Política tradicional, política moderna, bipartidismo, multipartidismo, derecha, izquierda, etcétera, este es el menú político dentro del cual el país se desenvuelve a la vista del ciudadano.

Pero, parte de este folclor también está compuesto por elemento no químicamente políticos al 100% en el sentido tradicional, como lo es la religión, al menos en la realidad costarricense. Y es que el avance de las posiciones de trasfondo religioso cada vez cobra más fuerza en la toma de decisiones.

Evidente es la presencia en la actualidad de cuatro Diputados representantes en la Asamblea Legislativa de grupos cristianos de diferente denominación, pero con un mensaje y conducta compartida en varios temas y con agendas prácticamente con capítulos escritos en piedra. Esto es lo evidente, público y notorio.

Pero de lo que nadie quiere hablar, es del partido político que transversalmente traspasa los límites de los partidos tras sus porosas fronteras ideológicas, acudiendo más que al razonamiento y disciplina partidista, al fundamentalismo sutil de la religión, en este caso, la católica.

Resulta entonces cada vez más preocupante que no solo las Iglesias Cristianas, sino la católica, la más poderosa y que conforma el mayor Partido político del país, sea decisiva permanentemente en la toma de decisión tanto en los Gobiernos como en los Congresos.

En las últimas décadas ha sido evidente en más de una situación. Para ilustrar tenemos la puesta en marcha del programa de educación sexual elaborado por el Ministerio de Educación, objetivo censurado desde su inicio por la Iglesia con la intervención directa de sus representantes presionando a Ministros y Diputados para contener las decisiones de un Gobierno legítimamente elegido.

Se suman las permanentes interferencias manifiestas en la Asamblea Legislativa durante la discusión de temas que para cristianos y católicos rompen sus esquemas, como lo son la fertilización in vitro, boicoteada desde todos los ángulos que fue posible, ni hablar del aborto terapéutico, y las uniones entre personas del mismo sexo, entre otros.

La oposición a estos temas se orquesta desde la jerarquía eclesiástica local, por un lado, hasta las presiones arzobispales directas desde encargados del Vaticano.

Los mecanismos son diversos, uno es el proceso de adoctrinamiento individual a los representantes del pueblo, acudiendo a sus principios y creencias, sobreponiéndolas a los principios filosóficos de los Partidos que representan y constituyeron el compromiso primigenio con sus electores.

También se llega a la conformación de Fracciones multipartidistas donde el hilo conductor, como se ha dicho dejó de ser el político, para pasar a ser el dogma, la fe, la creencia por, sobre todo.

De ahí que las agendas gubernamentales y legislativas estén siempre monitoreadas desde afuera, para intervenir en el momento que se considere oportuno hacer valer el poder del Partido mayoritario.

A qué viene todo esto, pues simplemente que difícilmente en Costa Rica sea posible separar al Estado y la religión católica unidos en santo matrimonio constitucional custodiado por la fuerza política más poderosa.

Sin embargo, los ciudadanos sí debemos estar conscientes que las bondades de este matrimonio no necesariamente son el modelo ideal acorde a los tiempos y a los retos de una humanidad que trasciende fronteras, valores, derechos y culturas.

La Revista CR

Por La Revista CR

Medio de comunicación digital.