Dennis Meléndez: Larga vida a los plásticos

¿Y qué hacer con todo el plástico? En el peor de los casos irá a un relleno sanitario en donde esperará 500 años para degradarse. A muchos se les ocurrirá reciclarlo o, lo que está de moda, producir petróleo "sintético", con un proceso muy simple: elevar su temperatura a 400 grados centígrados para que se gasifique y con un simple alambique enfriado por agua (de esos que tienen los dueños de las "sacas de guaro") se destile y se licúe el hidrocarburo y se separe del agua. El precio del petróleo en el mercado mundial marcará la pauta de cuál camino seguirá cada uno.

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Dennis Meléndez Howell, Economista (Ph.D.).

Hoy estoy en modo de llevar la contraria, de ir contra corriente y, sobre todo, de no hablar de política.

Tengo, desde hace mucho tiempo, la inquietud de que la guerra declarada contra los plásticos tiene el mismo destino que la lucha contra las drogas ilegales, es decir, es una causa perdida. Entre más esfuerzo se ha hecho por terminar la producción y tráfico de estupefacientes, más se estimula su consumo, se incentiva la demanda (aunque sea por simple esnobismo) y se fortalece las mafias y la violencia. Estoy seguro que la legalidad de las drogas no causaría tantas muertes como genera hoy el intento de reprimirlas. Por ahí va el plástico.

El plástico llegó para quedarse. Desde que, a principios del S. XX, el Sr. Baekeland, de Bélgica, se encontró accidentalmente con una pasta que podía moldearse y endurecerse, a la que llamó baquelita, en su propio honor, se inició el desarrollo acelerado de una nueva época de los materiales. Hoy, el plástico domina el mundo y ha desplazado a los metales y la madera. Sería impensable los modernos aviones, carros, trenes, equipos médicos y hospitalarios, para mencionar algunos de sus usos, sin componentes plásticos.

Hay que reconocer el enorme rol que ha jugado el plástico en los procesos de sanidad moderna que se han traducido en aumentos de la longevidad humana, al permitir la asepsia de instrumentales médicos y la fabricación de prótesis (muy distintas a las patas de palo de los piratas), así como la protección contra la contaminación de todo tipo de alimentos que antes se vendían a granel, en pedazos o unidades que se trasegaban sin mayor cuidado. ¿Cuántas diarreas, disenterías, tifoideas, pestes bubónicas y similares se han ahorrado desde que los alimentos se empacan en plástico? Y sí, las pajillas han jugado un importante papel para aislarnos de vasos mal lavados que nos pueden poner en riesgo.

Cuando chiquillo, yo iba a hacer compras al mercado Borbón con una bolsa «de mecate» (probablemente, cabuya). Esto suena muy ecológico. Pero nos olvidamos las veces que esa bolsa se contaminó con los jugos que soltaba la carne que envolvía el carnicero en periódico viejo, o cuando, para desgracia del mandadero, se quebraban los huevos puestos en una bolsa de papel y se desparramaban sobre los pedazos de yuca llenos de tierra o las verduras. Y esa bolsa, salvo que fuera un accidente mayor, no se lavaba. El día siguiente, con todo su criadero de bacterias iba camino al Borbón.

Soy fanático de las bolsas plásticas desechables de los supermercados (sirven, como mínimo, para poner la basura, o sea, no son de un solo uso). Soy de los que creo que la moda de incentivar la vuelta a las bolsas reusables, sirve más a las empresas dueñas de los supermercados que al ambiente.

Es claro que el mal uso de los desechos plásticos es un serio problema ambiental. Hay que ver nuestros ríos y mares repletos de botellas, bolsas, chancletas, juguetes y todo tipo de residuos plásticos. Pero volvemos a caer en el mismo cuento de las drogas: ¡hay que prohibir el plástico! Hasta se pasó una ley que prohíbe el estereofón (o styrofoam, como decíamos en Paso Ancho). Y esto hace felices a ambientalistas o ecologistas (especialmente los que son tipo sandía: verdes por fuera pero rojos por dentro).

Además, quienes se preocupan por la contaminación ambiental deberían recordar que el insumo principal de los plásticos es el petróleo y, mientras este esté en el plástico significa un verdadero secuestro de carbono. Más bien, es una bendición que el plástico tarde 500 años en degradarse, ojalá no se degradara nunca, porque mantendría preso todo ese carbono.

El día que los ambientalistas sandía declaren el triunfo y acaben con los plásticos ¿habrán pensado que pasará con la caída en la demanda de petróleo? Es probable que el exceso de oferta disminuya el precio de los hidrocarburos y estimule su consumo, ya no en plásticos sino en algo más contaminante: la combustión en motores.

El problema se origina en que los desechos plásticos no tienen valor económico. Entonces, hay que dárselo. En muchos estados de USA, las latas de aluminio y las botellas tienen un valor de rescate de 5¢ a 20¢ de dólar. Esto ayuda a la sobrevivencia de los homeless, a quienes se ve rebuscando en basureros y lotes baldíos para recogerlas y obtener el rescate.

Hay que hacer lo mismo con los plásticos, especialmente bolsas y botellas En este sentido, debo reconocer que, hasta cierto punto, el proyecto de la diputada Paola Vega, que ha tenido algunas disparatadas ocurrencias, aunque lejos, iba en la dirección correcta.

El asunto está, en vez de poner un impuesto al plástico, obligar a todos aquellos que fabriquen o vendan elementos plásticos, de empaque o de uso, a que identifiquen el fabricante o vendedor, y que tengan la obligación de recomprarlos, por un precio simbólico pero atractivo, para que sean recolectados y devueltos a su origen, por alguien que quiera ganarse unos cincos y hasta sobrevivir de eso. El costo de ese proceso será naturalmente incorporado al costo de producción y al precio de cada producto. Un economista diría que se logra internalizar una externalidad negativa.

¿Y qué hacer con todo el plástico? En el peor de los casos irá a un relleno sanitario en donde esperará 500 años para degradarse. A muchos se les ocurrirá reciclarlo o, lo que está de moda, producir petróleo «sintético», con un proceso muy simple: elevar su temperatura a 400 grados centígrados para que se gasifique y con un simple alambique enfriado por agua (de esos que tienen los dueños de las «sacas de guaro») se destile y se licúe el hidrocarburo y se separe del agua. El precio del petróleo en el mercado mundial marcará la pauta de cuál camino seguirá cada uno.

¡Viva el plástico! Nos ha hecho la vida mucho más fácil.

 

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