Leonardo Stanley/Latinoamérica21

Como todos los años, del 15 al 19 de enero Davos congregará a los principales empresarios y CEOs. Dicho evento convoca también a representantes políticos de todo el mundo, incluido el presidente argentino, Javier Milei. Suiza, donde queda este exclusivo resort alpino, resulta fuertemente afectada por el calentamiento global. Con temperaturas que ya superan los 2ºC de promedio global, muchos de los centros de esquí se están quedando sin nieve. Dicho fenómeno, por cierto, no resulta desconocido por los organizadores, ni desapercibido entre los participantes.

Tal como viene ocurriendo en los últimos años, el último informe de riesgo global que anualmente emite el Foro Económico Global destaca la problemática ambiental. La emergencia climática, así como la pérdida de biodiversidad, ocupa un rol central. En opinión de los entrevistados, el futuro del mundo se muestra sombrío, una oscuridad que reconoce múltiples causas (conflictos bélicos, disputas geopolíticas, eventos extremos, temperaturas en ascenso, grandes desplazamientos de población, descontento social, inteligencia artificial y diseminación de noticias falsas). Ello genera preocupación, tanto entre los empresarios como en aquellos que ocupan lugares públicos. Tal situación obliga también a repensar la economía, a revisitar los principales conceptos que cimentan la toma de decisiones.

Si las decisiones de inversión solo se centran en la eficiencia, de seguro estaremos en problemas. En un contexto signado por múltiples crisis, a menudo interrelacionadas, donde predomina la incertidumbre radical, frente a condiciones extraordinarias la idea de resiliencia adquiere protagonismo, y la primacía de la eficiencia induce decisiones erróneas.

La resiliencia se convierte en una de las virtudes de los sistemas complejos, los cuales priorizan el espacio para el aprendizaje y la adaptación. La presencia de incertidumbre plantea la necesidad de fortalecer el sistema; la experimentación y el error son admitidos. Ello se contrapone con la visión económica tradicional, la cual otorga a la eficiencia el lugar destacado. No menos importante es la visión de corto plazo imperante en la actualidad, de alcance estrecho, que prioriza la ganancia inmediata e impide la búsqueda de consensos.

Cuando observamos las propuestas ambientales del nuevo gobierno argentino, nos damos cuenta de cuán alejados están nuestros líderes de las discusiones que se dan en el mundo. La agenda de Davos está contaminada de socialismo, tal el pensamiento del máximo representante argentino: la extrema derecha en el poder. Pero dicho reclamo no surge en el vacío, representa el pensar de las principales entidades empresarias del país, reclamando derogar (glaciares, bosques) o bloquear la sanción de leyes (humedales). El oscurantismo del gobierno se alía con el cortoplacismo del “círculo rojo”, una nueva alianza que desconoce el momento crítico que atraviesa la sociedad actual.

Resiliencia en la toma de decisiones

La resiliencia garantiza el hacer frente a imprevistos, los cuales surgen en toda sociedad compleja: capear los riesgos que impone el avenir. El soportar profundas turbulencias, sobrevivir a los choques y garantizar la continuidad de sus funciones más básicas se ha revelado y reafirmado como fundamental. Estos choques generan perturbaciones, desastres naturales con consecuencias sobre la vida humana tanto como sobre la economía. Cualquiera sea el desastre, afecta a los stocks (pérdidas de activos) tanto como en los flujos (reduce el producto). La resiliencia implica también reconocer los límites del planeta, lo cual explica la necesidad de proteger los glaciares o preservar los bosques nativos.

Invertir en resiliencia impone costos en el corto plazo, lo cual socaba las (coyunturales) ganancias. A mediano plazo, sin embargo, los beneficios que generan estas inversiones superan largamente a los costos. Tal es la conclusión que destaca un informe de la consultora McKinsey para el Foro Económico Global, que reseña experiencias tanto públicas como privadas. Para unos como para otros, considerar aspectos de resiliencia implica sopesar el largo plazo al momento de la toma de decisiones. Tales consideraciones, sin embargo, resultan a menudo relegadas en economías emergentes porque tal inclusión presiona sobre las finanzas públicas: implica mayor endeudamiento.

Resiliencia y contrato social

La gran diversidad que evidencia toda sociedad implica que, ante un desastre natural, determinados grupos se verán más afectados que otros. Ello no significa que la ciudadanía resulta indefensa ante situaciones extremas como las aquí planteadas, al menos no necesariamente. Aquellas sociedades que exhiben sistemas de protección social resultan mejor preparadas para hacer frente a una crisis que las que no lo están. Toda red de contención tiende a proteger a los más vulnerables, se entiende como un mecanismo de compartir riesgos. Así considerada, la idea de resiliencia no solo se vincula al concepto de robustez y adaptación sino también a la capacidad de transformación. En un mundo signado por eventos extremos, la resiliencia institucional deviene clave.

Por ello la importancia de la búsqueda de consensos y la construcción institucional: la prevención ayuda a confrontar los más diversos riesgos, reduce la incertidumbre. Si las reglas no resultan impuestas, sino que resultan consensuadas y sujetas a cambio, entonces es más probable que el sistema resulte más robusto. El informe previamente mencionado destaca el riesgo de un aumento de la polarización y su potencial impacto en el deterioro económico.

Debemos mirar al futuro, pero ya no con las anteojeras del pasado y la mirada estrecha del presente. Un sistema resiliente no es aquel que vuelve a la normalidad después de un shock, sino uno que puede anticipar, absorber, recuperarse y adaptarse a un variado conjunto de amenazas sistémicas. Al confrontar la incertidumbre que nos depara el futuro, los desafíos abundan, aunque ayuda a comprender la sociedad actual, en la cual conviven intereses, valores y visiones distintas.

El problema de la resiliencia se asocia a tópicos, tales como el establecer reglas que resulten lo suficientemente flexibles para responder a la incertidumbre y los cambios inesperados, pero al mismo tiempo duraderas, en el sentido de recrear un ámbito institucionalmente creíble en el que la gente pueda confiar. Lo anterior plantea la importancia del contrato social, entendido como un mecanismo que resulta reconocido por los distintos sectores de la sociedad que permite hacer frente a los desafíos y riesgos que confrontan. Dicho contrato resultará resiliente si permite imponer límites a la difusión de externalidades negativas por parte de unos sobre otros, pero, por otro lado, asegurar a la sociedad frente a riesgos externos. De esta forma, las normas sociales destacan el sentido de pertenencia, brindan sentimiento comunitario. Dicha identidad resulta crucial, algo crítico para mantener la cohesión de una sociedad.

Caso contrario, de seguir avanzando sobre los límites del planeta, de alcanzarse los “puntos de quiebre” podría ocurrir que la adaptación no baste. De la resiliencia pasamos al desastre. Y, a medida que nos acercamos al punto de quiebre (asociado también con la idea de “punto de no retorno”), cuanto más cercano se percibe el desastre mayor la percepción del “sálvese quien pueda” que reina en vastos sectores de la sociedad.

Leonardo Stanley es investigador Asociado del Centro de Estudios de Estado y Sociedad – CEDES (Buenos Aires). Autor de “Latin America Global Insertion, Energy Transition, and Sustainable Development”, Cambridge University Press, 2020.
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Por Latinoamerica 21

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