Dennis Meléndez: El Credo y el Juicio Final

Entonces, quien muriese en gracia de Dios, se iría derechito para el cielo, no importa lo pecador que hubiese sido en este mundo. Bastaría con que, así fuera en el minuto final, lograra arrepentirse de sus pecados. Entonces esos serían los elegidos y tendrían el derecho de disfrutar del placer de irse para el cielo a sentarse, a ver a Dios por toda una eternidad.

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Dennis Meléndez Howell, Economista (Ph.D.).

De los malos recuerdos de nuestra niñez está la amenaza constante en que se nos atormentaba con el cuento del “Juicio Final”. Teníamos que ser muy buenos y mantenernos siempre en gracia de Dios porque, en cualquier momento, y sin que nadie lo supiera, ni el mismo Jesucristo, puesto que eso solo lo conocía el Padre, ocurriría la gran catástrofe del fin del mundo. Y eso iba a ser algo terriblemente cruel y despiadado. Todas las personas que estuviesen vivas en esos momentos desearían haber muerto antes.

Y una vez que eso ocurriera, no habría remedio: el ángel Gabriel con su trompeta, anunciaría que el Hijo del Hombre estaría bajando a la tierra, a la diestra del Padre, para entre los dos, juzgar a los vivos y a los muertos (Como que esto trasciende las funciones del Espíritu Santo).

Y entonces, en ese momento, para poder llevar a cabo el juicio, todos los muertos resucitarían. No importa adonde estuviesen sus restos, los miles de billones de seres humanos que hubiesen tenido la suerte de haber muerto antes de ese ominoso día, se levantarían de sus sepulcros para ponerse en fila a la espera de que Dios oyese sus alegatos y razones y así tratar de librarse del fuego eterno. Porque los que salieran premiados y se les exculpara de todo pecado, tendrían como premio, la vida eterna. Es decir, que no volverían a morir, sino que vivirían en una eterna felicidad, en este mundo. Los que no tuviesen suficientes argumentos, o buenos abogados, puesto que los santos o la Virgen actuarían como tales a nuestro favor, irremediablemente se irían a quemar al infierno, por los siglos de los siglos.

Pero eso no era todo. Como si fuese poco, durante el transcurrir corriente de la vida, es decir sin que hubiese llegado el día del juicio, si uno tenía la desgracia de morir en pecado, por no haberle hecho los nueve primeros viernes al Corazón de Jesús, especie de póliza de seguro para no morir en pecado -o sea cielo asegurado-, le cabrían dos opciones. Si los pecados cometidos y que no habían alcanzado a ser perdonados por algún cura eran veniales, como por ejemplo, hacerle mal modo a la mamá o no estar con las dos manos juntas durante la misa, como premio de consolación, no se iría al infierno, sino que le disfrutaría de la triste felicidad de irse a purgar esos pecados al Purgatorio. Y allí se quedaría, también quemándose como en el infierno, pero a una temperatura un poquito más baja, y con la opción de que, el día del juicio final lo pasarían a juicio y allí se decidiría la suerte definitiva, es decir si se iba al cielo o al infierno. Claro que si en el intermedio, uno tenía la suerte de que bastante gente le rezara a las benditas ánimas del purgatorio, o directamente a uno, o si le hacían un buen novenario con bastante bizcocho, café y tamales, y no faltaban el pago de abundantes misas, ojalá de revestidos y con bastantes chuicas negros (como decía Víctor Hugo Munguía), como las que le hacían por montones a don Florentino Castro, cada cabo de año, podía ser que la Virgen de las Ánimas ejerciera sus influencias y lo lograra sacar a uno de allí. Claro que nunca tuve por cierto que pasaba con uno en ese momento. Como que se lo llevaban para el cielo de inmediato, pero tan solo por mientras, pues debía, de todas maneras, esperar el juicio final.

Pero si uno tenía la desgracia de morir en pecado, por no haberse confesado, no haber tenido tiempo de rezar un señor-mío-Jesucristo segundos antes de morir, o no haber recibido los Santos Óleos (es decir, confortado con los Santos Sacramentos), sería irremediable: se iría derechito al infierno, y sin derecho a nada. Ni siquiera se le juzgaría (¿o sí?) el día del juicio final. De una vez le volarían candela contante y sonante.

Entonces, quien muriese en gracia de Dios, se iría derechito para el cielo, no importa lo pecador que hubiese sido en este mundo. Bastaría con que, así fuera en el minuto final, lograra arrepentirse de sus pecados. Entonces esos serían los elegidos y tendrían el derecho de disfrutar del placer de irse para el cielo a sentarse, a ver a Dios por toda una eternidad.

Pero en toda esta mezcolanza de juicios, perdones, arrepentimientos in-extremis-morta, nueve primeros viernes, señores-mío-Jesucristos, purgatorios, infiernos adelantados y cielos al contado no terminaba de cerrarle a uno la historia de cómo y para quién sería el Juicio Final. No sería para los muy buenos o los oportunamente arrepentidos, puesto que todos estos ya estarían en el cielo. Sería como un alegrón de burro que les dijeran que el cielo que les habían dado antes era de mentirillas, que su causa había sido anulada y que tendrían que ir, de todas maneras, a juicio. Tampoco sería para los muy malos, especialmente aquellos que habían cometido sacrilegio (como morder la hostia durante la comunión), o los que habían faltado a misa (el pecado mortal por excelencia) y no alcanzaron a confesarse antes de morir, puesto que ya habían sido mandados al infierno. Sería muy raro que de todas maneras los sacaran de allí para someterlos a un juicio que ya de por sí tenían perdido, para volverlos a encajar en las llamas y el azufre. ¡Sería algo así como darles de patadas estando en el suelo!

Entonces, como que el juicio final quedaría solo para quienes estuviesen vivos en ese momento, puesto que no habrían tenido la ventaja de gozar de un proceso abreviado (sin juicio), tal como les correspondió a quienes tuvieron la gran suerte de morir antes de ese día. A esos se les sumarían los que estuviesen en el purgatorio en ese momento, o sea todos aquellos que no hubiesen tenido suficientes “patas” para que los sacaran de allí antes de ese día, puesto que nadie había rezado bastante por ellos o no se alcanzaron a dar suficientes limosnas a la Iglesia, en su nombre. Los otros, ya estarían en el cielo y no se valdría que otra vez los llevaran a juicio.

Pero la cosa se pone aún más complicada cuando, de un momento a otro, el Papa nos anuncia que se cerró el Purgatorio, nunca estuvo abierto o nunca existió. Con razón, después del Concilio Vaticano II, tuvieron que correr a cambiarle el nombre a la “Capilla de las Ánimas” por el de “Preciosa Sangre de Cristo” y mandar a quitar de las iglesias todos aquellos cuadro patéticos de una Virgen con un niño en sus brazos y un escapulario y abajo miles de almas en pena implorando, en medio de las llamas, que los sacaran de allí.

Eso significaría que el Juicio Final tampoco sería para las almas en pena del Bendito Purgatorio. La torta fue, la gran cantidad de misas, rosarios de difuntos, novenarios, limosnas, rezos matutinos o vespertinos a tantas vírgenes y santos para que intercedieran por alguna alma determinada y las rescataran de ese fuego provisional. ¿Qué fue de todo eso? ¿Abonaron esos rezos en otras cuentas o simplemente se perdieron en la nada, con lo aburrido que es tener que aguantarse un rosario, un novenario, una misa de muerto o un trisagio?

Entonces, eso nos deja el Juicio Final solo para aquellos que estén vivos en el momento en que ocurra la hecatombe (no me gusta hablar del Armagedón, puesto que ese fue un término entresacado de la Biblia por los Testigos de Jehová). Cabría preguntarse si ese juicio sería para todos los que estaban vivos antes de llegar el Apocalipsis, o solo para quienes sobrevivieran al mismo. Porque, se supone, que quienes muriesen en las innumerables catástrofes que le acompañarían, pasarían por el proceso abreviado que les correspondió a todos los demás difuntos previos. Esto nos reduciría aún más el número de acusados a ser juzgados: los que no tuvieran la suerte de morir, así sea en una de esas apocalípticas catástrofes o no tuviesen el tino de suicidarse antes (especialmente si habían sido malos y no se habían arrepentido de eso).

Pero cuando ya tenía este enredo medio resuelto, me acuerdo del “Credo”, que es lo que se denomina la “Profesión de Fe”, es decir, un resumen de lo que nos dice la Iglesia que debemos de creer, sin discutir, puesto que si hay algo que no entendemos de eso, lo tenemos que aceptar como artículo de fe, sin derecho a discusión, pues simplemente son misterios divinos y si se intentan dilucidar, se comete pecado contra el Espíritu Santo y eso es un sacrilegio.

Y es que el Credo dice que uno tiene que creer, sin dudar, que Jesucristo “descendió a los infiernos, y al tercer día resucitó entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre Todo Poderoso, que desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”. Además, que uno debe creer también en “la Resurrección de la Carne y la Vida Perdurable”.

El que venga a juzgar a los vivos encaja en todo el cuento anterior, pero ¿a los muertos? Ya unos están en el cielo (y por lo tanto son santos y hasta deberían hacer milagros) y otros en el infierno (que ya no tiene caso que se les juzgue pues fueron condenados ex profeso, sin seguirles una causa legal, ni contar con abogados, ni que se oyeran sus razones, ni nada por el estilo. Y ¿para qué resucitar a los muertos en carne y hueso (la resurrección de la carne) si unos están muy contentos en el cielo y otros irremediablemente condenados al infierno? ¿Y para qué volver a la “vida perdurable”? ¿No sería mejor seguir en el cielo?

Y además ¿para qué se necesita un juicio si Dios es omnisapiente y no tiene nadie que demostrarle si fue bueno o malo en vida, puesto que él ya lo sabe? Aún más, lo sabía, aún antes de que cada persona naciera.

Entonces, mejor no credo en el Credo, puesto que lo pone a uno a decir cosas insensatas. ¿Puede alguien esclarecerme este zambrote?

 


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