Dennis Meléndez: Por quienes suscribimos el artículo de La Nación del viernes pasado.

Nos gustaría escuchar soluciones racionales de cómo hacer frente a la situación actual, más allá de simplemente proponer el mandar por un tubo la regla fiscal

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Dennis Meléndez Howell, Economista (Ph.D.).

Me ha quedado resonando en mi mente el calificativo de «pendejo» que nos endilgó mi estimado excompañero de universidad y de causa política, mi amigo don Leonardo Garnier, a quienes suscribimos el artículo de La Nación del viernes pasado.

Tradicionalmente, en Costa Rica se ha usado la palabra «pendejo» con la acepción de cobarde o pusilánime. La otra acepción, la de vello púbico, no recuerdo haberla oído nunca en nuestro hablar coloquial. Esta es muy común en Suramérica.

Mientras en Costa Rica, usualmente, tiene la carga emotiva de un insulto, a veces también se le usa en sentido coloquial. Es frecuente que uno diga de si mismo: «es que soy muy pendejo para el ejercicio». En México, es un insulto muy fuerte.

Si don Leo nos considera cobardes por decir lo que pensamos me parece que no calza. Por el contrario, en esta época en que a la gente le encanta escuchar solo lo que les endulce los oídos, el populismo puro, más bien se necesita ser valiente, torpe o insensato para salir a decir cosas que exacerban los ánimos de los grupos de interés que se niega a solidarizarse con los más afectados.

Creo que, si quisiera ser más preciso podría habernos calificado de ignorantes, zopencos, brutos o hasta imbéciles. Pero supongo que cuando don Leonardo escogió ese epíteto lo hizo con cuidado y precisión. Él tiene mucho más cultura y experiencia en semántica, especialmente habiendo sido ministro de educación durante ocho años.

Lamentablemente, hay que reconocer que no todos tenemos tantas luces para no caer en esas categorías, pero tenemos que vivir con esas limitaciones y así nos hemos de resignar. Dichosos quienes pueden eximirse de carecer de ese tipo de defectos.

Es muy interesante leer los comentarios de las personas que se niegan a cubrir su cuota de aporte a la solución de la crisis. Sus argumentos parecen más arte de birlibirloque para no sonar egoístas que argumentos racionalmente esbozados.

Nuestra única intención fue llamar la atención de que si hay que sacrificarse, esto debe ser parejo. Pero, parece que algunos consideran que no debe ser así, pues los empleados públicos son especiales y no tienen por qué sufrir menoscabo en su posición económica en estos momentos. Quizás, quienes suscribimos el artículo, no logramos captar esa categoría de excepción.

Quizás estemos muy equivocados en nuestro planteamiento, pero nos gustaría escuchar soluciones racionales de cómo hacer frente a la situación actual, más allá de simplemente proponer el mandar por un tubo la regla fiscal. Esta, o cualquier medida para buscar cómo financiar los gastos extraordinarios de modo que el daño sea menor, tiene sentido para que, una vez que salgamos de esta pandemia, no entremos en una depresión económica que probablemente causaría más víctimas que el Covid19.

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