Dorelia Barahona: La madre

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Dorelia Barahona Riera, Narradora, poeta, guionista y filósofa.

De todas las prácticas que toma la fuerza en el cuerpo de la mujer, sea corredora, nadadora, boxeadora, bailarina, acróbata, agricultora, policía; es sin duda el cuerpo de la madre la que integra todas esas fuerzas en ella.
La madre cuida y siembra, alza pesos y combate, defiende y libera. La madre fluye y busca el equilibrio, corre, persigue, detiene, junta, baña y seca, divide y distribuye y lanza en una constante práctica de sus funciones.
La madre puede ser otra pero siempre es la madre.
Es la que recoge del piso lo que quedó, la que alza al niño y lo lleva dormido. La que lleva la bolsa de la compra además del niño dormido y su cartera y la sombrilla y el celular. Es la que empuja un carretón o bolsas de ropa para vender.
La madre es multifuncional en un solo ejercicio que repite diariamente si es necesario. La madre limpia, acomoda, viste, vigila, suena los mocos, empuja y agarra o se antepone si un hijo está en peligro.
La fuerza de la madre no le viene del gimnasio ni del cirujano, le viene de la maternidad, un instinto que es idea y es sentimiento culturizado. No todas las madres son madres pero cuando se es, se sacan fuerzas de la flaqueza y se quita la comida de la boca para dársela a los hijos.
Las madres que paren a sus hijos se rompen, se transforman en una olla que se abre, entre sangre y placenta, para que salga de su cuerpo otro cuerpo con una fuerza desconocida para ellas mismas que estaba dormida esperando a que la empujaran, y no termina ahí su fuerza, sigue después del alumbramiento, en los días sin dormir mientras el cuerpo se acomoda de nuevo en sus heridas, huesos y vísceras y aun así, se acomoda en su energía para amamantar al recién nacido. La madre lo cobija, le canta y alza y lo sigue alzando por varios años. Le duele la espalda pero no importa. Es débil pero es fuerte. Se desespera y a veces se pone triste. No le encuentra sentido a nada desgastándose tanto y dejando de ser ella. Su mente está cansada y a lo mejor quisiera morirse, pero resucita en un impulso de sobrevivencia que los mamíferos tenemos y que hace parecer ridículo celebrar solo un día de la madre al año.
A las madres no se les puede pedir tanto pero se les pide.
A veces las mujeres perdemos la fuerza por agotamiento pero también por esa invisible mano oscura del mercado que fomenta la belleza en el cuerpo de la mujer desde afuera, a punta de consumo de terapias, tratamientos e insumos femeninos. Nos vestimos y desvestimos, adelgazamos o nos rellenamos, nos montamos en una bicicleta, bailamos o boxeamos pero nos desconectamos.
La madre siempre está conectada sea más o menos bella, más o menos delgada o más o menos tonificada.
La madre es brazos de madre, besos de madre, manos de madre, pies de madre, espalda de madre, útero, vagina, vientre, piernas y ojos de madre. Toda ella es la madre hablando o en silencio. Escuchando o regañando, exigiendo o dando.
La madre envejece y su fuerza sigue allí acumulando años de su propio símbolo. Ocupa un lugar sentimental, un territorio emocional fortalecido por el tiempo que es la suma de una vida en otras vidas. Ella lo sabe y lo saben los hijos que heredan su modo de andar, sus ojos, sus manos, su tono de voz. La madre no es todo ni debería serlo para los hijos. Tampoco es una super mujer salida de una teleserie o de un culto, pero es fuerte como una ceiba, como una nutria, como una guacamaya, como una ballena, como una araña. Nos hace dormir con su canto desde que nacemos hasta que morimos recordándolo. Cualquier fecha del calendario, si ella está, es una fecha en compañía. Ella repara la tarde con un café y un par de frases y sí es buena y de corazón abierto la vida entera. Si ya no está, el recuerdo.
Tenemos su recuerdo.

Dorelia Barahona Riera es una narradora, poeta, guionista y dramaturga costarricense.​ Estudió filosofía y arte en la Universidad de Costa Rica y Cerámica e Historia del arte en Madrid.​ Ha sido miembro del Consejo Directivo de la Editorial Costa Rica.

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