercenada a su nación y en donde el poeta D’Annunzio había protagonizado su histriónico asalto de la ciudad en nombre del irredentismo italiano. Una vez en territorio yugoslavo, continuamos a Liubliana y procedimos a ascender las elevadas montañas por un camino tortuoso, viejo y peligroso que conduce a Bled, donde el loco de Brick había decidido que disfrutaríamos el Año Nuevo.

1 Pies negros, aludiendo a que sus familias, durante muchas generaciones, habían puesto sus pies en el continente negro.
2 Mi corazón se desangra por ti.
3 ¡Qué buen amigo eres!
4 ¡Un amigo del puma!, expresión que significa amigo traicionero.
5 Un amigo en aprieto no siempre es un amigo.
6 ¡Veamos! ¿El flechazo en el corazón?
7 Eres un tonto sentimental, amigo. Pero no escuches sus rumores ociosos y obedécele solo a tu corazón
8 Cuídate del médico joven y del barbero viejo.
9 El sabio idiota.


NOTA:
Este cuento forma parte de la obra “Mascarada parisina”, de Rodrigo Madrigal Montealegre, publicada por Uruk Editores el año 2015, previa autorización del autor.

Quienes tengan interés en adquirir el libro, pueden escribir al siguiente correo: info@larevista.cr

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