Displicencia legislativa

La Contraloría General de la República desde hace aproximadamente una década viene advirtiendo sobre el peligroso rumbo que toma el déficit fiscal, consecuencia de la frágil situación de las finanzas públicas

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Algo tiene la Asamblea Legislativa que siempre que llegan los nuevos inquilinos se les pegan los males de los anteriores. En campaña candidatos y candidatas son conscientes de los problemas del país y en nuestro caso sobre la grave situación fiscal. No obstante al llegar a Cuesta de Moras, no sólo ignoran las luces de alerta que llevan buen rato encendidas, sino que les da por repetir los mismos discursos superfluos y cansinos de sus antecesores. El lema ya repetido en la Asamblea, es postergar la toma de decisiones imperativas  y asumir al mismo tiempo, una enfermiza arrogancia populachera que a este punto es tragicomedia. A varios les encanta repetir como loros las consignas de los grupos de presión, sin el menor esfuerzo por comprender la magnitud de la crisis que se cierne sobre el país.  Su lógica se imita tan solo a aferrarse, con honrosas excepciones  a  intereses inmediatos, aunque esto implique en la realidad, afectar a las mayorías carentes de beneficios de los cuales si gozan miles de empleados públicos y también empresarios en la forma de exoneraciones o bien de evasión y escondrijos a su responsabilidad ante el fisco.

Este gobierno inicia bien asumiendo que hay una prioridad incuestionable en materia fiscal sin restar importancia a otros temas. Es un gobierno con un claro respaldo mayoritario en las urnas, pero en evidente minoría de su fracción partidaria en el Parlamento. Los legisladores de oposición por su parte, no más llegar a la curul, consideran que todo puede esperar y manejarse al ritmo de su insoportable displicencia.

Enerva escuchar a experimentados políticos haciendo acopio de barata demagogia para impedir que el país pueda retomar la senda de la responsabilidad.  Y si bien es claro la propuesta fiscal en este caso, es insuficiente, simboliza en realidad, el inicio de un necesario y  tortuoso camino que saque al país del embrollo descomunal en que se  encuentra.  Esta apreciación no demerita las contadas excepciones de quienes estudian y procuran un cuestionamiento razonable a las medidas gubernamentales anunciadas por Hacienda. Sin embargo eso es la excepción que sólo confirma la regla.

La Contraloría General de la República desde hace aproximadamente una década viene advirtiendo sobre el peligroso rumbo que toma el déficit fiscal, consecuencia de la frágil situación de las finanzas públicas, provocada a la vez por un gasto público desmesurado y una evasión descomunal en materia de pago de impuestos. La deuda llega a las nubes y a quien más debiera importarle, parece que no le preocupa del todo. Esta historia semeja a la del lobo del cuento, que viene y se acerca, pero al que nadie hace caso. Cuando aparezca  será entonces demasiado tarde en implicaciones y en costo social.

Por eso el país enfrenta una delicada coyuntura y una riesgosa encrucijada: La de tomar decisiones un tanto dolorosas o bien, la de seguir postergándolas ante un escenario absolutamente volátil y escabroso. Ahora es cuando más urge la conciencia crítica ciudadana, y de los más conscientes para decidir sobre el futuro del país.  Continuar en la zona de confort o “patear la bola”, sólo conduce a escenarios indeseables, que la mayoría de los costarricenses no está en capacidad siquiera de imaginar.

 

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