Descanse en paz, Stephannye

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Castro Solano, Politóloga, educadora y comunicóloga.

El miércoles anterior una noticia macabra circuló en la prensa nacional con un titular que – desgarrador más allá de lo creíble – decía que los vecinos de una comunidad escazuceña estaban horrorizados tras ver que una perra del lugar caminaba por la calle con un brazo humano en el hocico. Así, tras alertar a las autoridades y que estas hicieran el hallazgo de los demás restos en el sitio, la misma prensa extendía la nota para afirmar que seguía sin ser identificado el hombre cuyos restos habían aparecido en tan espantosa forma.

Horas más tarde – jueves ya a primera hora – los medios volvían a cambiar de título para decirnos que la víctima de tanto ensañamiento no se trataba de un hombre sino de una mujer inicialmente no identificada y que luego, precisamente por sus múltiples tatuajes, había sido reconocida como una muchacha de 28 años, agente de seguridad y barbera, oriunda de Buenos Aires y que hace unos meses había venido a vivir a San José centro en busca de trabajo.

Luego, tras leer con horror la noticia y ver las fotos de la chica en prensa, una inquietud me asaltó y la escribí desde el viernes para advertir que – dado el nivel de ensañamiento en el crimen de esta muchacha – tanto el Organismo de Investigación Judicial (OIJ) como el Instituto Nacional de las Mujeres (INAMU) debían investigar si tras su muerte además había factores de odio relacionados con que su apariencia desafiara el cánon estético que el patriarcado supone “femenino”.

  

Así, en aquel momento no escribí que el odio que sospechaba como motivo o agravante en este atroz crimen se relacionaba con la orientación sexual de la víctima pues – si bien su apariencia podía calzar con el esteteotipo lésbico presente en el imaginario – afirmar como cierto algo de lo que no se tiene mayor indicio que un retrato sería tan irresponsable como reforzador de estigmas.

Sin embargo, pasado el fin de semana, amigos y familiares contaron a los medios algunos detalles de esta vida cegada y, entre ellos, confirmaron que en efecto  Stepphannye – su nombre – era una chica lesbiana y que parte del perturbador ritual asesino había sido ponerle un vestido para humillarla pues sus verdugos sabían lo mucho que ella detestaba dicha prenda.

Entonces, aunque hubo quienes corrieron a relacionar su muerte con narcotráfico – tanto por el modo en que apareció su cuerpo como porque su asesinato coincidió con la intervención a un importante cartel de la zona sur – dije y repito que, incluso si el crimen se tratara de un ajuste de cuentas, este no sería el único motivo involucrado en un homicidio con tanta saña y en el cual su cuerpo fue desmembrado con cortes de maquina y su rostro fue borrado por completo al reducir su cabeza a una calavera que incluso se presume fue lavada antes de colocarla en dicho predio.

Esto es, hay aquí elementos clave para investigar también un posible crimen de odio que debe señalarse como tal pues, aunque sabemos que todo femicidio es un crimen de odio en el que se elimina a la otra persona por su condición de mujer, en este caso parece unirse el agravante de que se trataba de una mujer de orientación homosexual e identidad lésbica y cuyo cuerpo era en sí mismo un espacio de resistencia ante lo que el sistema patriarcal concibe y celebra como “femenino”. En consecuencia, es perfectamente posible presumir que tal ensañamiento contra su cuerpo refleja una espantosa venganza por haberse atrevido a disentir del cánon y que incluso el borrar su rostro – como literalmente hicieron sus asesinos – es el pináculo del odio y del deseo de arrebatarle también su dignidad y su carácter de persona.

Tras la revelación espeluznante del vestido, de inmediato surgieron las voces de quiénes siempre saltan sobre agua segura a condenar el hecho y a enarbolar de nuevo banderas de campaña. No obstante, cabe preguntarse por qué – a diferencia de quienes sí lo hicimos –  antes ni siquiera habían sugerido el odio como un factor en esta muerte: ¿sería que no habían prestado atención a un caso que les sonaba más a ajuste de cuentas – y que tienen tan naturalizado que ya ni las/os espanta – o sería que no habían visto una posible causalidad entre la apariencia de la muchacha y tanta vejación enferma a sus restos?

Porque, si es así, parece que no es tanta la sensibilidad que tienen hacia el tema del que se dicen activistas – incluso callaron ante el tono de las fotos de los restos que fueron publicadas en medios, – y aunque ahora reclamen su muerte desde la arena política, lo cierto es que su reacción es tardía y dolorosamente insuficiente pues se limita a mensajes en redes que parecen reavivar duelos de campaña y/o publicarse para buscar lucir el “calibre de conciencia” de quién los escribe.

Esperemos entonces que la decencia mínima de la esfera pública busque – por justo y necesario – politizar este crimen horripilante desde “lo político” (lo público) y no desde “la política” (lo partidario y electorero) pues sería cuando menos hipócrita que cualquier partido usara esta muerte para llevar agua a sus molinos – en una y otra dirección – cuando la vida misma de esta muchacha de clase trabajadora y de la periferia era muestra interseccional pues incluso se llamaba “Stephannye” en un país donde la burguesía “progre” (o “progresía”) que se dice tan humanista, ha demostrado recientemente que hasta los nombres y cómo se escriben son motivo de discriminación y de burla.

Descanse en paz, Stephannye.

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