De ratones y libros (Of mice and books) Viajes por mi biblioteca, 43

Me dicen hoy, 21 de mayo de 2019, que el compañero Alvaro está muriendo. Sin ornato académico, sin confort, sin refinamientos, sin bombos ni platillos, en sempiterna pobreza, el campesino jicaraleño Alvaro Rojas Valverde se auto-construyó con la fuerza del pensamiento y la moral socialistas, y vivió la existencia luminosa de un soldado de la Paz, al servicio de su Pueblo. Socialismo es Humanismo

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Walter Antillón Montealegre. Jurista.

Solía escribir con su dedo grande en el aire:
‘Viban los compañeros! Pedro Rojas’,
De Miranda de Ebro, padre y hombre,
Marido y hombre, ferroviario y hombre…”
César VALLEJO
(ESPAÑA, aparta de mí este cáliz, 1936)

“¡Viban los compañeros! Pedro Rojas” escribía exuberante de afecto aquel remoto obrero ferroviario castellano que César Vallejo conoció durante la Guerra Civil española. Al comunista de corazón, ese sentimiento de solidaridad universal, ese estado de ‘unanimismo’ (para usar la palabra acuñada por Jules Romains) le procura una serena alegría, una secreta seguridad. ‘Viban los compañeros’: la historia del Quinto Regimiento de las Milicias Populares de España al comienzo de su Guerra Civil; la historia de la resistencia popular frente a las Dictaduras en América Latina nos dan numerosos ejemplos de aquellos que, no teniendo nada, se dieron de cuerpo entero a los demás en situaciones difíciles, durante largos años.

Al escribir hoy de mi estimado amigo Alvaro Rojas Valverde, evoco también la memoria de otros camaradas comunistas que me honraron con su amistad: Chepito Meléndez Ibarra, autodicacta genial, Isaías ‘el Cabo’ Marchena, leal, sencillo y eficaz, Antonio González, abogado pobre al servicio de los más pobres, Alvaro y Arturo Montero Vega, entrañables hermanos.

Hoy mucha gente conoce de la vida de Alvaro Rojas Valverde por su libro autobiográfico llamado “Memorias Rojas”, publicado en San José en el año 2012; un libro que, podríamos decir, se lee solo; porque te atrapa desde el comienzo y no te permite hacer otra cosa que leerlo. Su secreto es la claridad y la simplicidad de un relato fluido que te va llevando inadvertidamente de un episodio a otro; de modo que sin darte cuenta te encontrás como si estuvieras presente en las peripecias de la vida del autor: vivís sus angustias, sentís sus carencias, te sorprendés riendo a mandíbula batiente ante un desenlace divertido.

Pero, aparte de lo anecdótico, el libro te lleva a reflexionar acerca de tiempos, situaciones y lugares en los que un capitalino que se cree bien informado no suele reparar.  Por ejemplo ¿cuál es el horizonte vital de un adolescente que ha crecido en el seno de una familia modesta en Los Ángeles de Jicaral, en la Península de Nicoya, a mediados del siglo XX? Los Ángeles era un caserío conocido también bajo el nombre de La Tigra; estaba en una zona económicamente deprimida (pequeño campesinado en condiciones precarias, malos caminos, cero turismo, a diferencia de ahora) en la que las familias pobres tenían poquísimas posibilidades de cambiar su destino, de modo que los jóvenes con algunas aspiraciones generalmente se veían compelidos a emigrar a las ciudades, con preferencia a las de la Meseta Central.

De su paso por la escuela primaria, en los años cincuenta, el Autor nos dejó sus imborrables recuerdos, circundados de ternura y humor, como el relacionado con las mejengas de los recreos:

         “Los recreos eran muy esperados por las mejengas que se armaban. Eso sí, el problema era la absoluta escasez de bolas. Teníamos que jugar con vejigas de chancho infladas, que no eran muy buenas y escaseaban bastante. Unos muchachos González a los que llamábamos los coreanos, porque venían desde allá, resultaron super artistas para hacer unas bolas de vástago de cuadrado seco. Las armaban de tal manera que duraban toda una mejenga. Bolas de trapo no existían, porque era una época en que la ropa era un bien muy apreciado, y cuanto trapo había se usaba para remiendos. Remendar era una de las tareas más frecuentes entre las mujeres. Entre la gente más pobre era común ver pantalones tan remendados que casi sólo la pretina era original y a menudo con varios  colores, como pantalón de payaso”. 

Pero su infancia se vió truncada por la desgracia: huérfano de madre a los 11 años, Alvaro fue uno entre los miles de niños costarricenses que, arrojados de sus hogares rurales por diferentes razones, terminaron viviendo como podían en los arrabales pobres de San José, durante los años sesentas; pero, a diferencia de lo que ocurre a la mayoría, victima de las enfermedades, las drogas y el etiquetamiento criminal, tuvo la suerte de ser reclutado a los 15 años como aprendiz, por un zapatero comunista de Barrio Cuba, quien le enseñó la disciplina del trabajo, la solidaridad de la pobreza y las primeras letras de su futura  formación marxista.

    A partir de entonces, sorteando las peripecias de su edad juvenil, nuestro Autor se integró a ‘la Jota’ (contracción con la que se conocía a la Juventud Socialista del Partido Vanguardia Popular); y así vinieron los años de su taller de zapatería en Parrita,  combinado con la organización partidaria en la región; su viaje de estudios a la Unión Soviética entre 1971 y 1972; y su asignación al trabajo politico y organizativo en las Bananeras del Sur por más de diez años, con uno de aquellos sueldos de hambre con que el Partido, saliendo ya de una proscripción que duró más de dos décadas, premiaba a sus mejores cuadros. La conciencia socialista, es decir, la conciencia del deber de servir a los demás del mejor modo posible, hizo de Alvaro  Rojas un estudioso tenaz, obsesivo; y de ese modo consiguió ser un ‘indispensable’ en la lucha sindical y partidaria.

En las páginas de sus ‘Memorias Rojas’ el Autor nos va revelando con visible ternura la vida de las trabajadoras y los trabajadores bananeros, de los que se destacaban desde muy jóvenes como dirigentes por su inteligencia, su lealtad, su firme carácter; nos revela el desprendimiento y la proverbial hospitalidad de los pobres. Y procura constantemente honrar la memoria de compañeros que se consagraron sin reservas ni límites al trabajo syndical, a la lucha por la tierra (en La Vaca, en La Vaquita), por las reservas naturales (contra Osa Productos Forestales ¡a quienes el Gobierno había entregado una Península!); y surgen, entre decenas de nombres, los de Isaías ‘el Cabo’ Marchena, del abogado Rodrigo Ureña Quirós, junto a los de Egérico Montiel, Simeón Gutiérrez, Claribel Gómez, Amalia Vega, ‘Pingüino’ Conejo, José Angel Marchena Moraga, Alvaro Montero Vega, Guillermo Keith, etc.

Hablando a propósito de Isaías Marchena, y del injusto olvido por lo que fue y luchó, manifiesta el Autor:

    “…El tratamiento de la memoria del Cabo (Marchena) ilustra muy bien lo mal que actuamos en cuanto a dar a  conocer a las nuevas generaciones la vida de la gente luchadora que nos ha precedido. Marchena es hoy prácticamente un desconocido, incluso entre la gente de izquierda. Igual ocurre con otros destacados luchadores y luchadoras. Es un daño que nos  causamos a nosotros mismos, a nuestra causa. Mientras en otros países de América Latina muchas agrupaciones de izquierda se apoyan fuertemente en su  pasado, en sus luchadores y luchadoras que son leyenda y mito, como ocurre en Uruguay y El  Salvador…”(pág. 189)

Instalado  en la tercera edad, ya muy enfermo, el Autor escribe en 2012 esas ‘Memorias Rojas’ para rescatar del olvido toda aquella segunda mitad del Siglo XX que nuestro Pueblo ha vivido a medias consciente, arrastrado en gran parte por el espejismo que un poderoso aparato propagandístico nos ha impuesto como la realidad, a través de sus eficaces medios de comunicación. Las ‘Memorias’ se cierran con una lúcida y viril reflexión acerca de la situación de las izquierdas en nuestro País y en el Mundo:

    “…Alguna gente, incluso muy cercana, me dice que para qué hacemos esfuerzos organizativos, que la izquierda ya no se va a levantar, que la gente es oportunista y solamente va detrás del asistencialismo. Este es un asunto que quienes hemos estado prácticamente toda la vida caminando por la izquierda tenemos resuelto: no salimos corriendo en circunstancias peores y tampoco lo vamos a hacer ahora (…)

    Aunque sea un lugar común tengo que decir que, repasando mi vida, no me arrepiento del camino elegido, que en todo caso nunca fue el que el  ‘sistema’ me tenía reservado. (…)

    La lucha por el Socialismo ha sido una de las más grandes empresas asumidas por la Humanidad, y es lógico que en ella se cometiran errores e incluso aberraciones muy graves. En el caso de nuestro País, el Partido Comunista puede pasar las páginas del libro de la vida con legítimo orgullo, aunque en algunas de ellas haya más sombra que luz, como ocurre en las empresas humanas. Cometimos errores, pero jamás traicionamos al Pueblo.

    Fuimos una de las tres vertientes de la más grande reforma social de nuestra Patria; nuestros camaradas se batieron con valor y en muchos casos con heroísmo en la Guerra del 48 y es reconocido por todo el mundo que nunca pedimos ninguna ventaja personal cuando se negoció el fin del conflicto. La permanencia de las Garantías Sociales, junto con el respeto de la legalidad de las organizaciones sindicales y del Partido fueron nuestra única petición (…)

    La energía social acumulada en largos años, los centenares de compañeros y compañeras que hicieron su aprendizaje en las escuelas de la izquierda, fueron parte muy importante de la ola de rebeldía expresada en algunas de las jornadas de lucha más luminosas de nuestro Pueblo, como las batallas contra el Combo y la aprobación del TLC.

    Algunas veces me han dicho –tanto con buena como con mala leche- que soy un nostálgico, que las cosas han cambiado para siempre y no en la dirección que nosotros previmos (…)

    Y sobre la nostalgia, o más bien sobre mi nostalgia, pues sí, seguramente la padezco. En todo caso, prefiero ser nostálgico que amnésico.”  

(Páginas 261 a 263. El subrayado no es del original).

Me dicen hoy, 21 de mayo de 2019, que el compañero Alvaro está muriendo. Sin ornato académico, sin confort, sin refinamientos, sin bombos ni platillos, en sempiterna pobreza, el campesino jicaraleño Alvaro Rojas Valverde se auto-construyó con la fuerza del pensamiento y la moral socialistas, y vivió la existencia luminosa de un soldado de la Paz, al servicio de su Pueblo. Socialismo es Humanismo. En esta hora oscura pronunciemos la consigna batalladora que siempre fue la suya:

¡Trabajadores de todo el Mundo, uníos!

 

El autor es Abogado y Catedrático Emérito de la Universidad de Costa Rica. Ha sido candidato a la Vicepresidencia de la República por el Frente amplio.

 

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