De ratones y libros  (Of mice and books) Viajes por mi biblioteca, 42

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Walter Antillón Montealegre. Jurista.

Hoy enfrentaremos el azar. Como en la vida, no todo en la biblioteca es orden utilitario. Además una biblioteca no es un salón: es un río que corre por toda la casa y se adapta a sus diferentes ambientes. Con frecuencia, cuando se trata de secciones dispuestas con el propósito adicional de adornar salas de estar o de reuniones sociales, los criterios de unidad temática, orden cronológico y nacionalidad que de ordinario son los predominantes, ceden ante el deseo de resultados meramente estéticos, como las combinaciones de colores o la uniformidad del tamaño de los libros.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió, en la sala de mi casa, con el estante que rodea el espacio donde está el televisor, ocupado en su mayor parte por libros de arte, salvo la tabla travesaña de algo más de un metro situada encima del sopradicho aparato, en la que se alinean unos sesenta libros de pequeño formato, parejo tamaño y heterogéneo contenido ¿Por qué razón lucen juntos? Simplemente para celebrar una casta concupiscencia de la vista: la vista los repasa horizontalmente sin tropiezos, en línea recta, ida y vuelta: la vista lo hace con placer, descansa, te lo agradece.

Pero ¿y los libros? ¿cuáles son esos libros allí confinados? Pues, cualesquiera: lo que manda es el tamaño. Y entonces resultó que, de izquierda a derecha, los primeros cuarenta tomitos empastados en tela y sobrecubierta corresponden a una edición de las obras de William Shakespeare, preparada a partir de 1930 por el Master of Arts M.R. Ridley para la Casa J.M. Dent e Hijos, de Londres. Cierto que hay innumerables ediciones (en todos los idiomas) del incomparable Cisne del Avon; pero ésta ofrece, además de la nítida impresión, la letra y la calidad del papel empleado, la facilidad de su pequeño formato, que te permite llevar en la bolsa del saco el drama, la comedia o las poesías en que estás enfrascado; y eso constituye para el lector shakespeareano el inmenso deleite de poder tenerlo siempre a la mano: como para los devotos el misal. Tesoro de la cultura universal, del que mucha gente lastimosamente se priva: hombre de su tiempo, renacentista del Septentrión, sin embargo el enigmático isabelino logró como muy pocos mostrar a la Humanidad el connubio de la poesía y la humana sapiencia. Al final de su voluminoso estudio “Shakespeare, la invención de lo humano” (Norma, Bogotá, 2001; pág. 707/8) nos dice Harold Bloom:

“…La influencia de Shakespeare, abrumadora en la literatura, ha sido todavía más amplia en la vida, así se ha vuelto incalculable y no parece sino estar creciendo últimamente. Supera el efecto de Homero y Platón, y desafía las escrituras de Occidente y Oriente por igual, en la modificación del carácter de la personalidad humana…”

El grupo siguiente, sin relación temática con el anterior, se compone de una docena de tomos que constituyen, en mi criterio, la parte más significativa de la obra del brillante y ególatra prosista catalán Eugeni D’Ors (1882-1956), el polémico ‘Xenius’ que incitó con su ‘glosari’ muchas de las más importantes discusiones sostenidas en suelo español con lo más granado de su intelectualidad, durante los primeros cincuenta años del Siglo XX, en materia de ciencia, filosofía, política, literatura, arte y vida cotidiana. Veamos, en primer lugar, las glosas que desde 1906 escribió diariamente: primero en el diario ‘La Voz de Cataluña’ y, años después, en cuatro o cinco rotativos, simultáneamente; primero en catalán y, años después, en castellano.  Conforman los cinco volúmenes que poseo: el primero, el original, son 1625 páginas que llevan el nombre de ‘Glosari’, y fue publicado en catalán por la editorial Selecta, de Barcelona; le siguen los tres volúmenes del ‘Nuevo Glosario’, escritos en español, publicados en Madrid por Aguilar, en 1947; y está el ‘Novísimo Glosario’, del mismo editor, con las glosas de 1944 y 1945.

Para Eugenio D’Ors, una glosa es un ensayo breve (entre cinco líneas y cinco páginas) acerca de cualquier tema imaginable: un suceso reciente, recuerdos de infancia, el estreno de una obra, un verso de Ronsard, una anécdota, el talión, un concepto filosófico, etc. Lo importante es que el autor aborda un tema cada día, casi siempre con finura, precisión y claridad.  Veamos una, provocadora, de 1920:

No hay más que una guerra. La Europa Cristiana sólo ha conocido, sólo conoce una guerra. Ésta espantosa que ha concluido ¿empezó de veras en agosto de 1914?  No: empezó inmediatamente después de la muerte del señor Carlomagno.  

Otra, más banal, de 1945:

Desde luego, aquellas venerandas bisabuelas nuestras que se persignaron ante los primeros trenes, o hicieron ascos a la vacuna, o creyeron próximo el fin del Mundo porque su doncella usaba polvos de arroz, o porque una señora se había sentado sola en un aguaducho a tomarse un vaso de horchata, quedan hoy bastante en ridículo. Pero más en ridículo quedan nuestros bisabuelos, que se entusiasmaron con todas esas cosas.

Luego vienen los otros siete (de ocho) tomos del mismo Autor, empastados en tela con dorados en el lomo, dedicados a historia y crítica de las artes plásticas que el editor don Manuel Aguilar, de Madrid, publicó en la colección especial denominada Index Sum, sin fecha, hará unos noventa años; la cual constituye un aporte notable de don Eugenio en dicha área, particularmente en lo que atañe a los tomos Segundo (Cezanne) y Sexto (Picasso), que son realmente inolvidables, aunque no exentos de reparo.

En el último tramo del estante tenemos los seis tomitos de las Obras del poeta Rainer María Rilke (1875-1926), editados sencilla y primorosamente por Insel Verlag, de Frankfurt an Main, en 1974. ¿Qué decir de Rilke, una cumbre de la poesía de todos los tiempos, poderosa y dulce voz que hace fluir la música en sus ritmos teutones?  Reproduzco a continuación un texto que lo retrata, tomado de la tercera de sus Cartas a un joven poeta, escrita el 23 de abril de 1903:

“…Ser artista es: no calcular, no contar, sino madurar como el árbol que no apremia su savia, mas permanece tranquilo y confiado bajo las tormentas de la primavera, sin temor a que tras ella tal vez nunca pueda llegar otro verano. A pesar de todo, el verano llega. Pero sólo para quienes sepan tener paciencia, y vivir con ánimo tan tranquilo, sereno, anchuroso, como si ante ellos se extendiera la eternidad …”

 Misa est. De la incoherencia de este divertimento es culpable la biblioteca, que tiene su corazoncito.

Y sigue.

 

El autor es Abogado y Catedrático Emérito de la Universidad de Costa Rica. Ha sido candidato a la Vicepresidencia de la República por el Frente amplio.

 

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