Dennis Meléndez: La debilidad de la memoria

Eso está muy bien: si nos damos cuenta que metimos la pata, lo hidalgo es rectificar a tiempo. Bueno, y hasta es excusable que no salgan a decir: "¡Muchachos, pa tras todo mundo! ¡Nos la pelamos!" No hay que maltratar tanto el orgullo ajeno.

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Dennis Meléndez Howell, Economista (Ph.D.).

Cómo es débil nuestra memoria. Ni siquiera nos hemos dado cuenta de los palos de ciego que ha estado dando el gobierno en materia de reactivación económica.

Hasta hace unos dos o tres meses, la idea innovadora para lograr la reactivación era fomentar el crédito. Hacer que todo mundo pidiera prestado para que gastara, en lo que fuera, pero que derrochara dinero y así se pusiera en marcha la economía. Si no aumentaba el crédito porque no había plata en los bancos o porque las tasas de interés eran muy altas, ese no era problema. La liquidez se aumentaría bajando el encaje mínimo legal y las tasas, además, por la reducción en la tasa de política monetaria. Ah, y como la gente ha sido tradicionalmente tan mala paga y tiene un historial crediticio que huele muy feo, se dio la orden de hacer pasar a todo mundo por «la puerta de la indulgencia plenaria» y que le borraran esos pecados (algunos casi sacrilegios) del pasado, para que puedan ir, entusiastas y alborozados, a pedir préstamos para cambiar el carro, ir a San Andrés o hacerle la fiesta de 70 años a la suegra

Pero, ¡horror de horrores! De pronto alguien prendió un bombillo y se percataron que el problema era el opuesto: ¡los ticos estamos endeudados hasta el seserete! Más bien, hay que correr a salvar a más del 60% de los empleados públicos, quienes tienen la gracia de que cuánto enjarane se les atraviese, simplemente dicen «cárguemelo a planilla». Y, entonces, hay que enjaranarlos más para desenjaranarlos, pero a largo plazo (20 años, por lo menos) y a tasas preferenciales (¡Adivinen quién va a pagar los platos rotos!). Ah, y muy importante, a la gente hay que darle un cursillo en dónde les enseñen a hacer propósito de enmienda de no volver a pedir plata prestada, por lo menos, mientras no hayan pagado la mitad. Esto significa que, en diez años, podemos reiniciar la fiesta. Entonces el gobierno manda un mensaje apocalíptico: ¡Paremos el pelón, o el jolgorio, si se trata de hablar culto.

Entonces, el gobierno se percató de que había que correr a enderezar el rumbo.

Eso está muy bien: si nos damos cuenta que metimos la pata, lo hidalgo es rectificar a tiempo. Bueno, y hasta es excusable que no salgan a decir: «¡Muchachos, pa tras todo mundo! ¡Nos la pelamos!» No hay que maltratar tanto el orgullo ajeno.

Pero lo que no me calza es que aún no hayamos visto ningún signo de que estemos modificando, o siquiera matizando, la piñata de crédito que reventamos antes y aún está en camino (un amigo dice que, para que una rebaja de encajes surta efecto, se requieren por lo menos nueve meses).

No sé a ustedes, pero a mí eso me suena a dos toros miura, cada uno jalando «pa su la’o». Tendremos que alquilar balcón para ver el choque de trenes. ¿Cuál política dominará a cuál? ¿Nos reactivará o nos dejará peor? La verdad que no me atrevo a apostar.

 


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