Damaris Fernández Pinto: Mis Surcos Flamencos

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Paul Benavides Vílchez, Sociólogo y escritor.

La Revista presenta a continuación una prolija pero además lúcida reflexión sobre el Arte de la danza y el baile flamenco, escrito por la escritora y pintora costarricense Damaris Fernández Pinto.
En el texto «Mis Surcos Flamencos» publicada en el año 2009, la autora costarricense reflexiona, discurre filosóficamente y a la vez poetiza sobre el milenario Arte asentado en la región de Andalucía, España, con lucidez, con mucho conocimiento, pero en especial con afecto amoroso, con tanto amoroso afecto. Y este último atributo explica la razón por la que este conjunto de textos escritos por una autora de éste “rincón arterial del mundo” – como ella lo dice – entraña una profusa y profunda carga hermenéutica
Se sabe que los mayores flamencólogos del mundo han nacido – con algunas excepciones – en la península ibérica, en concreto en Andalucía. Para escribir con hondura del baile y de la danza flamenca debe de existir una conexión, una profunda conexión con el sentimiento que funja como sucedáneo del lugar de nacimiento. Es por esta razón que en el texto convergen sabiamente el conocimiento técnico de un baile, unido a una vivencia íntima, biográfica, emotiva de la cultura flamenca.
Sin intensa emoción, sin desmesurado amor escribir sobre el flamenco es una tarea totalmente inútil.
La intención de los diez textos van más allá de un manual descriptivo o un viaje sobre la superficie de una cultura milenaria. Con la cultura y el arte flamenco tal intención es ingrata. No es posible una reflexión sobre el flamenco si la poesía no anima cada una de las palabras que van tejiendo más que un estilo de danzar o de cantar, una ética y una estética de la vida y el arte. Es en este cruce de caminos donde la autora hunde su limpia daga para diseccionar una tradición plástica, rítmica, musical que arraiga en el dolor y en el desgarre existencial.
El arte flamenco es llevado por los gitanos a la región de Andalucía donde ya de por sí la cultura pre existía como crisol de razas y culturas, de sonidos y lenguajes asentados con anterioridad: la influencia romana se entretejía con la cultura árabe y hebrea, que recibe como una suerte de madre heteróclita y mestiza al pueblo gitano.
Como dije anteriormente, no es posible escribir sobre el arte de la danza y la música flamenca sin no se ha sentido en cada cante hondo, en cada “palo”, sea la bulería, la soleá, el tango o la seguiriya ese dolor que venía de antiguo, cantado en las cuevas, en los patios de Andalucía y llevado como insignia o marca en el alma de hombres y mujeres.
Es preciso decir también que los diez textos mantienen una íntima conexión entre uno y otro, un “toque de ida y vuelta” en el inicio y el final de uno y otro que dan cuenta de una biografía personalísima de este arte y de este intenso baile. La poesía como método va espoleando al logos, al pensamiento, y el logos va mostrando la luz que solo la poesía es capaz de dar mapeando, creando las coordenadas, las claves de una geografía que reside en el alma de quien escribe, en la ardua pasión que solo habita en las razones del corazón.
Hoy compartiremos el texto completo de su obra, en el que la autora abre a reflexión al lector, buscando establecer la clave filosófica y el núcleo espiritual del Arte de la Danza y el Baile Flamenco.

 


MIS SURCOS FLAMENCOS

Damaris Fernández Pinto

 

INTRODUCCIÓN

“…Con una sola condición: que esa criatura no desconozca los laberintos del dolor, que tenga memoria de las fracturas y las fatalidades del ser; que disponga, en fin, de un corazón templado, bien informado, bien entrenado: bien sufrido”

Félix Grande (1)

En mi ciudad natal de San José de Costa Rica, aquellas primeras imágenes vividas entre celofanes de colores, iluminados por un foco manual de pilas y los telones formados con viejas cubrecamas de mi madre, fueron quizás los primeros trasfondos poéticos de mis muñecas de cartón. Una tras otra  las hacía desfilar con trajes de papel que yo misma pintaba y cortaba hasta convertirlas en bailarinas,  las cuales giraban al son de la vieja victrola tocando el vals surcado sobre los frágiles discos de pasta de 78 revoluciones. Para preparar los trajecitos los calcaba sobre una hoja de color y luego aplicaba la goma. Ya había recortado piecitas de encaje de viejos retazos de las costuras de mi madre y las pegaba sobre el papel. Otra forma era tomando piel de conejo y  teñirla con tinta roja o azul, lo que me daba coloridas texturas de suntuosa pelambre para formar abrigos.

Estos pasos dieron luego forma a mis dotes de costurera cuando, años después, tuve que coser los trajes de sevillanas o los coloridos atuendos de la jota aragonesa para mis muñecas de carne y hueso, aquellas bailarinas de mis cuerpos de ballet en la puesta en escena de mi danza española.

Bailar en los años cincuenta era un entretenimiento, quizás un lujo para las niñas de la sencilla y pequeña ciudad de San José. Se conocía la inquieta labor de Margarita Esquivel y Grace Lindo, continuada en parte por Olga Franco, a quien habían asignado la vieja edificación contiguo al Teatro Nacional. Ahí dio inicio una generación de bailarinas que de alguna forma   se esforzarían por iniciar pequeñas escuelas o salones de baile y continuar impartiendo con ahínco lo que habían aprendido.  Actualmente la danza clásica y contemporánea tienen trazada su historia en Costa Rica, con una continuidad de nombres dignos de mencionar.

En esos tiempos Roberto Snowball  bailaba la jota aragonesa y una que otra danza de Granados y Albéniz. No fue sino en 1969 cuando, por una casualidad de la vida, nuestro guitarrista Santiago Barquero, esforzado y gran amante del flamenco, nos presentó a Pepe

Bronce. Valga decir que Santiago era notificador de la Corte Suprema de Justicia, y en sus horas libres, apasionadamente y con tesón admirable, copiaba de oídas los discos de Niño Ricardo o Sabicas que llegaban a sus manos y con esto nos brindaba conciertos de flamenco a su manera.

Pepe Bronce fue discípulo de Regla Ortega y argentino de nacimiento, hijo de padres gallegos. Había ganado un concurso de Viña del Mar, Chile, y ostentando este galardón recorría América del Sur en busca de asentamiento.  Durante su estancia de dos años en Costa Rica fundamos en 1969 la Escuela Superior de Bailes Españoles de Pepe Bronce. Fue esta la brecha para iniciarme con seriedad en un solo estilo de la danza, en este caso, el género flamenco. Era un mundo cuyos tesoros ocultos iban revelándose poco a poco y seduciéndome. Yo me moría de curiosidad ante el reto. Mi visión es pues una pieza del acertijo, concentrada en la danza, sobre el desarrollo armonioso y grácil del cuerpo humano dentro del espacio vital que lo contiene.

Es a partir de 1971 y hasta el presente 2009 que el flamenco ha sido mi punto de referencia para conocerme y explorarme. El flamenco ha estado situado en el núcleo de mi interés existencial y anímico. La sorpresa de dar con ese hallazgo que de pronto se convierte en la motivación de la vida artística  de la persona es un milagro sucedido a veces que nos regala la vida, como bien lo expresan los versos del poeta costarricense José Néstor Mourelo:

Sucede a veces que a golpes de la
vida hasta un grano de arena
me hace milagro.

Que me expando junto al universo,
infinito, bullicioso, imperturbable,
indiferente.

Sucede a veces que a golpes de la
vida el trinar de un jilguero me
hace milagro.

Que voy hilvanando mis preguntas
con este andamiaje presuroso,
en este movimiento filosófico.

Sucede a veces que a golpes de la vida
se va extinguiendo este milagro
entre sombras y olvidos para siempre.

Quiero recordar brevemente que el flamenco de mi interés es aquel dolor  nacido de la instalación de los gitanos en España, concretamente en Andalucía, y de su encuentro con la cultura andaluza ya establecida. Elevado a la categoría de Arte Flamenco  lo es por la belleza y profundidad estética de sus  propuestas, tanto en el cante como en el baile y la guitarra.

No es mi propósito elaborar una historia del flamenco, que tantas y tan buenas existen. Quisiera solamente citar estas clarísima líneas escritas por Félix Grande que describen el panorama de fusión entre la cultura andaluza y el aporte gitano que hicieron posible el desarrollo de esta hermosa coincidencia:

“…Antes de la primera mitad del Siglo XIX, el cante es casi invariablemente asunto de gitanos. Hasta la llegada de Silverio Franconetti, nacido en Sevilla en 1831 y ya maestro reconocido en Suramérica en 1856, fecha en que el payo (no gitano) Juan Breva ya empezaba a los 16 años de edad a tener su público en Málaga, hasta mediados del Siglo XIX, repito, y desde finales del XVIII, todos los cantaores de que tenemos noticia fueron gitanos.”  Y más adelante agrega : “Estos cantos comienzan a brotar a finales del XVIII, hablan invariablemente de carencias y de infortunios, suenan en las cuevas o en las fraguas gitanas; poco después empiezan a sonar en los cortijos, las tabernas, las ferias, los burdeles, las romerías”.

“Hay que pensar en ese siglo” – nos repite el autor, “durante él, en el arte español ha sucedido algo a la vez sigiloso y fulminante: ha nacido un lenguaje. Y lo han cantado los gitanos”.

“…Primera: que el flamenco nació en el majestuoso interior de la milenaria cultura andaluza; segunda: que tras una primera etapa en la que el flamenco es a la vez limitado y gitano, en seguida se amplía y se enriquece de un modo casi inverosímil, y ello con la participación creadora de los payos flamencos; y tercera: que el flamenco es, entre otras muchas cosas importantes, un espacio moral en el que los gitanos y payos, que aún no hemos aprendido a convivir en la vida real, llevamos ya casi dos siglos conviviendo en la música, comulgando la misma comunión”.

Vivirlo y presentirlo desde este rincón arterial del mundo, golpe a golpe, es una labor casi a tientas que nos convierte en sabedores de una causa poco común y en cierto sentido intuitiva,

en un ambiente donde toda luminosidad se torna dudosa.

 

LA SONORA LIBERTAD

Dice Félix Grande en su Agenda Flamenca que García Lorca intuyó, más que conoció, la infraestructura del flamenco, y en su genialidad literaria produjo, entre otros, el renombrado documento “El Cante Jondo”. El peso de  la intuición como sexto sentido es producto de una extraordinaria sensibilidad predestinada para ver lo oculto, para percibir los silencios del alma. Es hijo de horas luz en soledades y pensamientos. Las profundas quejas y lamentos de la copla cantada son la maduración de la angustia contenida en la garganta y el ayeo del alma. El cantaor recoge de su memoria genética todo el dolor y la persecución gitana de siglos, para formar un desgarre contenido en lo que llamamos cante jondo. Tanto desasosiego quebranta la paz y pone en pie de guerra el ánimo. Es por eso que durante tanto tiempo ha sido considerado el flamenco cosa de gente baja y taberna candilera.

Sin embargo, esta circunstancia produjo enorme belleza en el cante, el baile y la guitarra. Pareciera que el hombre situado en la extrema  pobreza existencial logra sobrevivir a base de exteriorizar el dolor, muchas veces convertido en arte.

La soberana libertad en que ha vivido, huyendo de la persecución, aceptando el calabozo y el desengaño social, lo convirtieron en un paria cuyo único soporte es el cielo estrellado que lo cobija. Hijos predilectos del anarquismo, en su desobediencia reside su fortaleza. Sonora libertad que los protege.

Es por esto que el flamenco se vive porque sí. Cada uno lo asume como un guante en la mano alerta: no será nunca un arte inerme, sino pasional, no será dependiente sino totalmente libre y conmocionado. Su filosofía se presta a muchas interpretaciones, desde el auténtico dolor de vida hasta el profundo camino de la droga y la mediocridad. La elección personal es nuestra, pero no podemos afirmar que sea un derecho del artista o del buen conocedor asumir la pose pseudo importante de la destrucción.

Muy cercanos a las fibras últimas del corazón, anarquistas o no, cargan sobre sus espaldas un arte supremo con el cual pueden continuar siendo “la sal de la vida” y trayendo consuelo a tantas soledades transitando por este mundo que tanto amamos y a tanta vida que continuamos sin comprender. La aceptación de esta realidad será nuestro sello y el paso que forje nuestro surco.

 

LA SORPRESA

El filósofo nos asegura que la investigación es la causa lógica de la sorpresa. Nos maravillamos ante el encuentro de las incógnitas del hombre, y saltamos, amilagrados, preguntándonos el por qué de las cosas. Incurrimos en crisis, en estados de cambio del curso de nuestra historia y en replanteamientos.

Mas, ¿qué sucede con el milagro de la intimidad humana? ¿Por qué nos sacude con  tanta fuerza el encuentro del marco de referencia existencial que nos permite definirnos y contar con una identidad propia? ¿Por qué este suceso es un  milagro en sí,  afirmación gozosa del propio yo, recuento final de alegría y aceptación? No sabemos cuánto tiempo de nuestro camino lo pasamos en busca de incógnitas. El “conócete a ti mismo”, apunta a la ambigüedad, porque no solamente no damos con la interioridad de nuestro ser, sino que generalmente desconocemos dónde están las fibras misteriosas que  lo encienden. Tampoco sabemos cómo ni dónde llega el momento, el instante de la feroz sacudida, cuando podemos afirmar “aquí está lo que buscaba”, ahora sé quién soy y cuál es mi lugar en este mundo.

Admitir que se nace a un cúmulo de nuevos entendimientos, a la necesidad de  establecer prioridades innovadoras, a saber que, suceda lo que suceda, o aún en la más completa soledad, ya no se está solo, porque ya no se des-entiende la vida. Es el momento cuando el asombro irrumpe en la sencilla historia de una persona enriqueciéndola y complicándola. Entender  sin resquebrajarse, que suceda lo que suceda, ya está presente el punto de referencia que se buscó durante tantos años, y se nace de nuevo, abriendo campo a  un rumbo de aceptación de la propia realidad y de la que nos rodea, con un nuevo prisma de observación. Se descubrió una razón  para la existencia, y la monocromía amaneció convertida en arco iris.

Desenvolver cabalmente las potencialidades de la persona para que desarrolle una vida digna y que ocupe un  puesto en la sociedad es razón válida para dar con esa incógnita que, de no buscarse, puede irse de nuestras manos y hacernos pasar la vida en vilo,  a la sombra de la mediocridad y la tristeza.

Adentrarse en el mundo del flamenco y convertirlo en razón de vida es el enamoramiento que a muchos toca y que se convierte en querencia vitalicia. Es con esta sensibilidad que cruzamos el umbral de la esperanza que nos dibuja este arte fecundo.

 

IDENTIDAD

Ya dijimos que el flamenco es la forma artística  nacida de la unión de los gitanos con la cultura andaluza en tierras del sur de España. Los primeros escritos del mundo del flamenco fueron hechos basándose más que todo en la tradición oral legada de una generación a otra. El proceso de investigación fue llegando poco a poco y transformó muchas de las leyendas en historia con hechos exactos que describir.  Existe una fuerte polémica casi centenaria respecto al tema. Es a partir del Concurso de Cante Jondo de 1922, realizado en la Plaza de los Aljibes del palacio de la Alhambra de  Granada, que los estudiosos españoles ponen el ojo en esta forma folklórica ya elevada a la categoría de arte  e inician una seria incursión en su historia y en sus formas. Gracias a la insistencia de sus organizadores, el poeta Federico García Lorca, el músico Manuel de Falla y el pintor Francisco Zuloaga, se destaca la importancia del flamenco como música y obra del genio gitano-andaluz y vuelven la mirada a este hecho los intelectuales españoles. El término flamencología fue inventado por un suramericano,  Anselmo González Climent, argentino, quien contribuyó enormemente a su proceso de investigación.  Son muchos los nombres que a partir de esa fecha colocan el dedo en la llaga que clamaba por ser esclarecida, y, especialmente, ser tratada con mayor seriedad y dedicación que el simple hecho de “contar el cuento”. Para bien y para mal, estos autores concentran su mirada en el flamenco, una manifestación apasionada del vivir y el sentir que se expande fuera de las fronteras andaluzas. Hoy en día nos encontramos con la posibilidad de conocerlo y evaluarlo en todas sus acepciones, desde las fusiones,  malentendidos y comercialización del mismo, hasta la comprensión de su más concreto fuero interno, el cual paso a exteriorizar,  tal cual lo veríamos los flamencos de por acá, los de la América tercermundista y  casi olvidada.

El flamenco es una lente para enfocar la vida: comprende un amplísimo mundo sensorial que atrapa el espíritu. Nacido del sufrimiento y la pobreza material del pueblo andaluz, contiene  elementos ilimitados en la concepción de la vida misma, comprometiendo la misericordia, el amor, la contemplación, la caridad,  el espíritu de creación y una serie de llamados para ejercitar los sentidos y convertir la opacidad del vivir en pasión y arte. Hace 40 años  que sucumbí ante el despliegue de su  belleza y sentimiento. Hace  muchos más que buscaba un escudo ante la avaricia de la pequeñez humana, algo que me hiciera trascender, con comprensión, los vaivenes de su actuación y las limitaciones de su razonamiento. Creo que es acercándonos al arte, acurrucados en su regazo, como logramos sobrevivir a tanto desafuero. Este  arte es  pues una de las formas más próximas al Creador que tenemos. Comprende la música, la literatura y el baile. Un acto flamenco está compuesto de estos elementos. Podemos escoger quedarnos con cualquiera de ellos o elegir los tres. No conozco otra forma de bailar más bella que bailar la poesía acompañados por una guitarra. No conozco otra forma más sentida de la palabra que  cantar por no llorar.

Sus “palos” o estilos nos cuentan un estado emocional. Así, la Soleá es el dolor y la grandeza, es como un pavo real malherido arrastrando la cola de su pena negra. La Alegría es, como lo dice su nombre, ese mar  gaditano cuya espuma golpea con fuerza y paso marchoso las murallas del querer. Es liviandad, salero, encaje de zapateo y aire mantonero. Además, un baile compuesto por cinco movimientos, como una sinfonía. Quisiera verlo algún día  en escena desarrollado inteligentemente en su estructura: paseo, castellanas, silencio, escobilla y salida por bulerías de Cádiz. Hay aquí creación suficiente para el moderno concepto del cuerpo de baile y el engranaje del solista. La Bulería, una fiesta irónica cuajada de pellizcos y toques de gracia. Sé que requiere de un inquebrantable sentido del ritmo. El Tiento, la solemnidad del sermón, el consejo, la expresión de la sabiduría puesta en marcha con la gravedad procesional de la sacerdotisa en el templo. Los Tangos, celeridad festiva y pasional. El Taranto es el dolor inmerso en el túnel de la impotencia, el sendero de lo irreversible sumido en la inmediatez de la danza. Es este arte un vastísimo mundo de simbolismo y metáfora que ha incluido a grandes poetas españoles tradicionales, tales como los hermanos Machado, Federico García Lorca, San Juan de la Cruz… y muchas nuevas voces que siguen creciendo de su sensible entraña.

El flamenco nos exige una propuesta, una concepción de quiénes somos y qué queremos. Son encrucijadas que  enfrentamos para realizar una selección: la de saber con exactitud cuál es el camino a tomar para convertir nuestro quehacer en obra valedera.

 

AUTODIDACTA

El exceso de actividad que mantuvo siempre mi cuerpo, sin saberlo yo exactamente, me indujo a incursionar e investigar sobre asuntos de mi interés desde temprana edad. Cualquier materia desconocida era un reto, mientras más difícil  mejor. Así, se me dio por aprender el italiano a los 14 años, el francés a los 15, y guiada por mi hermano Ronald, aprendí a apreciar la música clásica y la buena lectura, ampliando de esa forma mi imaginación en los escenarios de la inventiva personal: tenía claramente estructurado un horario de actividades para mis horas de ocio, y los fines de semana eran una auténtica carrera maratónica con el tiempo libre. Mi silenciosa y nunca aburrida adolescencia fue un crecimiento interior que recuerdo con delicia.  Fue la lectura compañera de mis noches, cuando, desde pequeña, ya acostada antes de dormir, devoraba las pilas de revistas “comics” que Ronald pedía prestadas a Luis Restrepo, compañero de escuela. Mis procesiones iban siempre por dentro, como la súbita trombosis profunda que recientemente  me tendió en  una cama, motivo que me incitó a escribir estas inquietudes y observaciones, recopilación de una experiencia de años tratando de enseñar el flamenco en tierra centroamericana.

La conciencia del autodidacta es siempre hacia el desarrollo de un ego fortalecido: yo lo hago, yo lo aprendo, yo sí puedo, yo lo sé. No quisiera que este relato se convirtiera en una aclamación personal, sino que sirviera de estímulo para que otros vivan y sientan la urgencia  de desarrollar  un plan de vida, un accionar permanente de su persona. Todo me interesa, todo me emociona y vivo presta a indagar, conocer, dialogar, investigar, compartir…

Nunca me he aburrido y siempre me ha faltado tiempo para hacer lo que quiero. Es una lucha contra el futuro, el cual  roba los instantes y no alcanzo  a cubrir mis expectativas. Para el curioso casi todo es estímulo. De un proyecto por realizar y la reunión de factores que lo impulsan, salen muchos elementos más. De esta manera, buscando una música o revisando un texto para el flamenco, resultan nuevos temas para escribir. Han sido necesarias muchas soledades, muchas vueltas a la imaginación y mucho seleccionar entre la realidad y la fantasía para ubicarme. Una impulsividad casi incontrolable me obliga a desnudar el alma y atenuar el paso para no navegar en la constante equivocación. Cuando se ama demasiado y se vibra al compás del propio corazón, debemos tener la cautela de intuir el límite de nuestras acciones. Vivimos en la línea divisoria, en el filo de la navaja entre lo verdadero y lo ilusorio. Confundirlos es inusual.  Los resultados no son siempre los mejores. Viene aquí el peso de la memoria. Dice Luis Rosales, mi autor de cabecera, que “tal vez sería preciso que colgáramos los recuerdos de las paredes del corazón como en el templo cuelgan los ex votos”. Es con el apoyo de la memoria que forjamos una referencia existencial, y sólo así podemos ser consistentes. La vida duele, y duelen los recuerdos. Los revivimos para sentir que estamos vivos y éstos nos constituyen. Una persona es  “su circunstancia”, como decía  el maestro Ortega y Gasset, pero también es el engranaje de vivencias y sucesos que la conforman. Todo lo he vivido con pasión: mis amores, mi maternidad, mis amigos, las penas, las ausencias, los quebrantos, los exilios, los éxitos y los fracasos. Si  “vivir es equivocarse”, citando a Rosales, válido ha sido el sendero pleno de sorpresas y enfermedades, la muerte de los seres queridos, las pérdidas irreparables, las alegrías y la inmensa aventura de vivir la vida misma. Igualmente sirvió el amor idealizado, pensando que  fui una quijotesca Dulcinea,   tan  realmente amada como don Quijote amó a su doncella, ciegamente, en un instante eternizado que bastó para colmar el proyecto afectivo que el destino me deparó.

 

EL ENCANTAMIENTO DE LOS FLAMENCOS

El mundo del flamenco, mágico y oculto, suscita siempre curiosidad, y la gente se pregunta siempre el por qué de esta sensación.

Decía don José Ortega y Gasset en su “Tratado sobre el amor” que ese poder de la mujer para encantar al hombre, esa brujería, era precisamente todo el mensaje mágico de atracción que tiene un sexo opuesto hacia el otro. ¿Y qué no tiene el flamenco sino precisamente la atracción de los opuestos, donde podemos tirar del espíritu para llegarnos hasta lo más adentro y decirnos el uno al otro algo que nunca antes nos habían dicho? ¿No es ese gusto por la complicidad lo que tanto nos atrae y envuelve?

El ir y venir de la coquetería femenina, este “te digo  a ver qué tientas”, y este “tras la reja”, o el mondo y lirondo “te digo Pedro para que entiendas Juan”, es la trama que van urdiendo esas  Penélopes que pasan  la vida tejiendo ilusiones para que otros las vivan, con los sinsabores que van conformando el verdadero sentido del alma flamenca, y por ende, el encantamiento de los flamencos.

Desgraciadamente muchos, mediocremente, caminamos a paso lentito sin mucho esfuerzo. En el fondo del engranaje que sostiene esta forma de vida pareciera que no hay nada, la lucha es en soledad y se alimenta de actitudes. La filosofía del pueblo gitano-andaluz que le dio origen la degustaremos sorbo a sorbo, como se bebe el buen vino, concentrada en los toneles de la memoria. Hay que recorrer este camino paso a paso doliéndose el alma. Compañeras le son la palabra, el cante, la guitarra y el baile. Convertir en descubrimiento cada toque, en vino de crianza cada falseta para los músicos, y en encaje del mejor tejido cada escobilla de baile. Lograr un crisol en cada baile y en cada cante. Luchar contra los contrastes de un movimiento que es ahora rabia y furia para tornarse al instante en ternura y vela encendida.

Esto es hacer flamenco y vivirlo. El flamenco no es una teoría, es una práctica permanente para ejercitar el propio destino.

Vivir el flamenco requiere la capacidad de transformarse de fiera en venado, de águila en paloma. Surca cielos o se arrastra como serpiente al acecho de la sutil presa. Sin sensibilidad e interpretación, el flamenco es un estudio de técnicas o de farándulas. Cada coreografía, cada toque, cada cante es un parto. Vivimos preñadas de soleares, alegrías, de tangos, seguiriyas y bulerías. Trabajamos con el alma, la mente, los sentidos todos. Aquí no caben la pereza ni el después. Estaremos encantados de molernos el lomo bailando: encantados de luchar porque se nos respete y se nos considere seres vivos con derecho a expresarnos en el arte flamenco, una forma de vida donde la voz y el voto pregonen lo más elemental del ser humano: la queja. Es que el flamenco no era jugando, no era la faldita de lunares y la peinetita. Más al fondo de todo esto estaba el compás de la madre tierra, la exigencia por la vida, el quejío por encontrarse a sí mismo. Y esto requiere de muchas soledades para comprenderlo.

Cuando algo me duela, ese ayeo será el principio del motor creador de mi vida. Así se creó el flamenco, en la fragua, en el yunque.

 

A UN PASO DE SEVILLA, GRANADA Y JEREZ

Para participar de la experiencia flamenca y poder reconocerla es indispensable haber estado, aunque sea de paso, en Andalucía. Las ocho provincias andaluzas son prolijas en celebrar sus fiestas manifestando alegría y gloria mediante el flamenco. Una minuciosa observación  de este comportamiento nos hace comprender el arrojo y la graciosa, salerosa compostura de sus ademanes.  Los “enganches” de la feria de Sevilla con sus reinas airosas engalanadas nos recuerdan la majestuosa actitud de muchos de los bailes del flamenco. Y si bien no se originan precisamente en este hecho, es un ejemplo de que Sevilla es el crisol y la sede de la elegancia reinante. La  belleza ornamental de su arquitectura, el paso del Guadalquivir, una vez centro de las importaciones desde América, el Teatro de la Maestranza con su Plaza de Toros, el regio Barrio de Santa Cruz, son pasos obligados para sentir el donaire con que su pueblo arremete en el folklore. Las corridas de toros en su magna plaza y las tensionales arremetidas del toro contra la panza de los caballos, en los rejoneos, son instantes inolvidables para el visitante.  Presenciar la partida hacia la Feria del Rocío, vivir la Semana Santa… la visita obligada a los tablaos, vivencias que nos dejan una nueva perspectiva de este derroche emotivo y estético para deleite de todos los sentidos.

Es gracias a la existencia de las Peñas Flamencas, prolijas en todo el territorio andaluz, que se vive a fondo y se practica el flamenco en toda su extensión. Estos grupos mantienen activa la tradición y la enriquecen constantemente. Gracias a ellos sus miembros pueden disfrutar y activar toda la herencia que poseen.

La persona de Juan Polvillo, maestro sevillano de baile, tiene relevancia en Costa Rica. Fue quien participó en la inauguración del Primer Festival Internacional de Flamenco, fue él quien organizó el espectáculo Contigo Tierra de Andalucía. De excelentes relaciones humanas, fuerza escénica contundente y una técnica muy lúcidamente popular, posee el don de atraer con gracia y donaire al público.  Puedo afirmar que su nombre hace historia significativa en el desarrollo del flamenco nacional y que las tres veces que participó en talleres o espectáculos dejó mucha enseñanza y un buen recuerdo como ser humano.

Granada contiene los secretos y las añoranzas del extinto reino nazarí. Sus huellas quedaron impregnadas en el majestuoso palacio rojo de la Alhambra y el frescor de sus aljibes tiñe de historia la ciudad. Es la tierra de los rincones, de las leyendas, de los mágicos encuentros bajo las numerosas fuentes. El  Mirador de San Nicolás, frente a la Alhambra, el Albaycín, la fiesta gitana en el Sacromonte con su zambra, la magníficamente bordada Semana Mayor, el inagotable luto por Federico García,  la poesía de Luis Rosales, Rafael de León, Benítez Carrasco, la guitarra de Manuel Cano, la música de Falla, la pintura de Zaafra y el baile de Mariquilla, son ejemplares.

Valga destacar la participación de esta bailaora como la primera en tener una cátedra en la Universidad de Granada para la enseñanza del flamenco. Esta mujer retuvo todas las formas primarias de la danza sacromonteña y las guardó en su corazón. Brota de ahí el afincamiento profundo de una creencia convertida en forma artística, de una danza trabajada con la memoria del alma  y forjada a través de intuitivas actitudes para dejar una herencia, un estilo, una categoría en el flamenco de Granada. De una velocidad meteorítica, con unos pies cuyo peso horada el bendito suelo de la danza, poseedora de brazos alados-encajes granadinos al fin- y con la energía de quien baila con el alma, recorre los palos de su tierra y los recrea, los profundiza, haciendo alarde en diálogos profundos con sus mantones y castañuelas en las Soleares, de “caídas” en los Tangos, de flecos alados en sus Alegrías, de traje campero en sus Polos y Cañas, desplegando furia, taconeo y desgarre. Pertenece a ese género de bailaoras que inventaron su propio estilo, dando continuidad de vida al entorno en el cual creció, batallando por esa creación del alma que emprende vuelo con la personal experiencia del movimiento y del desenvolvimiento del propio cuerpo. “Desde la base del compás que tenía en la cabeza y dentro del cuerpo, multiplicaba los sonidos. Así fue como en el Sacromonte comenzamos a ensanchar aquellos bailes primitivos. Yo ampliaba mis conocimientos, pero no he tenido jamás un maestro que me dirigiese, tal como he dicho anteriormente…De todos estos sitios, las cuevas y las fiestas, fue de donde yo he ido aprendiendo, porque ahí no teníamos maestros. Lo que existía era pura imaginación, intuición y creación artística. Hemos sido autodidactas, pero antes hasta desconocíamos el significado de la palabra autodidacta. Bailabas todos los días, a todas horas y tú misma te desarrollabas y crecías como bailaora.” La herencia que nos  lega esta bailaora es su tenacidad, su reconocimiento a la forma dancística como una entrega  total de vida y la veracidad de su testimonio. Primera en recoger las herencias de su pueblo natal, primera en llegar a una cátedra universitaria, primera en “arder y echar chispas” en el  mágico e inconfundible mundo que la cobija, aquel del flamenco, aquel del desgarre por la existencia humana.

Cuando visité Granada para promover la Fundación Zaafra, creada para difundir el flamenco y en especial la obra del pintor David Zaafra, tuve el honor de recibir la Insignia de Oro, distinción que otorga  la Peña Flamenca de la Platería, la más antigua de Andalucía, “en reconocimiento a su labor en pro de la cultura y con motivo de su primera visita a nuestra sede social”. Sobre  Zaafra  tuve el gusto de escribir una biografía poética y un ensayo  titulado “Granada tiene un pintor”, que se presentó en Costa Rica cuando fue premiado por la Fundación Pax Costarricensis con la mención Florencio del Castillo 2006. Le acompañó en este acto el poeta y periodista don Enrique Seijas, y gracias a las gestiones del Colegio de Gestores hemos logrado realizar algunas actividades, entre los cuales se cuenta la visita de la maestra de flamenco Ana María Ruiz, expositora de un proyecto suyo denominado “flamencoterapia”, que promueve a nivel mundial.

Jerez es cuna del buen vino, de los caballos y del flamenco de la bulería, del buen compás. Un inolvidable rincón flamenco, Centro Andaluz del Flamenco (CAF), ejerce la magna labor de informar y evidenciar la existencia de este arte con un Palacio Pemartín dispuesto y abierto al público para estudios, investigaciones, conferencias, videos, bibliotecas y concursos anuales. Su página web nos instruye y educa.

Si bien Jerez tiene grandes bailaores y grandes cantaores en su historia pasada y presente, quiero referirme a la visita del bailaor Antonio el Pipa, quien fuera invitado por nuestro Ministerio de Cultura para el Festival Internacional de las Artes 2008.

Su segunda actuación en Costa Rica tuvo lugar  en el Teatro Municipal de la provincia de Alajuela, durante el Festival Internacional de las Artes. No puedo abandonar este comentario sobre su obra:

En el escenario hay dos bancas largas y unas tinajas. Dos guitarras y dos cantaores forman el sencillo recuadro que encubre y enmarca el baile de la Compañía de Flamenco Antonio el Pipa.  Al abrirse lentamente el telón aparece majestuosa la figura sedente de la tía Juana. Siglos de tradición y    memoria la contemplan. Su sola figura nos adelanta el porvenir austero y magnífico del flamenco jerezano. Su morena esfigie nos conmociona; al sabor de su voz sentimos dar un vuelco el corazón. Cante hondo, purísimo y magistralmente acompasado. Jerez es puro compás. Y se siente y lo vivimos durante todo el espectáculo. Reina la Bulería, que se desgrana en todos los palos; vienen luego las Soleares por Bulería, las Alegrías y hasta la tremenda Seguiriya. Antonio el Pipa es alto, elegante, esbelto. Sin embargo, no se vale de estos elementos para completar su danza. Poseedor de un estilo  percusivo de primer nivel, estiliza las diagonales provenientes de la “gran cuarta” del ballet clásico aflamencándolas, así como los perfiles que recordamos de las vasijas griegas en sus estáticas posturas. Logra así verse más grande e imponente en escena. Único varón en su grupo, las bailaoras todas completan armoniosamente las coreografías. Sencillo estilo, sin hacer cosas raras, enorme presencia de la tradición, repetitiva horadación del taconeo, respeto absoluto a lo que ha sido. Ante un bailaor como pocos, un público arrebatado de emoción y agradecimiento lo ovacionó de pie.

Valga citar comentarios de Cristy Van der Laat de su artículo  De Tablao y el por qué de producir: “Porque cuando un artista nos roba como audiencia se lleva consigo una parte de nuestra alma; alma que siente cuando el conjuro se ha ejecutado adecuadamente. Esa recompensa, la de haber tendido un puente para que un grupo de artistas y una audiencia eufórica se encuentren e interactúen, es la joya central que engalana una producción. Sobre todas las razones objetivas que se argumentan para definir el éxito de una producción es, sin duda, la comunión de los artistas y el público – a través del aplauso – el  más satisfactorio signo de éxito.”

Jerez concentra todos los años su espectacular Festival de Jerez en el Teatro Villamarta donde se reúnen los más conocidos y renombrados artistas y personajes del mundo del flamenco.

Andalucía entera celebra sus fiestas en cante y alegría perpetua a la madre tierra: a sus estaciones y sus santos, a sus cosechas y vendimias, poniendo fecha imponente a lo cotidiano. Pasea su santería bendita con farolas y velas, convierte a sus vírgenes en soberanas mantoneras de rostros dolientes y belleza sin par. Costalea sus pasos semanasanteros y los coloca en la cumbre del sacrificio humano y divino, y no pierde esperanzas al pasear sus virgencitas rocieras y volcarse entera sobre sus tradiciones.  Diga usted a un andaluz que no le gustan las sevillanas, ni la Feria de Abril, ni la del caballo jerezano, ni el pescadillo frito, ni las corridas y el rejoneo, ni las procesiones del Rocío o las Semanas Mayores de Granada y Sevilla, o las bulerías de Jerez, los carnavales de Cádiz o la imagen de Nuestra Señora de la Esperanza de Triana. Diga usted a un andaluz que las ocho provincias no representan lo más íntimamente complejo y unido  de España entera, cuyo enlace de culturas produjo uno de los fenómenos más llamativos del mundo contemporáneo como lo es el arte flamenco, y entonces…

Pocos pueblos sobre la tierra engalanan calles, puertas y ventanas, carretas, animales y frutas como los andaluces. Cantan como una joven vestal, presta a la vida y a la entrega para adornar el camino que la guadaña algún día cortará, cuando su dignidad se enfrente a la hidalguía perenne de vivir.

Todos los trillos andaluces nos llevan a lo cotidiano y a la aceptación del camino. Pocos pueblos cantan por no llorar como lo hacen los andaluces. Y vierten sus lágrimas  en un mismo surco de solidaridad donde reunir a los suyos. Marchan todos de la mano los artistas andaluces, con las arterias henchidas de sangre alerta, dejando su impronta en ese diario quehacer convertido en arte imperecedero. La historia de Andalucía se trasluce y se desgrana en un collar de celebraciones, rituales y fiestas que la hacen mitigar su paso ceniciento por la historia española. Va luchando por sobrevivir  en un espacio que tiene la valentía de sobreponerse al dolor histórico de su crecimiento, utilizando el natural recurso de un arte  mágico que nos conmueve. Es la historia de un pueblo que canta y lucha por sobrevivir, valorando la existencia a través de una manifestación de amor que le permite sublimar el sabor acre del sufrimiento.

 

LA QUERENCIA

Hay bailaores que se pasan la vida bailando solamente un palo: sea por Soleares, por Bulerías, por Tangos. Establecen su querencia de esta manera y emplean energía y técnica en depurar ese estilo. No debemos  pensar que estamos obligados a bailar todos los palos y conocer todos los estilos. La valoración del flamenco como técnica artística pasa, como  con todas las formas de arte, por una evolución, y, nos guste o no, arriba a diferente puerto. Ya sabemos que el Ballet Clásico evolucionó  hacia otras formas de la danza, las cuales a la postre dieron con nuevos estilos. La danza contemporánea incluye ahora diferentes escuelas y métodos. No perdió lo clásico su eje y las nuevas disciplinas coexisten enrumbadas hacia otras formas.

Lo explica clarísimamente  Caballero Bonald en su libro “El Baile Andaluz”,  aquel primordial concepto del “hacia dentro” y “hacia fuera” de la danza.  La exteriorización interpretativa, el alargamiento de los pasos de baile, la característica de la expresión en el rostro, incluso el traje, nos revelan ese deseo de comunicación y mensaje que aporta el baile alegre y festivo, extrovertido y bullicioso. He ahí el “en dehors” de la danza. Como ejemplo los Tangos, las Alegrías, las Bulerías.

El espacio vital, casi circular en torno al propio dolor, en torno al yo íntimo y cancelado, girando con los brazos hacia el eje central del cuerpo nos da el “en dedans”, hacia dentro de la danza.    Conceptos estos tomados de la danza clásica, pero expuestos y comprometidos con el flamenco como transmisor del movimiento. Es por esto que  no podría bailarse un palo y otro con el mismo estilo o con los mismos pasos. Tanto las entonaciones como este concepto de introversión versus extroversión varían definitivamente en el momento de su ejecución.  Como ejemplo recordemos las Soleares y las Seguiriyas.

La predilección actual en el flamenco por enfatizar en el zapateo y la espectacularidad nos aleja de la primacía del tronco corporal. Las bailaoras de los primeros cafés cantantes  y tablaos tenían gran preocupación por los movimientos del torso y los brazos: eran su lenguaje principal. El empuje de la globalización, si bien beneficioso para muchos, ha incorporado una mezcla de técnicas y estilos de la danza contemporánea con el flamenco. Esto es bueno y malo. Vemos en los escenarios bailaoras de depurada postura y buena técnica. Detalle que se nota sobremanera, especialmente en los cuadros donde se incluye el cuerpo de baile. Sin embargo, el alejamiento  de lo netamente folklórico se ha acrecentado. Así, los inigualables y rústicamente bellos pellizcos van desapareciendo y las peinetas y los mantones. Una cierta rusticidad en las formas se va perdiendo y se pierde su sal y su pimienta. ¿Hasta dónde es bueno esto? No estoy en contra de la evolución artística, pero los rasgos definitorios de una cultura deben permanecer, de alguna forma, manifiestos, para mantener ese calor poético que tanto ha caracterizado lo flamenco.

Guardo en mi memoria la sensación de haber estado ahí, entre aquellos rostros curtidos e irrepetibles que conjuraron sus humildes reuniones y las convirtieron en historia pura, en relato inolvidable:

Nadie mejor que Juan de la Plata, en su libro Memoria Jonda, para narrarlo: “Otras veces, improvisaban en mi patio/ sus inocentes fiestas limosneras,/bailando con los sucios pies descalzos,/ sobre el  limpio y fresco mármol,/ recién regadas las pilistras y los enrosetados geranios,/ con las vecinas haciéndoles palmas y coreándoles las chuflas,/ mientras yo intentaba adivinar entre aquellos niños de mi edad/ cuál sería el que, algún día, tocado por la mano del destino/ chorrearía arte por todos sus poros, haciendo el cante/ que le encumbraría a la cima gloriosa de los elegidos,/ hasta conseguir sacar a su gente de la marginación,/ el oscurantismo y la pertinaz miseria.”

 

EL SENTIDO  DE LA DANZA

Cuando entramos en el mundo del flamenco nos encontraremos inevitablemente con dos preguntas claves: ¿Por qué el flamenco, para qué el flamenco?

Estas incertidumbres nos hacen pensar que buscamos  una forma de encontrarnos en el arte, una forma de hacer. Esta acción de la voluntad y el pensamiento juntos nos convoca a la realización de un plan de estudios, de disciplina, de entrenamiento. Sin estos dos órdenes, disciplina y entrenamiento, no hay aprendizaje. Que lo tengamos claro. No se puede dar lo que no se tiene bien aprendido y se lleva bien adentro.

Las opciones que nos ofrece el estudio, en mi caso, el de la danza, conllevan una ética, la ética del artista que lo obliga a ser mejor, el más honesto consigo mismo en cuanto a sus propuestas y el más impelido a producir belleza y deleite con su arte. L a mediocridad siempre se nota y al final perdemos lo logrado, si es que algo hicimos, y sentimos la indiferencia letal del conocedor que apunta hacia nuestra inutilidad.

Es por esto que bueno es preguntarse siempre ¿qué quiero hacer con el flamenco, hasta dónde quiero llegar? La respuesta es tajante y notoria cuando después de un año una bailaora se mira frente al espejo y observa su figura, sus brazos, sus posiciones y su gracia, es decir, su aire.

Para el bailaor de flamenco existen dos caminos: el ser ejecutante y el convertirse en transmisor de arte, en artista. Técnica e interpretación, lo han escrito grandes de la danza, se hermanan para dar paso al artista. El largo trayecto hacia el perfeccionamiento técnico requiere de horas, quizás años, para lograrlo. Disciplina, perseverancia y amor juegan el papel decisivo en este empeño.

Dice Serge Lifar, coreógrafo de la Ópera de Paris durante más de 30 años, que al dominar la técnica hay que “olvidarla” para dar paso a la interpretación y sacar lo que llevamos dentro. Valga recordar que el sentido personal del flamenco, donde bailan hasta las yemas de los dedos, requiere de la presencia del duende, elemento mágico ya presente desde siempre cuando se enciende la luz de la creación.

El artista crea, interpreta y transmite, pero a la hora de crear e interpretar debe surgir el duende. Deberíamos ser “enduendados”  permanentes. Perder el temor hacia la expresión, dar ese salto cualitativo que nos convierte en auténticos, dando lo que tenemos que dar. Cada uno a lo suyo. Asimismo, nos recuerda García Lorca que el duende es “este poder misterioso que todos sienten y ningún filósofo explica”. Así, hay duende cuando se produce ese choque de luces y sensaciones entre la obra creada y el espectador. Es el producto del chispazo del duende, el cual, como afirma Lorca, “hay que despertar en las últimas habitaciones de la sangre”, lo que emociona y conmociona.

En el caso del mundo del flamenco  percibimos que es una danza  de poco desplazamiento, de baile para adentro, de surco de la imaginación. Cito textualmente a Luis Rosales, quien, en su artículo “La Andalucía del Llanto”, comenta: “El andaluz no tiene sentido del desplazamiento y del viaje. El andaluz no necesita conocer el mundo porque se lo figura. No vive en medio de sensaciones, sino de ecos. Sus recuerdos más vivos son los recuerdos de la imaginación. Nadie, pues, más definitivamente solo. Su actitud frente a la vida consiste, por lo pronto, en irla evitando”.  Esta actitud que se deriva de esta concepción de la vida nos altera en cierto sentido el apego hacia el espectáculo, hacia el lucimiento exterior,  obligando al artista a dar lo mejor de sí mismo porque está interpretando, día a día, el magno teatro de su mismísima existencia, teñida en este caso  de la sincera  ulceración de la pena, el dolor de vida, el llanto de la propia huella.

Dice el autor Alfonso López Quintás que el artista se relaciona con su entorno creando un ámbito con todo lo que lo rodea. Reside, pues, en este ámbito la libertad de convertir las cosas en objetos de su atención, en materia de inspiración y conocimiento, estableciendo un acercamiento subjetivo, y, por ende, comprometido. De manera que somos nosotros mismos los llamados a posesionarnos de lo que vemos  para atesorar esas imágenes o vivencias y  verterlas luego en el lienzo de la creación.  No es artista, repito, quien desempeña  el oficio, sino quien toma la vida como un permanente estado creativo y aprende a encontrar belleza precisamente comprometiendo su ánimo con el mundo circundante. Si comprendemos  que, como nos agrega Rosales,    “antes de nacer existió la pena, y toda su vida, o mejor dicho, su desenvolvimiento vital, es irse replegando sobre sí mismo para incorporarse a la tierra”, tendremos claro el gran compromiso que asume el artista al abrazar el complejo mundo del arte flamenco y sus circunstancias, ya que debe transformar en ámbito toda su relación con este panorama vital para así lograr interpretarlo y vivirlo a cabalidad.

 

EROS, LOGOS y THANATOS

Las formas del movimiento son infinitas. Como los son las posibilidades del cuerpo humano. Se nace a la acción desde el óvulo primigenio y poco a poco nos desenvolvemos, nos desenrollamos al espacio exterior. Somos un núcleo en expansión. Parafraseando la Biblia, Serge Lifar decía: “en el principio era el ritmo”.  De ese golpe rítmico saca el origen de su danza neoclásica y configura toda una nueva concepción del ballet académico.

Si bien en el flamenco todo es ritmo y compás, “medía y compás”, para citar a Pericón de Cádiz, agrego que “en el principio era Eros.” Eros, acción del amor que da energía a la materia. “Existo, luego pienso”, una frase filosófica que pone de manifiesto el ombligo pasional del flamenco. Amor es la fragua donde se forja el movimiento y se distiende la palabra. Es el amor que ensancha el verbo y mueve la entraña del querer, filtro por donde pasa la acción.  De aquí nacen las coplas, el silencio del quejío, el espanto del ayeo, el dolor del abandono, la cruda realidad del relato. Es Eros, amor, quien lanza en ristre y quijotescamente empuña el brazo y pone en marcha el vasto mundo de la comunicación. Es por esto que el cante, la guitarra y el baile de pronto se funden en un solo grito de amor herido para poder iniciar el trágico ritual del flamenco. La lucha entre el cante y el llanto ha iniciado; los acompaña también el baile. De pronto todos participan, y todos son uno y uno son todos. Solemne trinidad cuyo misterio se devela en ese instante. La guitarra expulsa dolorosamente las notas que los dedos del tocaor crean con las yemas enardecidas y los pulgares en pie de guerra. Ya el grito se ha escuchado.

Salta entonces, en energía contenida, la lucha encarnizada entre eros y logos. “Quiero ser y no quiero ser”, nos decía don Miguel de Unamuno. De la cintura para arriba, el alado logos piensa y vuela su desdicha. Cintura abajo, eros encarnizado golpea sensualmente la entraña de la tierra y hunde furiosamente el tacón en su tiniebla.

¿Es posible reunir estos contrastes? ¿Cómo balancear en el movimiento sentimientos tan encontrados y manifestarlos airosamente? He aquí la gran incógnita de una forma dancística tan contrastante, tan diferentemente armónica y tan magníficamente devastadora a la vez. Es esta la tremenda revelación de la armonía en el contraste, de la lucha entre los opuestos, de la búsqueda de una lógica sinrazón en el arte. Quien no logra comprender que el acto flamenco es una encarnizada batalla entre eros y logos, está distante de apreciar el drama que este arte encierra.

La enseñanza del ballet académico, cuya trayectoria podemos historiar desde las cortes de Catalina de Medici en el Siglo XIV, tiene ya una escuela estructurada. Sus pasos no solamente están registrados todos en un método formal, sino que la línea de movimiento es totalmente armónica y no se interrumpe ni se quiebra. En el flamenco, por el contrario, la línea es quebradiza y caprichosa. En su fragilidad reside su fuerza. Se avanza en una dirección  y de pronto el cuerpo se arquea o gira en dirección contraria.

Coincide esta actitud con el temperamento sincero, directo y rotundo del alma española. Se viene enfrentando la vida día con día. Se baila contra el toro de la propia existencia. Se desvive y se muere paso a paso, con la hidálguica locura del caballero valerosamente de pie. Son los mismos conquistadores que quemaron sus barcos veleros en las costas mexicanas arriesgando su vida con Hernán Cortés, y que conservan hasta hoy ese arrojo existencial que los define.

Las manifestaciones del amor en la copla flamenca varían desde el temor a perder el ser amado porque está próximo a morir, hasta el doloroso recuerdo de la madre muerta en el hospital. Este grito se da más allá en la trágica entonación del ayeo y la voz quebrada del cantaor, que en la forma literaria del verso. El idioma del flamenco es sentido y directo, conciso e incisivo.  El dolor por el amor perdido lleva no solamente su expresión en la copla, sino que la música refuerza el aire amargo de sus notas. Tanto la Soleá como el Tiento, el Tango como el Fandango, y muchos palos más, encierran la melancólica presencia de Eros. Recuperado o perdido, está latente en la pena que bien cantó Antonio Machado: “Tengo una pena tan grande, que yo no tengo la pena, la pena me tiene a mí”.

Thanatos se vivifica  en la máxima elegía de García Lorca “Llanto por Ignacio Sánchez”, poema que describe la muerte del torero, el llanto del cantor, el recuerdo de su presencia y la aceptación de la ausencia. En su obra “Sobre el amor y la resurrección”, nos describe Félix Grande la presencia vertical del torero, quien enfrenta su destino contra el  toro de la desolación, en la negritud de su propia muerte. Es esa valentía de pie la misma del amante, quien sabe que entra al ruedo del amor ya casi muriendo. El torero de García  Lorca muere sin remedio a las cinco de la tarde. El amante citado por Félix Grande  ama desnaciendo y conoce el irremediable final. Suena el toque de queda. A las cinco de la tarde de Ignacio Sánchez, de Federico García, del homónimo de Félix Grande, de nuestra pequeña humanidad, suena la inquebrantable campana del desamparo. La soledad se hace presente para entronizar el reino de la muerte y su irreconciliable sentencia.

La sencilla realidad de la copla canta la desnudez de la situación sin apelación: “Aquellos ojitos negros/los van a prender mañana/y tú que negros los tienes/échate un velo a la cara”.

La Seguiriya es la continuidad del sollozo hecha cante y hecha baile. Es este palo del flamenco uno de los más representativos de la existencia humana. Es un cante sin salida, todo muerte, un baile sin solución. El espíritu hispánico rotundo y sombrío, vehemente y pasional, no desiste ante el enfrentamiento total de la persona con su destino. Salta entonces desde el profundo dolor de amor y dolor de muerte la esperanza de la resurrección. Es entonces cuando la bailaora alza los brazos y hace encajes en el aire. Logra así combatir el amor, en una batalla sin fin que reinicia su lucha en la próxima danza. De esta forma, eros, logos y thanatos están presentes en este ancestral dilema que sustenta el mundo del flamenco.

 

LA SONORA LIBERTAD

Dice Félix Grande en su Agenda Flamenca que García Lorca intuyó, más que conoció, la infraestructura del flamenco, y en su genialidad literaria produjo, entre otros, el renombrado documento “El Cante Jondo”. El peso de  la intuición como sexto sentido es producto de una extraordinaria sensibilidad predestinada para ver lo oculto, para percibir los silencios del alma. Es hijo de horas luz en soledades y pensamientos. Las profundas quejas y lamentos de la copla cantada son la maduración de la angustia contenida en la garganta y el ayeo del alma. El cantaor recoge de su memoria genética todo el dolor y la persecución gitana de siglos, para formar un desgarre contenido en lo que llamamos cante jondo. Tanto desasosiego quebranta la paz y pone en pie de guerra el ánimo. Es por eso que durante tanto tiempo ha sido considerado el flamenco cosa de gente baja y taberna candilera.

Sin embargo, esta circunstancia produjo enorme belleza en el cante, el baile y la guitarra. Pareciera que el hombre situado en la extrema  pobreza existencial logra sobrevivir a base de exteriorizar el dolor, muchas veces convertido en arte.

La soberana libertad en que ha vivido, huyendo de la persecución, aceptando el calabozo y el desengaño social, lo convirtieron en un paria cuyo único soporte es el cielo estrellado que lo cobija. Hijos predilectos del anarquismo, en su desobediencia reside su fortaleza. Sonora libertad que los protege.

Es por esto que el flamenco se vive porque sí. Cada uno lo asume como un guante en la mano alerta: no será nunca un arte inerme, sino pasional, no será dependiente sino totalmente libre y conmocionado. Su filosofía se presta a muchas interpretaciones, desde el auténtico dolor de vida hasta el profundo camino de la droga y la mediocridad. La elección personal es nuestra, pero no podemos afirmar que sea un derecho del artista o del buen conocedor asumir la pose pseudo importante de la destrucción.

Muy cercanos a las fibras últimas del corazón, anarquistas o no, cargan sobre sus espaldas un arte supremo con el cual pueden continuar siendo “la sal de la vida” y trayendo consuelo a tantas soledades transitando por este mundo que tanto amamos y a tanta vida que continuamos sin comprender. La aceptación de esta realidad será nuestro sello y el paso que forje nuestro surco.

(1) Félix Grande, Lorca y el Flamenco, Ed. Mondadori

Mis surcos flamencos : memoria / Damaris Fernández Pinto
San José  2009.

 



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