Damaris Fernández: Por Peteneras

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Damaris Fernández Pinto

(Divagaciones en torno a la Petenera)

Aquel pintor, hombre de fuego, mitad demonio o Lázaro incierto, con los cuchillos del alba había plasmado un rostro cobrizo para pintar la pena, y la llamó Petenera.

El artista no había reunido solamente las líneas de su magistral pincel, sino que había creado una sutil secuencia entre el dolor y la gracia, aquel arte de dibujar con belleza lo grotesco, todo aquello que por sórdido no queremos tolerar. Así, su retrato era hermoso e hiriente, dulce y áspero, una llamada de atención para no desatender lo agridulce de la vida.

Aún no terminaba de sorprenderme el diestro pincel de su mágica paleta, pinturera y maliciosa, a veces satánica y agorera, como esas aves que presagian con su vuelo el advenimiento del destino humano, inefable y cierto como la mano del verdugo en su destello final. Y la Petenera destilaba mal presagio, lo dice la leyenda, lo canta el trovador.

Mirarla solo una vez y sentir el escalofrío. Su retrato era un grito contenido, un estallido de líneas que se entrecruzan, hasta formar el río por donde corre el recuerdo.

Porque el dolor es tránsito obligatorio

y establece morada en

los resquicios del alma

la Petenera es y no es. Mujer y esfinge. Sus ojos van más allá de la pregunta y del agotamiento. Instalada para siempre en la añoranza, nos mira compasiva y profunda, y ni ella ni nosotros encontramos explicación a tanto desvelo. La Petenera se compadece de sí misma y de la miseria humana, sabiendo que nuestra condición no tiene regreso: estamos destinados a continuar el camino.

¡Ay! Cuchillitos del alma

en soledad convertidos…

la Petenera está sola, irremediablemente sola. Sabe que la soledad se le ha colado por las esquinas y yace, íngrima, en los recodos del llanto. Es su anfitriona y su apoyo. Con ella dialoga, en su mutismo reposa. Ella ha vivido el abandono y el encuentro, la guerra y la paz, el amor y el desamor. Pertenece a esos seres de fiera reciedumbre, que no encontraron respuesta a lo inexplicable. Han aprendido que la soledad es cómplice de nuestra única existencia al nacer y al morir.

Sus labios desconocen la alegría, igualmente la tristeza. Se diría que están desdibujados, y sin embargo muchas líneas convergen aquí, como forzando el ayeo, ese clamor que se pierde en su garganta, ahora estéril y desierta. Porque la palabra puede desdecirse, como la hiel en la boca amarga.

Te miro y  no sé por dónde

tus ojos se me avecinan

tan despacio y tan callando…

la Petenera no sabe mirar, ni reír, ni cantar. Mujer de mala suerte, nombre maldito y triste. ¿Cómo decirle a ella que su única armonía es el cante que lleva su nombre? ¿Adónde quedó grabada su estirpe gitana?

Voz de la desesperanza, rostro de pueblo lejano, en alguna  parte oculto. Mujer-leyenda, esclava-sultana sujeta a su propio llanto, reina de su mismo sino.

 

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