Dos candidatos frente a los infundios y el miedo

Ninguno se salva en eso de ser descalificado por la torpeza y mala intención de colocar sus videos, sus fotos y hasta sus frases, muy lejos de donde fueron dichas y para qué fueron dichas

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Pablo Barahona Kruger.

Entre Fabricio y Carlos hay insondables diferencias. Quizá solo los une su pasión musical y su inclinación por la política. Pero incluso ahí, las diferencias son marcadas. A uno le gusta más la música de alabanza mientras al otro, la nota más roquera. Políticamente son más notorias sus distancias e inclinaciones.

En todo caso, no debe ser fácil ser el blanco de todas las críticas. De verdad que, si fuera por los memes sarcásticos y serruchantes, ahí sí que “somos potencia mundial”. La creatividad de este pueblo es inconmensurable. Solo que está mal direccionada hacia la destrucción y la negatividad. No hay que olvidar que no hay humor inofensivo. Y el humor en política suele ser como un arma blanca.

El infundio como recurso. – A los dos les vienen sacando de contexto. Ninguno se salva en eso de ser descalificado por la torpeza y mala intención de colocar sus videos, sus fotos y hasta sus frases, muy lejos de donde fueron dichas y para qué fueron dichas.

De los dos circulan fotos de “carajillos” cantando inspirados con su guitarra, abrazados con un pastor o un presidente depreciado.

A Fabricio claro, le dan duro por sus prédicas apasionadas y hasta a su esposa le rebuscaron hasta pescarla hablando “en lenguas”. ¡Mala fe total! Siendo que en el rito de su grey eso es no sólo normal sino hasta deseable y nada tiene que ver con el oficio de primera dama.

De Carlos tampoco se han olvidado y son muchas sus fotos en giras con su jefe Luis Guillermo o su madrina Ana Helena. Contagiado, él mismo, de inauguritis aguditis o entreteniéndose con la entrega de bonos y prebendas asistencialistas.

A Carlos se le ha pretendido encementar malhada e insistentemente. Sea por su participación en un Consejo de Gobierno por demás indolente y disfuncional, que nunca enfrentó a su propia cabeza ante el desbordamiento competencial de los amigotes presidenciales. O bien, por su decisión de nominar –a dedo- y sostener –hasta el límite- a su colega ministro de economía y reglamentador de la cuestionadísima reforma del mercado cementero, que tanto satisfizo a la postre al Big Chief de ambos –según supimos luego todos los costarricenses-.

A Carlos se le recrimina, incluso, hasta el déficit fiscal. Que es más bien obra de su colega Helio Fallas e incluso se le responsabiliza por los sobresueldos de sus colegas ministros y viceministras(o), dignos integrantes del “kínder PAC” fundado por Luis Guillermo.

En fin, tampoco es que haya que olvidar que nadie lo tiene vendiéndose como “la continuidad ¿del cambio?”. Ni que deba dejarse de evidenciar que por algo Carlos terminó reconfigurándose como candidato, a partir de un anómico “Yo creo”, que es como dejar llover arena sobre un desierto de fe, donde ya nadie cree en nadie ni mucho menos en algo –como sin elocuencia sugirió el triste Piza durante su campaña última-.

Fabricio, por su parte, tiene la gran ventaja de no ser oficialismo. Pero por eso, justamente, han recurrido a la vileza de obviar las profesiones de algunos de los diputados electos de su partido, minimizándolos como simples pastores cristianos.

En Limón, por citar solo un ejemplo, hasta vitaminaron un reportaje con un “chuzo” del supuesto diputado/pastor, sin acotar que, en justicia se trata de un eminente abogado que por décadas ha ejercido su profesión, siendo incluso notario de la banca estatal, cámaras empresariales y otros, en su condición de propietario de uno de los bufetes más concurridos de la zona atlántica. Además, fundado por él. Lo que para todos lo que hemos litigado como abogados sabemos que es mérito de valientes y constantes, nada más. Es decir, lo de pastor viene después, no antes, si de sugerir ingresos se trata.

Ese es solo un caso entre los vilipendiados diputados abrazados en bandera con Fabricio. Un ejemplo que, por cierto, no alcanza para obviar la falta de balance al no dedicarle –la prensa interesada- la misma atención crítica, también a los candidatos electos del PAC, por centrarnos solo en los dos partidos clasificados a este balotaje que ha empezado tibio y poco audaz.

Es bueno examinar y ojalá con dureza e incluso radiografías finas, a todos los futuros legisladores. Pero eso sí, a todos debería medirse con la misma vara o no medir a ninguno. Lo otro, simplemente no se vale. Por parcialidad, por injusticia e incluso por honestidad.

Lo bueno de todo esto, lo realmente bueno. Es que no son pocos los costarricenses cansados de tanta basura cibernética. De tanta noticia falsa y tanto desbalance informativo. De tanto periodista metido a analista político y la desmesura del síndrome de encuestitis aguditis que nos aqueja como sociedad política. Siendo que, de pronto, nos queda la impresión de que la lectura de la política solo se valida a partir de encuestas. Invernando entre encuesta y encuesta, toda inteligencia sociológica, toda lectura histórica e incluso toda profundización politológica. Lo cual, por cierto, me parece aburridísimo y estoy seguro que, a muchos costarricenses, les aburre aún más.

El miedo como esquema. – Parece claro que nos vienen enfrentando a un falso dilema. Y nos quieren encerrar en esa esquina en que los fantasmas abundan y el día siempre está nublado.

Entre el continuismo de Carlos y la religión de Fabricio, nos los venden como lo peor de dos mundos opuestos, que solo se dan la espalda.

Me niego a pensar de esa forma. Y estimo insultante que así se les vea. No solo para ellos, que solo por estar en la segunda ronda merecen más respeto, pues no hay que olvidar que gústele a quien le guste, superaron a todos los demás. Sino para todos los demócratas que, compartamos o no el dictado de las urnas, lo respetamos y los respetaremos siempre, confiados en los balances típicos del republicanismo.

Subrayando en esa misma línea, que disminuir a Fabricio o a Carlos a estas alturas como tanto se viene ensayando en redes, mass media y conversaciones diarias, nos obliga a pensar que si ellos no dan la talla o no son candidatos suficientes o aptos para esta Suiza Centroamericana que tantos malos ticos creen potencia mundial, siempre con la mirada fija en el ombligo, no quisiera ni imaginar dónde quedan los demás que se quedaron plantados en primera ronda, vestidos y alborotados. ¿Si los Alvarado no merecen nuestro respeto aún, pese a lo que ya lograron, entonces por qué habrían de merecer respeto alguno los demás candidatos fracasados? En fin: ¿cuidado con ese tipo de argumentos boomerang!

Muy por el contrario, pienso que hay que darles lo suyo a cada uno. Por un lado, fueron los dos comunicadores políticos más francos y directos. Los mejor articulados en debates y los mejor puestos en sus respectivas baterías de propaganda.

Por mucho, superaron a sus contendores. Tiesos y acartonados por lo general, que sobreracionalizaron sus candidaturas al punto de mostrarse tímidos o autocontenidos durante la campaña, aun cuando los números no les alcanzaban y, como sabemos, en efecto no les alcanzaron.

Es lo cierto, que Carlos y Fabricio fueron los de mayor llegada a los jóvenes y si bien uno se vio mejor en lo urbano, el otro reinó solitariamente en lo rural.

Por eso cuidado con que si el uno va a ser títere preso de ese triángulo nada amoroso de Ottón-Luis Guillermo-Ana Helena, o el otro va a ser cercado por los pastores y el capital que auspicia a la iglesia cristiana –aquí o desde Estados Unidos, da casi lo mismo para los efectos del infundio-.

Que si van a gobernar los sindicatos amigos del candidato a vicepresidente de uno o va a repetir ministros despreciados por buena parte de la opinión pública. O si el Consejo de Gobierno será poblado por pastores y hermanos de congregación o si el FAC llegará a dominar a Carlos al punto de lograr cooptar a un eventual gobierno PAC (¡con un diputado!).

Todas son conjeturas que, como el Coco que siempre viene a comernos y finalmente ni siquiera es real, nos distrae de las verdaderas discusiones en las que deberíamos de tratar de encarrilarlos, a ambos, como los únicos dos candidatos que hay. Sabidos de que uno de ellos será, o sí o sí, el próximo Jefe de Estado. O lo que es igual: el que decidirá sobre la deuda pública, nuestras tasas de interés, el empleo público, el Sistema Interamericano de Derechos Humanos, la criminalidad organizada, las fuentes de empleo, el turismo, el medioambiente y claro, esa camorra señoril que, a fin de cuentas, es la madre de todos nuestros problemas, al engendrar naturalmente la corrupción impune que, a su vez, nos carcome culturalmente por dentro y a todo nivel.

Pablo Barahona Kruger
Abogado y profesor universitario
pbarahona@ice.co.cr

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