Diego Vega Rojas: Biden debería restaurar el apoyo estadounidense al pueblo kurdo

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Diego Vega Rojas, Observatorio de los Estados Unidos, CIEP, UCR.

En las últimas dos décadas, los kurdos han resultado aliados clave para las empresas estadounidenses en Oriente Medio. Primero desempeñaron un rol importante en el derrocamiento de Saddam Hussein y, más recientemente, fueron fundamentales para derrotar al Estado Islámico en Siria e Irak.

Estados Unidos (EE. UU.) ha buscado reconocer estos logros por medio de financiamiento militar y en el caso específico de los kurdos iraquíes, ayudó a asegurar que la nueva constitución de ese país reconociera sus derechos civiles en igualdad de condiciones con la etnia iraquí y que se les otorgara autonomía regional. Sin embargo, los esfuerzos estadounidenses han sido insuficientes. ¿Por qué EE. UU. no ha apoyado al pueblo kurdo con la coherencia esperada y por qué debería hacerlo?

Primero hay que responder otra pregunta: ¿quiénes son los kurdos? Este pueblo corresponde a un grupo étnico en el cual predominan los musulmanes suníes, y el territorio que habitan -llamado Kurdistán- está esparcido entre las fronteras de Turquía, Irán, Siria e Irak. De acuerdo con la socióloga kurda Azize Aslan, a lo interno de los cuatro territorios hay diferencias entre kurdos en cuanto a plataformas, ideologías y formas de lucha, pero tienen en común la resistencia frente al sometimiento de los países circundantes.

Ahora bien, el pueblo kurdo tiene un historial de decepciones en manos de EE. UU. La primera, durante la primera guerra del Golfo, cuando los kurdos decidieron combatir a Saddam Hussein en Irak y fueron finalmente dejados a su suerte. Años después, en 2014, las milicias kurdas iraquíes ayudaron a los estadounidenses a expulsar a los yihadistas de su territorio, pero EE.UU. no apoyó el referéndum subsecuente que celebraron los kurdos iraquíes para independizarse del país, ni brindó apoyo cuando las tropas iraquíes recuperaron el territorio que declaró su soberanía.

Fuente: United States Central Intelligence Agency. (2002) Kurdish-Inhabited Area U. [Washington, D.C.: Central Intelligence Agency] [Mapa] Recuperado de Library of Congress, https://www.loc.gov/item/2008624764/
La tercera decepción llegó recién en 2019, cuando Donald Trump retiró las tropas estadounidenses del territorio kurdo en Siria, a pesar de que los kurdos sirios fungieron como los soldados encargados de vencer al Estado Islámico en la lucha a pie. Tayyip Erdoğan, presidente de Turquía con actitudes crecientemente autoritarias, aprovechó la oportunidad -valiéndose también de la pandemia- para comenzar una persecución contra líderes políticos, celebridades, milicias y demás personas kurdas tanto en su país como en Siria.

Turquía es otro aliado importante de EE. UU. en la región, y se opone a la independencia de los kurdos porque esto pondría en riesgo su integridad territorial. La potencia anglosajona teme que un Kurdistán independiente termine aumentando la inestabilidad de Oriente Medio. No obstante, hay que recordar que las fronteras en la región fueron trazadas artificialmente por Francia y Reino Unido al final de la Primera Guerra Mundial, sin reconocer las diferencias identitarias en dichos territorios.

Rebecca Collard, periodista que escribe sobre Oriente Medio para la revista Foreign Policy, considera que una variable para explicar la falta de claridad de los estadounidenses en su relación con los kurdos, tiene que ver con que la potencia anglosajona nunca ha desarrollado una política específica para el pueblo kurdo. Esto se explicaría porque EE. UU. parece estar más interesado en desarrollar un gobierno pro estadounidense en Bagdad que en asegurar la autodeterminación de Kurdistán.

Pero es importante reconocer que, de todas las fuerzas que combatieron al Estado Islámico y que, además, se oponen al régimen de Bashar al-Assad en Siria, los kurdos son los únicos actores moderados en un entorno donde abunda el fundamentalismo religioso. Además, los kurdos iraquíes han construido esfuerzos, aunque con tropiezos, por establecer un régimen democrático en su región autónoma.

En un momento donde, a raíz del fracaso en Afganistán, los aliados históricos de EE. UU. más allá del continente americano se sienten dejados a su suerte, el presidente Biden puede aprovechar la oportunidad para demostrar que será consecuente con su agenda en pro de la democracia y los DD.HH. y recompensará al pueblo kurdo -y a cualquier otro aliado- por su compromiso contra el extremismo y la opresión.

Para concretar lo anterior, puede comenzar por hacer mayores esfuerzos para persuadir a los gobiernos de Turquía e Irak para que abandonen su persecución a los kurdos. Incluso podría ir más allá al garantizar que los kurdos iraquíes puedan desarrollar su independencia política y económica, lo cual podría resultar en un experimento adecuado de lo que pueden esperar los kurdos en los otros tres países limítrofes cuando hayan consolidado la estabilidad interna.

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