Democracia, unicornios y sirenas

Desde la ceguera y el infantilismo político no hay ninguna posibilidad de cristalizar el proyecto de un gobierno de, por y para el demos.

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Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Si hay algo que la noción de democracia nos prueba es que entre el discurso y la praxis social existe una enorme, a veces insalvable distancia. La democracia es aún un proyecto, potencia más bien que acto -como diría Aristóteles-. Algo que se está fraguando, coagulando lenta, penosa, a veces violentamente.

¿Somos los costarricenses partícipes activos en la producción de cultura, en la forja de pensamiento, en las grandes decisiones políticas que jalonan nuestro país, en la creación de instituciones, de arte, de ciencia, de libertad? ¿Tenemos todos, en suma, igual acceso a los bienes de la cultura? Porque en esta participación colectiva en la gran empresa humana es donde reside la esencia misma de la democracia, y no en el simple ritual del sufragio. La democracia es mucho más que el derecho a entintarse el dedito gordo e ir a ponerlo bajo la foto de rm señor que tiene el arrojo -¿o será la ingenuidad?- de considerarse a sí mismo «aquel que había de venir”. El sufragio es un rito político cuatrienal de valor puramente simbólico. La democracia, en cambio, es una práctica social efectiva, real, en constante proceso de auto-producción. Requiere pastoreo e irrigación permanente, comienza a morir tan pronto la damos por segura.

El mundo tiene dos mil quinientos años de ir hacia la democracia, con sus saltos dramáticos y desesperanzadoras regresiones, pero una cosa es segura: no estamos aún ahí, no la habitamos, no la hemos convertido todavía en segunda naturaleza.

Es aún un telos, un litoral lejano que apenas avizoramos. No basta con votar: hay que darle al ciudadano elementos de juicio, instrumental teórico, conciencia política, sensibilidad histórica y social para que el sufragio tenga significación. Un pueblo adocenado, inculto, desprovisto de discernimiento político
haría mejor en no votar, pues lo hará siempre en contra de sus propios intereses. Rebaño manipulable, acéfala turbamulta dotada de tanta capacidad de autodeterminación y de diagnóstico político como el cardumen que se precipita inadvertidamente en el abismal hocico de la ballena.

No hay ninguna posibilidad de democracia sin educación. «Sed cultos para ser libres» -dijo alguna vez Martí-. Lo demás -pegar gritos en las esquinas, enarbolar banderitas, reventar triquitraques, vociferar en las plazas públicas- no es democracia: es un carnaval, una juerga tropical olorosa a guaro y a charangas de rocola. La democracia es un ejercicio del pensamiento, un acto supremo de responsabilidad y de compromiso cívico. A la luz de estas consideraciones se impone la siguiente pregunta ¿Es legítimo ver en Costa Rica un emblema universal de la democracia? No lo creo. Y sin embargo, ¡cuánto nos jactamos de ella! Lo que es más: junto con la noción de paz -que tampoco encarnamos realmente-, la democracia constituye el fundamento mismo de una mitología colectiva sobre la cual hemos construido durante siglos esa ficción que llamamos identidad nacional.

Incultura, desinformación, escapismo, abulia política, inconsciencia, falta de militancias sociales concretas, incapacidad para articular el pensamiento de manera lúcida y disciplinada, amnesia histórica, preeminencia de los intereses políticos personales por sobre la noción de destino colectivo, desconfianza institucional, corrupción, cinismo… todas esas patologías sociales son absolutamente incompatibles con la verdadera democracia. Desde la ceguera y el infantilismo político no hay ninguna posibilidad de cristalizar el proyecto de un gobierno de, por y para el demos.

Nada tan peligroso en el mundo como una masa inculta dotada del poder de elegir a sus gobernantes. El mediocre elegirá dese su mediocridad: presidentes, diputados, munícipes, profesores, sacerdotes, directivos de instituciones diversas… todos ellos mediocres. Es como poner en manos de un niño un reactor nuclear. Costa Rica es, hoy por hoy un boceto de democracia. País ingobernable. País que se traga sus propios cuentos de hadas. País que duerme al arrullo de su mitología patriótica, como el buen Blasillo de Unamuno…, que no tenía ni siquiera el nivel de conciencia necesario para dudar de su propia bienaventuranza, y no pasó nunca de ser un tonto contento.

En La Nación, «Página Quince», mayo de 2005.

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