Damaris Fernández: Camino a Santiago

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Damaris Fernández Pinto

La vida es un peregrinaje. Altos y adustos, quiméricos o fantasiosos, realizables o logrados a medias: así son nuestros proyectos.

El entorno nos consume o nos detracta en ámbitos que no siempre logramos alcanzar y  navegamos a duras penas sobre la marcha. Marcha que “hace camino al andar”, con la frase del eterno poeta y trajinamos ahora espíritu y corazón hacia una meta. ¿Cuál meta?

Somos un proyecto. Somos un programa por desarrollar. Felizmente, la memoria apoya al pensamiento y de cierta manera, lo forja. La cuenca de este quehacer reafirma nuestro andar, y de ahí nace el sendero. Senderos de amor, de ilusión, algunas veces de las mejores intenciones y casi siempre enmarcadas dentro del efímero contorno de la felicidad. “Vivir es equivocarse” ya cantaba el poeta Luis Rosales. Equivocarnos en casi todo, perder lo que más se ama y recomenzar. Es esta búsqueda la que hace válida la presencia humana sobre la tierra. La promesa de un mundo mejor, acá o allá, nos transporta y nos sosiega.

Un sendero universal espera a romeros y caminantes, uno que durante siglos ha marcado la esperanza de los romeros y peregrinos al norte de España. Cada uno ciertamente con sus mejores velas, enciende el camino hacia el Pórtico de la Gloria: insigne nombre este de la capital entrada a la magna Catedral de Santiago de Compostela, uno de los peregrinajes más ciertos y perdurables en la historia del Cristianismo. Con el corazón en vilo, nosotros, romeros americanos, también un día nos acercamos a su imponente presencia.

Dentro del majestuoso recinto, un botafumeiro gigantesco mecía su plegaria y se deshacía en inciensos, limpiando el ambiente de impurezas. Ante nuestro asombro, ocho hombres hubieron de echarlo a vuelo y otros tantos detuvieron su canto: lirio de plata bordando encajes sobre el ambiente atónito de los espectadores.

Atrás, sedente, esperaba Santiago. La pequeña gradería que nos eleva a su silla está roída, gastada por el tiempo y sobre sus espaldas curvas y silenciosas, los escalones soportan la eternidad de su testimonio. Tocamos su mano, besamos su frente. Nosotros también traíamos un peregrinaje a cuestas.

Cada uno ha convertido su “pórtico de la gloria” en una esperanza, la vida está por doquier y espera paciente nuestra llegada. Recorremos este camino como una experiencia más que nos conduce a las instancias sublimes del pensamiento, en su afán de conquistar aquello que ennoblece y enaltece al ser humano como peregrino: el encuentro con un Bien Superior.

 

 

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