Dennis Meléndez: Se enchaquetó Goyito

Alguien que se enchaquetó de repente se puede decir que se arrancó, es decir, se encolerizó. Si alguien se enchaquetó por algo, se puso chiva. Y es que alguien muy enchaquetado, no aguanta nada .

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Dennis Meléndez Howell, Economista (Ph.D.).

Enchaquetarse es enojarse, sobre todo, tener un arranque súbito de ira y hasta tomar acciones que demuestren enojo, como irse repentinamente de un lugar y hasta reaccionar de manera violenta ante determinada situación. El mismo verbo da idea de su posible origen: en una interpretación literal, enchaquetarse es ponerse una chaqueta, que es la prenda de vestir que en otros países llaman chamarra o, directamente el término del inglés del que proviene: jacket. Cuando alguien se va a marchar de un lugar, probablemente, lo primero que haga es buscar su chaqueta.
Claro que como suele suceder con todas las palabras, su verdadero sentido está en las circunstancias. Un padre se puede enchaquetar con su hijo, porque no se quiere dormir, lo cual no necesariamente implica una actitud agresiva o violenta. El esposo se puede enchaquetar con su mujer porque tarda demasiado en alistarse para salir hacia algún lugar. Un niño se enchaqueta con otro, porque le quitó algún juguete. El presidente de la República se puede enchaquetar con un diputado, porque le dirigió términos ofensivos.
En tico, estar enchaquetaditico es estar sumamente enojado. Alguien que se enchaquetó de repente se puede decir que se arrancó, es decir, se encolerizó. Si alguien se enchaquetó por algo, se puso chiva. Y es que alguien muy enchaquetado, no aguanta nada .
El término es muy claro. ¿De dónde surge la relación entre el acto de ponerse una chaqueta y el de enojarse? Hay una muy vieja historia, que solo la gente muy mayor recuerda.
¿DI´ONDE VIENE?
En la Heredia de los años 40, vivía un personaje singular, un abogado litigante, de cierto renombre, a quien familiarmente se le llamaba Goyito. Era duro en sus juicios y opiniones y no le gustaba mucho que lo contradijeran. Era fanático seguidor del Dr. Calderón Guardia, a quien le tenía un especial aprecio y respeto. Goyito vivía cerca de la Escuela Normal, en donde estudiaron dos de sus hijas.
Tenía un grupo de amigos con los que se reunía los domingos por la tarde a jugar dominó, juego relativamente exótico para los ticos. Eran alrededor de 10 amigos que se turnaban para reunirse en una casa diferente cada vez. Desde luego que, en aquellas simpáticas reuniones, no faltaba alguna bebida espirituosa, a veces simple guaro o ron colorado, pero de vez en cuando alguno se lucía con una botellita de vino, de Ballantines o de Black and White, bebidas raras en una economía poco abierta al comercio exterior, menos aún en tiempos en que la Segunda Guerra tenía bastante maltrecha la economía local.
Para las elecciones del año 44, en que el candidato oficial, Dr. Teodoro Picado, se enfrentó a don León Cortés, la situación política adquirió visos de confrontación y división entre las familias costarricenses. A pesar de eso, los miembros de aquel club selecto de sexagenarios tenían un relativo consenso en su apoyo político a Picado. Desde luego que sus tertulias eran acaloradas y los temas de actualidad eran discutidos semana a semana. La conformación del Bloque de la Victoria, con el Partido Comunista dejaba cierto resquemor en algunos, pero el argumento tajante del apoyo tácito al Bloque por parte de Monseñor Sanabria terminaba de limar las asperezas. La victoria electoral fue celebrada generosamente por aquel grupo de amigos.
Conforme se desarrollaba la administración Picado, por una parte, por el recelo de algunos que habían quedado fuera en la repartición de puestos y, por otra, por el embate de la crisis económica que afectaba, en lo personal, a más de uno de ellos, el consenso empezó a resquebrajarse. Pero Goyito siempre se mantuvo fiel a sus principios republicanos y cada vez que surgía algún diferendo, él anteponía su admiración por el Doctor, contra cualquier argumento.
Poco a poco, las tertulias se fueron agriando y se tornaron más bien en discusiones abiertas. Los juegos de dominó eran cada vez menos frecuentes. Goyito defendía sus tesis acaloradamente y casi que, se fueron llevando al nivel personal. Cuando las discusiones se ponían excesivamente pesadas y Goyito se enojaba, no era raro que cogiera su chaqueta y su sombrero e, intempestivamente, abandonara la reunión. La tensión llegó a tanto que, los propios contertulios tuvieron que llegar a proponer un pacto de paz, para no tocar temas álgidos.
Pero en un ambiente político y social tan enrarecido y convulso como el que prevalecía en aquellos años, sobre todo cuando se acercaban las elecciones de 1948, no era extraño que la conversación se enrumbara hacia los temas electorales. En cuanto Goyito se percataba de que el tema que estaban tratando no era de su agrado, cogía su chaqueta y su sombrero y, a veces hasta sin despedirse, abandonaba el grupo. Aquello se convirtió en una señal de alerta para los contertulios de que, de inmediato, debían parar la discusión, a la voz de “ya se enchaquetó Goyito”. Y más bien, Goyito tomaba aquello como una especie de burla de sus otrora íntimos compinches y se enojaba aún más.
De allí en adelante, los contertulios empezaron a manejar el tema con cierta sorna: “cuidado se nos enchaqueta Goyito”. Lo cierto es que Goyito abandonó el grupo, pero los demás continuaron las reuniones y, cada vez que las discusiones alcanzaban cierto nivel, y alguno de ellos se paraba para irse, los demás decían: “se nos enchaquetó Goyito”.
De aquella anécdota, que pronto trascendió a la población herediana, se forjó esa expresión, que poco a poco evolucionó a un verbo de uso común, enchaquetarse, como sinónimo de enojarse fuertemente. Luego se extendió con alcance nacional.

 

 

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