De liberalismo progresista y otras hierbas

Resumiendo, el progresismo es en su esencia un concepto liberal y los datos demuestran que las ideas de izquierda nunca han resultado en progreso sostenido. Por eso soy liberal progresista, ni conservador ni de izquierdas, liberal de centro y esto me trae, para ir concluyendo, al tema inicial.

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Eli FeinzaigEconomista.

Desde la izquierda caviar acaudalada nos dicen que la única forma consecuente de ser liberal es ser de izquierda. Desde la derecha chovinista nos espetan que la única forma de ser liberal es ser conservador. Semejante derroche de neuronas es llamativo. El liberalismo, carente de éxito electoral en Costa Rica desde hace aproximadamente un siglo, está hoy tan en boga, que izquierda y derecha quieren apropiárselo. ¿Expropiarlo? Si pudieran, sospecho, lo harían.
Cuando hablamos de liberalismo progresista, es natural que se presente algún grado de confusión, siendo que ambos términos han sido percibidos durante muchos años como antagónicos. Pero no lo son, y no lo son en muchos niveles.
El progresismo -no confundir con progresía- es una corriente política que defiende y promueve el progreso integral de los individuos a partir de los conceptos de igualdad ante la ley, libertad y justicia. A partir del New Deal de Franklin Delano Roosevelt, pero sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, se consideró de avanzada la promoción del Estado de Bienestar, y sus defensores se presentaron como adalides del progreso. Se apropiaron del término progresista para autorreferenciarse y de paso provocaron la confusión que persiste hasta hoy.
El liberalismo es una doctrina política, económica y social que defiende la libertad del individuo, una intervención mínima del estado en la vida social y económica, y promueve la iniciativa privada como medio para el crecimiento económico y el progreso.
No hay, entonces, ninguna contradicción entre libertad y progreso. El progresismo busca la prosperidad de los individuos; el liberalismo señala cómo alcanzarlo. En todos los ámbitos de la vida, no solo el económico.
A los liberales nos encanta citar a Adam Smith (1723-1790), y La riqueza de las naciones (1771) ha sido elevada al nivel de Biblia de Nuestra Parroquia. Pero no es posible entender a Smith y al liberalismo sin su Teoría de los sentimientos morales, publicada doce años más temprano (1759).

No solo de (maximizar el) pan (propio) vive el hombre
Desde que el mundo empezó a adoptar paulatinamente las loquísimas (para su época) ideas -tan liberales como progresistas y de avanzada- de Smith y sus sucesores, tales como libre comercio, libertad de precios e intereses libres (usura bíblica, ¿adónde te fuiste?), y otras que defendió Jeremy Bentham (1748-1832) -tan equivocado en su teoría monetaria, tan estatista en sus últimos años, pero siempre valioso como filósofo político- como la democracia política, la separación de Estado e iglesia (¡Oh por Dios!), la completa igualdad de derechos para las mujeres (¡el acabose!), el derecho al divorcio (¡conservadores del mundo, uníos contra la herejía!), la libertad de expresión y la abolición de la esclavitud y del castigo físico (incluyendo a los niños), el mundo ha alcanzado una prosperidad que no tiene antecedentes en ninguna otra época de la historia.
Dejando la teoría de lado, lo cierto es que en los últimos 200 años la humanidad ha vivido una época de crecimiento económico, reducción de la pobreza y progreso sostenido sin parangón. Para ilustrarlo, en los párrafos siguientes usaré una variedad de datos que, junto con sus fuentes originales, pueden ser corroborados en un magnífico ensayo de don Jorge Corrales Quesada cuya lectura recomiendo encarecidamente, y lo pueden encontrar presionando aquí.

Hay menos gente pobre hoy que hace 50 años, en cifras absolutas, a pesar de que la población mundial creció en 4.000 millones de personas en ese lapso
El porcentaje de la población mundial viviendo bajo la línea de pobreza extrema (definida como $1.50 diarios en dólares constantes de 1993) pasó del 83,90% en 1829 a 13,10% en el año 2000. Este es un cambio espectacular: en tan solo 171 años el mundo pasó de tener a más de 8 de cada 10 habitantes viviendo en pobreza extrema, a tener apenas poco más de una de cada 10 personas en dicha condición.
Aquí me adelanto a la crítica y advierto: si a usted no le gusta la definición de pobreza extrema utilizada, le comparto esta demostración de que no importa cuál línea de pobreza extrema usemos, el porcentaje de la población global viviendo por debajo de dicha línea ha disminuido. Con un agregado interesante: estos datos llegan hasta 2013, confirmando que se mantiene en este arranque de siglo XXI la tendencia observada desde el primer cuarto del siglo XIX .
Lo anterior fue posible gracias al crecimiento económico inducido por el capitalismo liberal. El ingreso promedio de todas las personas del mundo, medido por el PIB per cápita, se multiplicó por 9 veces (807 %) en los 181 años transcurridos entre 1820 y 2001, pasando de $667 a $6.049 (en dólares constantes de 1990). En contraste, en los 320 años anteriores (1500 – 1820), la era del mercantilismo, el PIB per cápita mundial apenas creció en 1,18 veces (17,8 %).
Si nos vamos más atrás en el tiempo, el cambio del último par de siglos luce aún más espectacular. Entre el año 1 de la era común y el año 1500, el PIB per cápita mundial se multiplicó por 1,21 veces. En otras palabras, el crecimiento acumulado a lo largo de 15 siglos fue del 21,4 %. Para quienes disfrutan de estos juegos de números, aporto una comparación más: en los primeros 18 siglos de la era común, el crecimiento acumulado del PIB per cápita fue del 42,8 %. En los siguientes 180 años, la décima parte del tiempo, el crecimiento acumulado fue de 807 %.
Es necesario agregar perspectiva a estos datos para entender el éxito del liberalismo. Primero, la adopción del esquema de economía de mercado fue crucial, pero los resultados no hubieran sido tan espectaculares si la libertad económica no se hubiera acompañado de otros logros del liberalismo como la incorporación de la mujer a la fuerza laboral, la reducción de las jornadas laborales (que permitió incrementar la eficiencia, tal como lo predecía la teoría marginalista desarrollada por aquellos economistas tempranos de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX) y la abolición de la esclavitud, entre otros.
Segundo, si los datos promedio para la población mundial son sensacionales, los datos para “Occidente” son aún más dramáticos, entendiendo por Occidente, Europa Occidental y sus principales vástagos (Estados Unidos, Canadá, Australia), que fueron los adoptadores tempranos del capitalismo liberal. En los primeros 18 siglos de la era común, el crecimiento acumulado de estas regiones fue del 111 %; en los siguientes 181 años lo fue de 1872 %. Para el resto del mundo, incluyendo Asia, Europa Oriental, África y América Latina, esas cifras fueron 28 % y 627 % respectivamente.
Tercero, históricamente ningún experimento político de izquierda ha funcionado, llámelo usted como desee: socialismo, comunismo, marxismo, maoísmo, castrismo o socialismo del siglo XXI. Para muestra un botón: en Europa Oriental, incluyendo los territorios de la antigua Unión Soviética, el crecimiento acumulado fue de 732% entre 1820 y 2001, por debajo del promedio mundial (recordemos: 807%) y dos veces y media menos que Occidente (1782%).
Ningún país del espectro socialista-comunista ha podido generar la clase de crecimiento sostenido, reducción de la pobreza y prosperidad que alcanzaron los países que adoptaron el liberalismo capitalista. “China”, me dirá usted, “desde Deng Xiaoping”.
Le tengo malas noticias: China no es suyo ni mío. China es una feroz dictadura antiliberal de partido único, que adoptó el capitalismo de Estado. No es hoy un ejemplo de éxito del comunismo, como tampoco lo es de liberalismo.
¡Qué barbaridad!”, insistirá usted, “claro que China es un ejemplo de éxito comunista”. “A fin de cuentas, no importa de qué color sea el gato, sino que cace ratones” (Deng dixit).
Si usted me lee desde la izquierda, lo más probable es que también esté pensando que ninguno de esos otros experimentos (la revolución soviética, la cubana, Corea del Norte, Venezuela) fue verdaderamente socialista, que todos se desviaron y se convirtieron en regímenes perversos totalmente alejados de los hermosos postulados del Manifiesto Comunista. Asumamos por un instante que tiene razón. Pero entonces, si Venezuela no es socialista no me venga con que China es comunista. Coherencia, por favor.

Le duela a quien le duela
La triste realidad, mis queridos amigos zurdos -desde los trabajadores revolucionarios del PT hasta los acomodados académicos de la izquierda caviar- es que la utopía socialista es imposible. Todos los intentos por llegar a ella terminan -y terminarán siempre- en atroces dictaduras y portentosos fracasos económicos, porque la única forma de sostener una sociedad sin derechos de propiedad y otros principios liberales básicos, es por la fuerza. Hasta que se acaba la plata de los otros (Thatcher dixit).
En fin, si las dos formas conocidas hasta ahora de generar crecimiento económico y reducción de la pobreza son el capitalismo liberal en democracia, o el capitalismo de Estado en dictadura (Singapur aún más exitoso que China), no sé usted, estimado lector, pero yo prefiero mi prosperidad en un país donde pueda llamar pelele al presidente y no por ello ir a parar a la cárcel.
Resumiendo, el progresismo es en su esencia un concepto liberal y los datos demuestran que las ideas de izquierda nunca han resultado en progreso sostenido. Por eso soy liberal progresista, ni conservador ni de izquierdas, liberal de centro y esto me trae, para ir concluyendo, al tema inicial.
A muchas personas que se identifican con nuestras ideas económicas les espanta nuestro apoyo al matrimonio igualitario, la legalización de la mariguana y otras causas identificadas como “progres”. Y eso está bien; están en todo su derecho de ser liberales económicos y conservadores en lo demás. Pero no perdamos de vista, respetando nuestras diferencias y celebrando las coincidencias, lo que Juan Ramón Rallo explicaba con su acostumbrada claridad en un artículo hace tres años:

“…el objetivo último de todo conservador es el de proteger aquel “orden social natural” que, de acuerdo con su particular visión filosófica, sea más compatible con el ser humano; en cambio, el objetivo último del liberalismo es el de salvaguardar la libertad individual, permitiendo dentro de ese ámbito que cada persona desarrolle aquellos proyectos vitales propios que contribuyen a autorrealizarlo”.

Desde mi perspectiva, ser liberal es desear que el Estado no se meta en mi vida, y eso implica mi bolsillo y mi cama. Es defender el derecho de cada persona a desarrollar su proyecto de vida, aunque consideremos equivocada su escogencia. Ser liberal, en otras palabras, es una decisión personal. No basta con querer limitar la capacidad del Estado de entrometerse en mis cosas; es no meterse uno mismo en la vida de los demás, como bien lo expuso mi querido amigo Walter Gutiérrez en estos días. Y esto implica, también, no imponer nada a nadie.

Weed, anyone?
En fin, cuando en un mismo día uno es acusado de ser «playo pero facho» y de ser «marxista cultural», no le queda más opción que concluir que el único problema del liberalismo progresista son las hierbas… que se fuman los demás. Que les aproveche.
Eli Feinzaig.
Economista, consultor y empresario. Liberal, demócrata y librepensador.
Presidente del Partido Liberal Progresista.  
#SoyLiberal
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