Desempleo incontenible urge medidas extremas

¿Será el gobierno de Carlos Alvarado el que pase a la historia como el gran impulsor del desarrollo o, simplemente como el que intentó seguir haciendo lo mismo y no le resultó?

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Dennis Meléndez Howell, Economista (Ph.D.).

Si intentamos seguir haciendo las cosas de la misma manera de siempre, no podemos obtener resultados distintos.

La tasa de desempleo abierto ya llegó a 12%. Sospecho que ya había llegado a esa cifra e, incluso, hasta más alta en el pasado. Si uno creyese en teorías de conspiración podría imaginarse maquillajes con fines electores. Sin embargo, la seriedad del INEC nos mueve a inclinamos por problemas metodológicos o empíricos. Esas son las cifras con que contamos. Sean nuevas o una línea histórica más progresiva, ya estamos en niveles insoportables para el bienestar general y la satisfacción de las necesidades básicas. Ya empieza el hambre en los grupos más endebles.

Los empresarios claman por «programas de reactivación económica», lo cual deja un incómodo tufillo a proteccionismo, aumento de subsidios y mayores distorsiones a la economía, que no solo no son una medicina apropiada, sino, más bien, contraproducente.

Nuestro sector productivo está plagado de políticas que atentan contra la productividad y la producción: cargas sociales insostenibles, impuestos a las utilidades por encima de los niveles óptimos de recaudación, privilegios que cunden por doquier para grupos ineficientes y un enorme fardo de trabas burocráticas que desaniman al más osado emprendedor, para mencionar sólo algunas.

No hace falta inventar nada. Basta volver la vista a los países exitosos y cómo han logrado llegar a sus respectivos estadios. Como que eso nos cuesta mucho y nuestro sempiterno orgullo nos impide tomar buenas ideas de las mejores prácticas internacionales.

Un impuesto sobre la renta, con una gama multicolor de tasas diferenciadas, que lo vuelven un esquema tremendamente injusto y con múltiples portillos e incentivos para la evasión es nocivo al desarrollo. Tasas tan altas y escalonadas no solo desfavorecen la iniciativa empresarial sino que hacen que la recaudación sea menor. Paradójicamente, si Hacienda quiere recaudar más, la medida más inteligente es moverse hacia una tasa única y global, digamos de 20%, para todos, incluyendo utilidades, dividendos, salarios, intereses, alquileres.

Y todos debemos pagar por igual. Es tremendamente perjudicial que haya grupos exentos, total o parcialmente, sin justificación económica alguna, más allá de los reclamos lastimeros y las lágrimas de cocodrilo. Es desalentador poner a trabajar empresarios con unas reglas y otros con otras. El suelo debe estar parejo para todo mundo.

Y si ponemos los ojos en el éxito de las zonas francas, no se necesitan profundas investigaciones para descubrir que la razón de su productividad es el operar sin impuestos de aduana. Me atrevería a apostar que, una desgravación inmediata a todas las importaciones, produciría el gran milagro de aumentar el empleo, de forma ifso facto.

Y, si además, lo apoyamos con un sincero programa de eliminación de trabas, pero que sea en serio, no los nadaditos de perro que han mantenido los últimos gobiernos, tendremos abierta la senda para crecer a tasas mayores al 6% anual.

Sí, sé que hay miopía en los tomadores de decisiones, obnubilados por los grandes grupos de interés. También hay miedo al cambio y temor a lo desconocido. Pero no queda otra.

¿Será el gobierno de Carlos Alvarado el que pase a la historia como el gran impulsor del desarrollo o, simplemente como el que intentó seguir haciendo lo mismo y no le resultó?

Quiero ser optimista y pensar que vamos a lograr cambios profundos en nuestro derrotero hacia el abismo.

 

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