Damaris Fernández: La poesía de Néstor Mourelo (II)

Un concierto en permanencia

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Damaris Fernández Pinto.

Acercarse a la poesía de Néstor Mourelo es empuñar una lanza elocuente que permite acallar los sinsabores de la existencia misma y nos consuela con su eco potente, temerario y pleno. No hay tema que no haya citado, no hay nota que no haya tocado, y como poeta peregrino que se dice ser, sus caminos conducen al convencimiento de que la vida es un largo trajinar de la imprescindible mano de eros y logos.

Sin recurrir a la posverdad, sin halagueños postulados, con un uso claro y preciso de la metáfora, la hace saltar e instalarse en la palabra logrando paralizar el aliento. Clara verdad lanzada a voleo con precisión y elocuencia sin límites. Una poesía milenaria que abarca las inquietudes del ser, puesta de manifiesto en un verso libre, un tanto lejano de las reglas establecidas por las academias.

Se ha dicho tanto sobre la poesía, que el poeta mismo no logra explicar por qué canta, por qué ríe, por qué llora. Los temas de Mourelo transitan desde un constante amor por la naturaleza, por el hombre, la ciencia y la  vida mismas, haciendo de su variada creación un cúmulo de vivencias dignas de celebrar.

A continuación, aquí una selección de su vasta producción:

 

A GALOPE DE PALOMA

Digamos que los hombres se van hacia el aliento

remoto, hacia la danza abismal de los

brujos naufragantes.

 

Que mi oración es una hoja, y mi credo una

canción sin amos, ni templos ni santos.

 

Que mi bandera es un dátil, una calabaza

con agua fresca, una bandada de ilusiones

violando el cielo.

 

Que mi patria no tiene fronteras, que mi

idioma no tiene guardianes,

que hay panes los campos,

y que se va la vida a galope de paloma

agujereada de amaneceres.

 

ANTIGUO CAPITÁN DE VINO

Yo,

con tanta selva en tu cintura,

con tanto mar.

 

Yo,

antiguo capitán de vino,

anclado de amor

estrellé mi velero

en tu fosforescente espuma.

 

AUNQUE NO HAYA SOMBRA

Aunque no haya sombra, aunque no haya rayo,

aunque no haya luna, ni exista el asombro.

 

Aunque vaya solo, aunque tenga sueño,

aunque me haya muerto.

 

Aunque no haya trébol, aunque no haya trigo,

ni avena, ni eneldo, ni exista cebada, maíz

ni centeno.

 

Aunque salga Antonio que estuvo en la guerra,

y un Quijote de ajo y reloj de arena.

 

Aunque venga Arquímedes con círculos de aves

y renazca Dios con compás y espada.

 

Aunque no haya forma, ni ciprés ni sauce,

aunque me haya ido, aunque haya vuelto.

 

Aunque no haya sombra, aunque no haya rayo,

aunque no haya luna, ni exista el asombro.

 

DE AZAFRÁN QUIERO MI ÚLTIMO CABALLO

De azafrán quiero mi último caballo.

Quiero un limón en cada mano,

una lanza en cada uña.

 

Incienso de todos los aromas,

contra todos los ciclones, quiero.

 

Quiero que sea en luna llena

o en menguante o en creciente,

que pueda sentir las más

lejanas y nacientes estrellas.

 

Lo demás, es cuestión que no

manejo, lo mismo entonces

da, que sea un domingo

o un jueves de lluvia en

la aturdida tarde, de

un mes que nada tiene

que ver con mi alcurnia

de besos turbios ni mi

sueño.

 

De azafrán quiero mi último caballo.

 

EL MARINERO

De lejos vino, de mar distante,

el marinero de sal y plata.

 

Ojos de olas, orejas prietas,

anzuelos negros.

 

Velero blanco en las aguas verdes,

fosforescencia de las edades.

 

Sable gris en las sienes, frente

de garfios finos, salobres

garras en las manos, pecho

de arena, boca de niño en el aire.

 

De lejos vino, de mar distante,

el marinero de sal y plata.

 

HABLARON

Hablaron por fin de la comarca.

 

Habían envejecido por el mundo, en recónditos

villorrios y caminos.

 

Parecían paquidermos sin colmillos, con ojos

de hogares extinguidos.

 

Se miraron en el fondo de los años, se

observaron sin odio, sin recelo.

 

Varias veces se encontraron en la vida frente

a frente, cada uno fue el muerto y asesino,

cada uno habló frente a su sombra.

Hablaron por fin.

 

LA CURVATURA DEL SILENCIO

Palpo tu cuerpo crepsidral.

Cronometro velocidad y tensión

de tus erguidas esferas,

pezones combativos en mi boca.

 

Recorro tu espacio lleno,

la curvatura de tu gimiente

silencio.

 

Miro tu abierto tiempo,

esbeltísimo espejo.

Devoro tus maduros higos,

dulce almíbar.

 

Misterioso lago,

estrecho y derretido.

En ti naufraga mi ancla.

 

En la curvatura del silencio

que nos funde,

canta un turpí nuestro

Réquiem.

 

EL CANTO A LA LIBERTAD

Déjame hablarte de

tempestades, que tengo

hastío, fiebre y angustia

en la memoria más

antigua de las memorias.

Déjame explicarte

la causa de mi conciencia

sin sueño.

Déjame dibujar el viaje

religioso por las aristas

afiladas del principio de

las cosas.

Déjame abrazarte en el

confín de las velas,

en la garganta nazarena

donde empezó el silencio.

Déjame escribirte acerca

del origen de las batallas

en las primeras planicies

de la historia.

Déjame confesarte mi secreto

compadraje,

las pailas enardecidas

del infierno.

Déjame decirte quién empadrizó

los augustos montes de los

pastores celtas.

 

Déjame enseñarte  la ruta

arbolada por donde se fueron

las altivas hadas de la

infancia.

Déjame indicarte el lugar

de los arcontes y el jabalí

tricéfalo en la noche itria.

Déjame escogerte en las

sombras,  con

duendes cantando

oscuridades en ábacos de jade.

Déjame ayudarte a demoler

cimientos de angustia,

la cuna del verbo

que inventó el reloj del

aislamiento.

Déjame pedirte que borres

paredes, que ahuyentes

bestias de resoplidos ígneos.

Déjame gritarte desde

mi auriga de roble

con la frente atravesada

por mil lenguas plateadas,

el canto libertario

hundido para siempre

en los genes del hombre.

 

MIRÉ INMANENCIA EN EL COSMOS

Miré inmanencia en el cosmos.

Sentí metálica y brillante

la noche.

Escuché mercurial el peso

de meteoros.

Me puse junto a la

expansión del universo

y observé detrás la

muerte caminando

y sus luces rezagadas.

Vi el espaciotiempo

insólito del hombre.

Su angustia inútil,

su estúpida espesura

desmenuzando la inmanencia

de su entorno milagroso.

Presencié el caldo primordial

de mis abuelos.

Comprendí mi libertad

y amé mi asombro.

Fui escogido para ser

hombre.

Aceptar que la palabra

es mi hoguera,

principio y final de mi

existencia o existencia

de un indicio.

 

Seré ceniza, seré polvo

que se crece eternamente

itinerante.

 

SUCEDE A VECES

Sucede a veces que a golpe de la

vida hasta un grano de arena me hace milagro.

 

Que me expando junto al universo,

infinito, bullicioso, imperturbable,

indiferente.

 

Sucede a veces que a golpes de la

vida el trinar de un jilguero me

hace milagro.

 

Que voy hilvanando mis preguntas

con este andamiaje presuroso,

en este movimiento filosófico.

 

Sucede a veces que a golpes de la vida

se va extinguiendo este milagro entre

sombras y olvidos para siempre.

 

YO SOY MI PROPIO ASOMBRO

Yo soy mi propio asombro,

el asombro que me llega desde lejos,

el asombro que despierta

un jardín por la mañana, el gorjeo de las

aves madrugueras, el zumbido de abejas en

las flores, el constante remudiar de vacas y

terneras.

 

 

Yo soy mi propio asombro, en silencio, soy

mi llanto, mi angustia y al mismo tiempo el

que se bate y no se rinde.

 

Yo soy igual que antes, alga, helecho,

madrépora y espejo.

Última locura de ser, aunque vencido,

enhiesto.

Yo soy mi propio idioma, forastero, errabundo

y ermitaño.

Aroma esencial de mis abismos.

Yo soy mi propio asombro.

 

MI DIOSA DE INCIENSO PURO

Eres espejo, caracol, tigre, sombra y alfanje.

Te descubres en el canto

y pasas rauda en tu baile.

 

Dibujas avispas negras en tus guitarras de guerra.

 

En el rincón de mi nada,

hamaca de mar en celo,

me hace llamas tu nombre.

 

LA RESURRECCIÓN DE LAS SOMBRAS

Llegaron después de las ciruelas,

después del trigo, la cebada

y el centeno.

 

Tiritando de frío, con los

ojos nublados de tiempo,

besaron las huellas.

 

Llegaron hasta el baile de

las llaves en las viejas

cerraduras, hasta el

lamento chirreante de

las puertas,

hasta la caravana de

cansados camellos del tapiz.

 

Llegaron con bastones y espejuelos,

con el rebozo de

cocodrilo en la frente,

con el acento trémulo,

con la tozuda esperanza

cargada de larga espera.

 

Llegaron después de la

guadaña, al tiempo

mismo de la resurrección.

de las sombras.

 

Llegaron y siguieron

llegando, insaciables

de ausencia, poblados

de idiomas y hogueras.

 

Llegaron como si no hubieran

partido, y sin embargo

habían partido,

como si fuera ayer, y ayer no era.

.

 

Llegaron cubiertos de

harapos, orgullosos

siguieron llegando

por las rendijas de la

madrugada hambrienta.

 

 

Para los que se quedaron

aquí y allá diseminados,

un dios de silencio repleto

de olvido.

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