Daniel Taub, Abogado internacionalista, Ex embajador de Israel en Reino Unido.

Con demasiada frecuencia el asesinato de personas comienza con el asesinato del lenguaje. El malvado proceso que condujo al Holocausto Nazi comenzó con un ataque a las palabras. Las deportaciones a campos de concentración fueron calificadas de “reasentamiento”, las cámaras de gas de “duchas” y el diabólico proyecto de aniquilar a todo un pueblo fue tildado de “solución final”. Los eufemismos que llevaron a vaciar el lenguaje de su simple significado fueron fundamentales para hacer posible lo impensable.

Fue en respuesta a este intento deliberado de neutralizar el lenguaje que un joven abogado polaco, Raphael Lemkin, sugirió que se necesitaba un nuevo término legal para describir categóricamente la atrocidad más grave que pudiera imaginarse, una que, en el lenguaje de las Naciones Unidas “conmociona la conciencia de la humanidad”. El término propuesto que fue adoptado por la comunidad internacional, fue el de crimen de genocidio.

Por lo tanto, es aún más impactante que, en la memoria viva de las atrocidades que dieron origen al término genocidio, seamos testigos de un intento cínico de pervertir el significado de la palabra misma.

La reciente solicitud ante la Corte Internacional de Justicia alegando genocidio por parte de Israel es precisamente un esfuerzo de ese tipo.

De hecho, el término “genocidio” es relevante para el conflicto actual. Las indescriptibles atrocidades perpetradas por Hamás el 7 de octubre, incluido el asesinato, la tortura, la violación y la mutilación de 1.200 israelíes y la toma de más de 240 rehenes, fueron en realidad actos en la ruta de una agenda genocida.

Hamás, cuyos estatutos exigen el asesinato de judíos en todas partes, no sólo celebró el asesinato de cada víctima, filmando exultantemente y haciendo circular las atrocidades, sino que su plan era avanzar aún más en territorio israelí, asesinando a todos los que se encontraban en su camino. Desde entonces, los líderes de Hamás han insistido con orgullo en que su intención y esperanza es cometer las atrocidades del 7 de octubre “una y otra y otra vez”.

Ningún Estado permanecería pasivo ante ataques tan bárbaros y una intención declarada de repetirlos. Ningún Estado permanecería inactivo mientras más de 130 rehenes, entre ellos niños, enfermos y ancianos, todavía están cautivos en manos de terroristas. Sin embargo, en el proceso actual no se acusa a Hamás de genocidio por sus masacres, sino a Israel por defenderse.

Enfrentar la infraestructura terrorista en Gaza está plagado de dilemas insoportables. En los últimos 16 años, desde que Hamás tomó el control ha creado una realidad inimaginablemente horrible. No sólo el lenguaje ha sido despojado de significado, sino que tampoco se ha salvado nada sagrado. Los hospitales no son hospitales, las escuelas no son escuelas y las mezquitas no son mezquitas. Más bien, sirven de camuflaje y cobertura para lanzadores de misiles y almacenes de armas. Los terroristas emergen de túneles debajo de las camas de los niños y se refugian en hospitales, hombres armados disparan desde el interior de las escuelas, se reproducen grabaciones de bebés llorando para atraer a las fuerzas israelíes a trampas mortales.

Bajo estas horrorosas condiciones, Israel hace esfuerzos extraordinarios para minimizar el daño causado a las vidas de los civiles palestinos que Hamás desdeña. Estos esfuerzos incluyen cientos de miles de mensajes y llamadas telefónicas instando a los civiles a evacuar las zonas de atrincheramiento terrorista y abortando ataques donde es probable que haya víctimas desproporcionadas de no combatientes. Los ejércitos occidentales han reconocido que muchas de las medidas adoptadas por Israel podrían no ser tomadas por ellos en circunstancias similares.

Hamás no sería capaz de avanzar en la grotesca inversión en la que las acciones de Israel para defenderse se encuadran como “genocidio” mientras sus propios actos de asesinato, violación y secuestro se ignoran o incluso se celebran, sin la complicidad de socios dispuestos. Lamentablemente, Sudáfrica ha dado un paso adelante con entusiasmo para desempeñar este papel.

El entusiasmo de Sudáfrica por presentar el caso de genocidio contra Israel tiene poco que ver con el sufrimiento de los palestinos. Nunca ha alzado la voz en relación con el asesinato de decenas de miles de palestinos en Siria, ni tampoco con su persecución por parte de Hamás en Gaza. Tampoco es una respuesta a los acontecimientos recientes. Ya en 2007, Sudáfrica invitó a una delegación de Hamás a una visita oficial. Ha acogido a líderes terroristas de Hamas, del mismo modo que acogió a Omar Al Bashir tras su acusación por la comisión de genocidio en Darfur.

El 8 de octubre, el día después de las peores atrocidades cometidas contra el pueblo judío desde el Holocausto, los líderes sudafricanos llamaron a los altos dirigentes de Hamás para expresar su solidaridad y, antes de que Israel hubiera siquiera comenzado a defenderse, culparon a Israel de la “nueva conflagración”.

Lejos de estar motivada por alguna preocupación humanitaria, la iniciativa sudafricana es un intento descarado de convertir en arma un término acuñado para describir el peor crimen cometido contra el propio pueblo judío y utilizarlo contra el Estado judío para privarlo de la capacidad de defenderse así mismo.

Setenta y cinco años después de la adopción de la convención sobre el genocidio todavía hay sobrevivientes del Holocausto entre nosotros. Una de ellas, Yaffa Adar, vivió los horrores de la Shoá y ahora es madre de tres hijos, abuela de ocho y bisabuela de siete. Fue secuestrada el 7 de octubre y pasó 49 días en el brutal cautiverio de Hamás. Su nieto mayor, Tamir Adar, padre de dos hijos, sigue en manos de Hamás.

Después de todo lo que ha pasado Yaffa, en el Holocausto hace 78 años y a manos de Hamás hoy, es difícil imaginar que tenga que ser testigo de un intento grotesco de convertir en arma el crimen del genocidio en sí.