Don Pepe, el socialdemócrata

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Lorena Brenes.

“No hay democracia si no hay sociedad”,
José Figueres Ferrer.

Era 1962 y el país lo gobernaba Mario Echandi. Enrique Obregón Valverde estaba sentado en su despacho en la Asamblea Legislativa. Llevaba ya cuatro años como diputado opositor por el Partido Liberación Nacional, sin embargo, los últimos dos los pasó separado de su bancada, proponiendo leyes por su cuenta y proclamando fervientes discursos en contra de su mismo partido, denunciando las trasgresiones ideológicas que se cometían.  El ideal socialdemócrata se estaba perdiendo y él no lo podía permitir.

Sentado, Enrique se debatía sobre su próximo paso político. Venía saliendo de unas decepcionantes elecciones presidenciales en donde su recién formado Partido Acción Demócrata Popular, fundado con las bases puras de la ideología socialdemócrata y el cual iba a rescatar el credo socialista, fue tachado de comunista. En plena Guerra Fría, esto era una sentencia al fracaso y lograron salir con 200 humildes votos.

Así que ahí estaba Enrique, un joven diputado de 35 años que se encontraba sin un rumbo claro. ¿Debía seguir luchando por los valores socialistas desde su partido “comunista” y enfrentarse continuamente al rechazo de la sociedad? ¿Debía volver a su partido de origen, Liberación Nacional? No sabía qué hacer. Entonces recordó justamente como todo comenzó.

Estaba aún en el colegio cuando lo escuchó por primera vez. José María Figueres Ferrer daba uno de sus enérgicos discursos radiofónicos, denunciando con fervor la corrupción del gobierno del presidente Rafael Ángel Calderón Guardia. Figueres fue apresado por ese discurso y estuvo dos años en el exilio en México. Mientras tanto, Enrique iniciaba sus estudios como abogado.

No fue sino hasta después de la Revolución del 48 cuando Enrique conoció personalmente a Don Pepe y empezó, lo que por muchos años llamó, una amistad política. Fue en una de las tantas tertulias semanales en el Club Unión y desde ese momento pasó a formar parte del círculo de dirigentes del partido. Don Pepe, Alberto Martén, Luis Alberto Monge y Daniel Oduber pasaban horas hablando de lo que había que hacer en el país.

El vínculo fue inmediato, Enrique, un idealista, se identificó con Don Pepe y con su expresión de lo que había que hacer en esa época. Algo nuevo con la política costarricense, Don Pepe hablaba de un partido ideológico y permanente. Hablaba con pasión sobre un proyecto político.

En 1956, Don Pepe afirmaba en Cartas a un ciudadano que se necesitaba una determinación nueva, un plan de gobierno que ligara  un grupo de dirigentes políticos, por el vinculo de una común aspiración. Él clamaba por un movimiento ideológico. Solo con escuchar hablar a Don Pepe por unas horas, Enrique se entusiasmó con la idea y decidió formar parte de ese movimiento.

Diez años después de la revolución, Enrique entró a formar parte del partido. Don Pepe, Daniel Oduber, Rodrigo Facio y Luis Alberto Monge conformaban su círculo de amigos, amigos políticos, y entre todos hablaban de la formación del partido ideológico. Enrique recordó las palabras de Don Pepe:

—Este es un partido de izquierda, hacia el socialismo, yo soy un socialista, soy un socialista humanitario, de un gobierno de la sociedad de un pueblo. No hay democracia si no hay sociedad.

Y aun así, entre tanto socialdemócrata, Enrique se dio cuenta que el partido tenía tintes socialcristianos y Don Pepe lo sabía.

Cuando se dictó la primera carta de constitución del partido y durante uno de los centros de estudios, cerca del Parque Morazán, Daniel Oduber le dijo a Enrique que el padre Núñez, Benjamín Núñez, el que Don Pepe llamó “el capellán del Ejército de Liberación Nacional” cuando el padre se sumó a las filas de Figueres durante la revolución, los había sorprendido. Enrique recurrió a Don Pepe, preguntándole si era cierto lo que Daniel decía. ¿Podía ser posible que el padre Núñez metiera la doctrina socialcristiana dentro de la carta del partido socialdemócrata? Eso, según pensaba Enrique, era casi un delito. Don Pepe le dijo:

—El padre Núñez  nos metió un socialcristiano desde el centro de la cancha, lo que pasa es que nosotros nos estamos enterando 10 años después, cuando estamos formando los planteamientos socialdemócratas, pero sí, el padre Núñez nos sorprendió.

Don Pepe explicó en ese momento a Enrique que la socialdemocracia perseguía la justicia, la libertad, la solidaridad y las oportunidades, lo mismo que la Iglesia Católica, la diferencia es que la socialdemocracia no habla de Dios, a Él no había que meterlo en la política.

Diez años después y sentado en su despacho de diputado, mientras meditaba su decisión, Enrique sabía que en la política no se podía incluir a Dios, ya que a un político no se puede analizar desde una perspectiva de moral individual. Muchos años en el campo le habían enseñado que para que un político lograra su propósito, a veces tenía que atropellar la moral. Aprendió que el único parámetro para juzgar la moral de un político es con los resultados de su gestión, en relación con el planteamiento político.

Supo que en su momento, Don Pepe vio que realmente lo que valía era cumplir la promesa que se le hizo al pueblo. Los actos malos de un buen gobernante quedan en la historia como hechos anecdóticos, los ciudadanos lo que recuerdan son los éxitos de su gestión.

Don Pepe tuvo muchas batallas ganadas luego de la revolución. Creó la clase media a partir de 1950. Antes de 1952 las mujeres no tenían nada que hacer en el mundo de la política. Don Pepe las incluyó y constantemente decía que la democracia es un asunto del pueblo, no de género.

Universalizó la enseñanza, la cual ya era pública y obligatoria, pero no estrictamente aplicada y mandó a su Ministro de Educación a poner una escuela en todos los distritos del país y un colegio en la cabecera de cada cantón. El Ministro le reclamó la falta de maestros, Don Pepe lo mandó a buscar a todos los jóvenes que supieran leer y escribir y estuvieran sin trabajo. Ellos se convirtieron en los maestros de nuestro país.

Mientras Enrique se debatía en su despacho en Cuesta Moras, no se imaginaba que  gracias a esa acción de Don Pepe a mitad de siglo, de enviar a los niños de todas las zonas de país, rurales o no a la escuela, haría una realidad el hecho de que una década más adelante, para 1970, los jueces, los diputados, ministros y jerarcas no eran necesariamente los hijos de los banqueros, como lo eran a principios del siglo, sino que eran los hijos de los campesinos, ellos pasaron a ser los dueños del poder del país.

En ese momento, Enrique concluiría que esa era la esencia de la socialdemocracia aplicada con pasión para fortalecer el sistema político de un país.

Fue mucho lo que hizo y quedaba todavía por hacer a Don Pepe en su vida política, pero a Enrique le quedaba poco tiempo  en su periodo como diputado y debía definir cómo concluirlo. ¿Seguiría siendo ese “comunista” que amenazaban de muerte y constantemente era retado a duelo? Sus compañeros del Partido Acción Democrática Popular así lo deseaban.

Luego de las catastróficas elecciones presidenciales, quedó un grupo dispuesto a continuar con el partido; sería un partido de protesta que seguramente nunca alcanzaría el poder ni en los próximos 50 años. Enrique pensó de nuevo. Él no quería formar parte de eso, él deseaba hacer algo por el pueblo y con un partido sumido en las sombras de la Guerra Fría nunca lo lograría.

Fue así como Enrique retornó al único partido socialdemócrata que existía, el Partido de Liberación Nacional en donde, a pesar del escándalo y polémica que había cometido al separarse, fue recibido con los brazos abiertos; nunca lo juzgaron.

Enrique sabía que había tomado la decisión correcta. Varias décadas después, luego de haber escrito cinco libros, más de dos mil artículos y dictado conferencias por toda Latinoamérica sobre la socialdemocracia, esta decisión estaría más que confirmada y Enrique comprendería que Don Pepe tuvo la visión y la capacidad para hacer el planteamiento adecuado en el momento preciso y lo pudo lograr como una realidad. Logró tomar el poder por las armas, pero cambio el sistema del país con una ideología.

Enrique supo que esa forma de pensar, la socialdemocracia, consiste en tener la capacidad para proponer reformas y las dosis necesarias que el pueblo necesita de esos cambios. Para Enrique, Don Pepe, el último caudillo de nuestra historia, el socialdemócrata, es el único que lo ha logrado.

 

 


Este artículo forma parte del libro: «Don Pepe: crónicas al pie del hombre», editado por Daniel Baldizón-Chaverri  y Froilán Escobar González, fruto de muchas voces, afinadas todas con el diapasón del sentir de un hombre que marcó a Costa Rica con lo mejor de él. Aquí Don Pepe, sueña, vive, lucha, es papá, político, organizador, amigo, hombre enamorado, es decir, hombre de su tiempo, y del nuestro, por supuesto.

 

 

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