Daniel Gros: Estados Unidos debe aceptar el ascenso de China

Estados Unidos está obsesionado por el espectro de una China tecnológicamente dominante, y está ansioso por asegurarse de que nunca se materialice. Y, sin embargo, dados los fundamentos de China, es poco lo que Estados Unidos podría hacer para obstaculizar, y mucho menos detener, su progreso.

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Daniel Gros

BERLÍN – Las elecciones tienden a poner las diferencias en primer plano. Eso es ciertamente válido para las recientes elecciones presidenciales de Estados Unidos, en las que aún se están contando los votos. Dichas elecciones se encuentran entre las pugnas electorales más reñidamente disputadas en la historia del país, y su resultado tendrá profundas implicaciones con respecto a muchos aspectos de las políticas estadounidenses. Pero, sin embargo, existe un tema en el que ambos partidos parecen estar de acuerdo: la necesidad de “detener” a China.
El gobierno de Estados Unidos – y, de manera creciente, la Comisión Europea – hoy en día cree, en gran medida, que China ha logrado sus ganancias económicas y tecnológicas de manera injusta, gracias a la influencia penetrante de su gobierno sobre la economía. Los geo-estrategas a menudo impulsan esta visión, imaginando que un gobierno puede alcanzar la superioridad tecnológica invirtiendo en los sectores de moda del momento.
Pero un análisis más exhaustivo muestra que esto es, en el mejor de los casos, engañoso. Los más “exitosos” planes de desarrollo económico a gran escala suelen ir en consonancia con la evolución, centrándose en su mayoría en objetivos que, dados los fundamentos de la economía, se alcanzarían de todos modos. Por lo tanto, cuando se cumplen dichos objetivos resulta inapropiado atribuir su éxito a una intervención estatal.
Japón ofrece un relato aleccionador en este punto. Durante su crecimiento posterior al año 1945, en las décadas de 1970 y 1980, el Ministerio de Comercio Internacional e Industria (MITI) adquirió una reputación mundial casi mítica por el aparente éxito de sus esfuerzos por canalizar recursos hacia sectores estratégicos. Se aconsejó a muchos países que emularan su modelo.
Pero en la década de 1980, la burbuja inmobiliaria de Japón estalló y el crecimiento se redujo significativamente. Al fin de cuentas, lo que se puedo apreciar fue que muchos de los sectores que el MITI apoyaba, en los hechos, no habían tenido éxito. Lo que realmente había impulsado el crecimiento del Japón no fueron los auspicios del MITI, sino una elevada tasa de ahorro y el rápido aumento del nivel de educación de una fuerza de trabajo disciplinada, factores muy similares a los que han venido impulsado el desarrollo de China.
Hasta hace muy poco, los líderes de China parecían comprender los límites de la intervención estatal. De hecho, el consejo general emitido por el Partido Comunista de China a las autoridades fue que redujeran la participación del Estado en la economía, debido a que las empresas de propiedad estatal (EPE) generalmente siguen siendo mucho menos eficientes que las empresas privadas, y sólo alrededor de un tercio de dichas EPE son rentables.
Y, si bien, las empresas estatales siguen obteniendo resultados inferiores a los de las empresas privadas, los líderes de China han cambiado radicalmente sus opiniones sobre la intervención. Ahora, la opinión generalizada es que el país debe su progreso – y, de hecho, su emergente dominio mundial – a la mano rectora del Estado en algunos sectores de alta tecnología.
Sin embargo, el verdadero motor del éxito de China es su elevada tasa de ahorro: casi el 40 por ciento, es decir, más del doble de la de Estados Unidos y Europa Esto le da a China enormes recursos para invertir en el establecimiento de los fundamentos del liderazgo tecnológico. En particular, el país ha realizado enormes inversiones para mejorar tanto la cantidad como la calidad de la educación.
En cuanto a la educación secundaria, China ya ha alcanzado a Occidente con respecto al nivel de asistencia. Y, las pruebas realizadas por el Programa de Evaluación Internacional de Estudiantes de la OCDE sugieren que los estudiantes de secundaria chinos son mucho mejores para resolver problemas que sus pares estadounidenses o europeos.
Además, la educación terciaria, la verdadera clave del liderazgo tecnológico, se ha disparado en China durante las últimas dos décadas. Según la Fundación Nacional de Ciencias de Estados Unidos, China hoy en día produce más del doble de ingenieros y más publicaciones científicas e ingenieriles revisadas por pares que Estados Unidos. De manera similar, ha superado a la Unión Europea en gasto en investigación y desarrollo, y según las tendencias actuales, debería alcanzar a Estados Unidos durante la próxima década (algunos piensan que ya lo ha hecho).
Estados Unidos está obsesionado por el espectro de una China tecnológicamente dominante, y está ansioso por cerciorarse de que eso nunca se materialice. Y, no obstante, dados los principios de China, es poco lo que Estados Unidos podría hacer para obstaculizar, y mucho menos detener, su progreso. Huawei es sólo una muestra entre las empresas que han aprovechado el grupo de millones de ingenieros de China para desarrollar nuevos productos. Incluso si Estados Unidos logra destruir a Huawei, muchas otras empresas chinas de alta tecnología están destinadas a surgir, impulsadas por el mismo talento.
La denominada estrategia de doble circulación que está destinada a configurar el próximo Plan Quinquenal de China se encuentra perfectamente en línea con los principios antes mencionados. A medida que la economía de China crece, naturalmente dependiente menos de las exportaciones y sus ingenieros recién formados dominarán un número creciente de tecnologías. En otras palabras, los planes del gobierno para los próximos años probablemente se materializarán, incluso sin la intervención del Estado.
Por el contrario, la estrategia estadounidense, que comienza con un “desvinculación” económica de China, tiene pocas posibilidades de éxito. Sin duda, la desvinculación propiamente dicha podría ser factible. Pero también sería contraproducente.
El comercio siempre implica una dependencia bidireccional. Y, si bien a Estados Unidos le podría gustar la idea de verse “liberado” de China al cortar los lazos comerciales, pagaría un alto costo por “liberar” a China de ello. Cerrar el mercado estadounidense a los proveedores chinos ofrece un subsidio implícito a los productores cuyos costos son más elevados. En última instancia, el efecto de reducir el comercio bilateral sería equivalente al de los aranceles fallidos de Trump contra China: un impuesto implícito a los consumidores estadounidenses.
Y, ¿para qué hacer esto? Limitar el acceso de China a algunas tecnologías clave de Estados Unidos podría marcar una diferencia en el corto plazo, pero es poco probable que disminuya apreciablemente la velocidad del desarrollo de China. La magnitud de los recursos humanos y financieros que China desplegará en la próxima década significa que está bien posicionada para dominar muchos sectores de alta tecnología, con o sin insumos estadounidenses.
La conclusión es clara: la próxima administración estadounidense deberá aceptar el continuo ascenso económico y tecnológico de China. Puede que no le guste la idea de que China supere a Estados Unidos, un hito que probablemente se alcanzará en la próxima década; sin embargo, mayores intentos dirigidos a evitar ese resultado no sólo serían inútiles, sino también muy costosos.
Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos

 


Daniel Gros

Daniel Gros es Director del Centro de Estudios de Política Europea. 

Copyright: Project Syndicate, 2019.
www.project-syndicate.org

 

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