Daniel Gros: Las raíces económicas de la debacle afgana

Afghanistan experienced rapid economic growth in the decade following the US invasion and the ouster of the Taliban. But the subsequent stagnation of living standards – rooted in the failure to build a self-sustaining domestic economy – made unrest all but inevitable.

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Daniel Gros

BRUSELAS – La construcción de nación ha fracasado manifiestamente en Afganistán. Daron Acemoglu del MIT ha dilucidado una importante razón: Occidente adoptó un enfoque de arriba hacia abajo para establecer instituciones estatales, a pesar de que Afganistán es una “sociedad profundamente heterogénea organizada en torno a las costumbres y normas locales”. No obstante, los factores económicos también desempeñaron un papel fundamental.
Afganistán es extremadamente pobre, con un ingreso per cápita anual de alrededor de 500 dólares estadounidenses (en dólares de la actualidad), una centésima parte del ingreso anual per cápita en Estados Unidos. Sin embargo, el verdadero problema no es el nivel de ingresos del Afganistán, sino su tasa de cambio. La literatura sobre revoluciones y disturbios civiles sugiere que un alto crecimiento estabiliza la política de un país, independientemente de si el país es rico o pobre (o, si es democrático o no).
En otras palabras, el rápido crecimiento ayuda a tapar los conflictos. Pero también crea expectativas de mejoras continuas en las condiciones de vida. Si estas expectativas no se cumplen, por ejemplo porque el crecimiento se desacelera o se invierte, es probable que se produzcan disturbios.
Afganistán se ajusta a este patrón. El país experimentó un rápido crecimiento hasta aproximadamente el período 2011-12, momento en el que se produjo el estancamiento. Pero, para entender la magnitud de este retroceso y su impacto en los niveles de vida, uno debe mirar más allá de los indicadores económicos tradicionales. Debe darse, por ejemplo, una mirada a las importaciones y el consumo de energía como porcentajes del PIB.
Esto se debe a que la economía de Afganistán está profundamente desequilibrada. Es una economía que apenas produce alimentos para satisfacer sus propias necesidades, y prácticamente no cuenta con fabricación nacional. Todo el consumo interno (de bienes industriales) depende, por lo tanto, de las importaciones, que se financian casi exclusivamente con transferencias al extranjero (y posiblemente con dineros provenientes del comercio de la heroína, que no aparecen en las estadísticas oficiales).
Las importaciones representan un gasto, no un valor añadido o un PIB. El “valor agregado” que aparece en las estadísticas del PIB se crea cuando los comerciantes o “dueños de bazares” revenden importaciones, por ejemplo, revenden un cargamento de petróleo o teléfonos celulares, a precios más altos de los que se deberían pagar. Si el precio se ha inflado artificialmente, el PIB reflejará mayormente la corrupción, y reflejará en menor grado el verdadero valor económico agregado, a pesar de que los bienes importados siguen siendo útiles para el consumidor. Dentro de este contexto, las importaciones son la mejor métrica, o, mejor dicho son la métrica menos imperfecta, que se tiene a disposición para estimar el consumo interno.
En este sentido, Afganistán experimentó un auge extraordinario en la década posterior a la caída del primer régimen talibán en el año 2001, y las importaciones crecieron, multiplicándose casi por diez. Pero, desde el período 2011-12, el crecimiento de las importaciones se estancó, a pesar de que la población siguió creciendo. Esto implica un descenso del nivel de vida y un creciente descontento.
El consumo de energía presenta un panorama similar. El acceso a la electricidad se ha disparado en los últimos 20 años, pasando del 20% (lo que significa que las zonas rurales no tenían nada de electricidad) en 2001 a más del 95% en la actualidad. Sin embargo, este crecimiento se ha estancado en los últimos años. Sin duda, con un porcentaje cercano al 100%, es poco lo que se puede mejorar, pero hay otro problema: la mayor parte de la energía eléctrica de Afganistán (alrededor de cuatro quintas partes del consumo) es importada. Esto implica que los países vecinos (principalmente Uzbekistán) tienen influencia sobre el nuevo gobierno del país.
Un aumento continuo de las transferencias provenientes del exterior puede sosegar a la población local. Pero Estados Unidos no estaba dispuesto a seguir aumentando los fondos para mantener los niveles de consumo necesarios en Afganistán. El gasto civil sólo llegó a representar una pequeña fracción del gasto militar. Y aun así, no podía seguir aumentando por siempre.
Para el nuevo régimen, mantener el flujo de importaciones será vital. Algunos han especulado que esto le dará a Estados Unidos cierta influencia, ya que este país podría negarse a seguir desembolsando ayuda. Pero, si bien las sumas involucradas son sustanciales (el país necesita unos 10.000 millones de dólares al año), otras potencias mundiales podrían desembolsarlas fácilmente.
Para China, lanzar a Afganistán un salvavidas costaría una fracción insignificante de sus reservas. Incluso Rusia o Arabia Saudita podrían darse el lujo de contribuir en una escala considerable. Es poco probable que estos donantes se preocupen, por ejemplo, por mantener el acceso a la educación y al empleo para las niñas y mujeres. Teniendo esto en cuenta, la capacidad de Estados Unidos (o, aquella de las instituciones financieras occidentales, como el Fondo Monetario Internacional) para influir en un gobierno afgano controlado por los talibanes podría verse seriamente limitada.
Por supuesto, Afganistán no es el único país donde tales dinámicas están en funcionamiento. Por ejemplo, en muchas partes de África la creciente presencia de China ha hecho que vincular la ayuda financiera al respeto de los derechos humanos también sea mucho más difícil lograrse. Esto pone de relieve la creciente dificultad que se enfrenta cuando se desea promover “valores occidentales” en un mundo poblado por rivales no occidentales con bolsillos muy adinerados.
Los observadores coinciden en que la corrupción endémica desempeñó un papel importante en la caída del gobierno afgano. Esto llevó a muchos a argumentar que los talibanes no hubieran conseguido recuperar el control del país si Estados Unidos habría erradicado la corrupción.
Pero eso podría ser una quimera. Cuando un país no produce nada por sí mismo, y casi todos los recursos a disposición de sus consumidores llegan en forma de transferencias desde el extranjero, mantener un nivel bajo de corrupción se torna en algo casi imposible. Hay muy pocos países que se encuentren en la misma situación en la que se encuentra Afganistán que rompen con ese patrón.
Una manera de evitar o minimizar la corrupción endémica podría haber sido permitir que las ONG distribuyeran más ayuda externa. Sin embargo, las prioridades de tales ONG, como el equilibrio de género y el crecimiento verde, habrían chocado con las de los agentes de poder locales dominantes, creándose por lo tanto otros problemas políticos.
Construir una economía auto-sostenible es tan difícil como construir instituciones estatales. La ayuda exterior puede financiar algunas infraestructuras y mantener el nivel de vida de la población. Pero cuando la ayuda se convierte en la principal fuente de ingresos de un país, fomenta de manera superlativa la corrupción y la búsqueda de rentas, por lo que la población se beneficia poco; y, en última instancia, podría preferir tener un régimen nuevo o volver a uno antiguo.
Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos

Copyright: Project Syndicate, 2021.
www.project-syndicate.org

 


Daniel Gros

Daniel Gros is a member of the board and a distinguished fellow at the Centre for European Policy Studies.

 

 

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