Dos Poetas y un Silencio (un tributo a la amistad)

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Damaris Fernández Pinto.

“Y fue así como, reuniendo aquellas ausencias, reconstruí la figura del amado.”

No se contenta el hombre con serlo: los ecos del silencio le recuerdan que es efímera su existencia.

Habré compuesto mis ilusiones con patios y calles empedradas: habré soñado tanto que ahí deje las últimas huellas de la juventud lejana.

Y ahora, cercana mi ausencia, le reprocho a la vida el no haberme criado en esas tierras, con esos andares pordioseros y cenicientos de los peregrinos, aquellos que pasan y no miran atrás, dejando una estela de menta en su aire volandero. Porque no tuve raíces aquí, adonde me asiento ahora. Mi vida toda fue una búsqueda hacia un remanso de canciones. Tal vez la añoranza de ser otra, allá, en la España lejana, la del eterno retorno.

SEVILLA

A Sevilla se llega por el AVE, o por el flamenco, o por la Feria, o por Semana Santa, o porque sí. Nosotros llegamos por el flamenco. Tradición, ritual, obligado homenaje cuyo culto nos compromete. Porque el flamenco no termina de desarrollarse. Es pasajero y volátil como la vida misma, y atrapa, se adhiere al sentimiento humano con la misma ansiedad de un estómago hambriento.

La clase de baile da inicio. Juan extiende los brazos al aire como un águila en vuelo: al mismo tiempo, adhiere su peso al centro cósmico del universo. Pesa, pesa y a la vez, vuela. Contradictorio acto. Así es el alma hispánica, contradictoria. Tal vez el pueblo más consciente sobre el universo de la condición humana: el canto de Unamuno, – “la carne dice quiero ser, y el espíritu rebate, no quiero ser”. Se va creando una forma artística tan independiente que no hay dos flamencos que bailen igual, ni dos flamencos que sientan igual. Esta variedad nos permite reconocer que el género mencionado se adapta a cualquier temperamento o creación, por lo que su popularidad va expandiéndose día a día por el mundo entero.

Peso y vuelo. Liviandad y caída. Caída al centro del ritmo de la madre tierra.

Las flamencas inician sus ritmos de percusión. Pies primero, luego palmas. Ritmos, ritmos de ritmos marcando el compás. Decía el legendario Pericón de Cadiz que el flamenco está compuesto de dos elementos: “medía y compás”.

EL ARTISTA FLAMENCO

Juan es un artista. Vive por y para su baile. El flamenco es su razón de ser. No sabe hacer otro oficio, ni practicar otro arte. El artista flamenco se obsesiona, se adhiere al flamenco como una hiedra, y en esto, se es bueno o se es malo.

Dos poetas y su silencio se han acercado al flamenco de Sevilla. Se le acercan con respeto. Vienen a presenciar un mes de arduo esfuerzo, de pulimiento de una roca hasta convertirla en una piedra preciosa.

Las bailaoras marcan el compás. Mecen sus corazones de fuego y bronce. El cuerpo es una fragua donde se cincela un estilo. A ellas mis respetos, a ellas mi cante y los ayes de mi garganta.

¿Adónde mi alma andaluza, por cuáles senderos anduve tiñendo mis sandalias de tomillo y de romero? Andariega, ahora, antes de que esta vida, pendiendo ya de un hilo, se me escape como se fuga una gacela en la espesura del bosque.

Un sabor seco en la garganta me remueve y rasga esta vez, que canta hoy por hoy su melancolía andaluza.

Caminaba, abrazada a la fe del ángel y el poeta, quienes me acompañaban por las calles humildes y cantarinas de la soleada ciudad. A cada paso una copla, a cada copla el alma rota. En aquellos momentos toda la gloria de Sevilla se asentaba sonriente en mis pupilas y plena de júbilo me sentía dueña del amanecer. Un airecillo fresco nos saludaba malicioso, retándonos a caminar por los sinuosos atajos que paso a paso abril nos ofrecía.

Caminaban los dos juntos. Yo atrás, o adelante. Nunca los tres. Parecía que aquella unidad los deslizaba en forma imperturbable por el tiempo, las horas y sus silencios, y ambos se complementaban recostando sus fragilidades uno sobre el otro, callando los matices, aceptando las aristas.

EL ANGEL Y EL POETA

El ángel y el poeta: dos gotas cargadas de destello, dos luces de sol y sombra.

Los toros de Sevilla son ritual de fuego y muerte. Sentada frente a la plaza me sorprende la belleza arquitectónica de la Maestranza. Logramos, después de un cierto regateo, dar con entradas para el rejoneo. ¡Qué puntas de lanza las aspas del toro milimétricamente cercanas al caballo! Torear a caballo.  ¡Qué espectáculo! ¡Qué señorío ante la vida y la muerte!

Quizás no comprendamos desde estas tierras de cálidos soles tropicales y hamacas de arena, el espanto, el reto y el desafío del temperamento español. Quizás sólo somos un apéndice ya desgajado de aquella furia que se nos presenta ahora lejana e incomprensible. Quizás sólo ese pueblo podía lanzarse quemando naves hacia tierras americanas.

LA  FERIA

El poeta, admirado por damas noruegas y bronceadas alemanas, protestó ante la indiferencia de las sevillanas de la Feria. Y es que la Feria de Sevilla es un espectáculo cerrado. Cerrado para el visitante, quien si no tiene un amigo que lo invite a su caseta, queda rezagado como simple espectador. .

La belleza de sus mujeres, la belleza y altivez de los coches y sus ocupantes, no dieron pie a la también singular belleza y altivez de nuestro hermano, y eso maltrataba su explosivo sentido de la comunicación, el cual se vio obligado a replegar en un par de noches de feria. No así con las gitanas, quienes a la vera del Guadalquivir se le abalanzaban exclamando:

“Señó, deme usté la mano
que le vo a lee la fortuna”
-Gitana, deme usted su mano,
la izquierda, por favor.

El poeta, después de su siesta de atardeceres, solía caminar solitario por Sevilla.

Alguna vez, el viejo Guadalquivir, generoso y encantado, abrió brazos a aquella lluvia de plata que se le estrellara para zambullirse en la entraña de su madrugada abierta, como el niño que juega en las faldas de la madre.

El ángel, sigiloso pero imperturbable, se levantaba el primero para acudir a su compromiso de vida: una luz que él aceptara como eterna, alimentaba siempre su aire mañanero con la oración de los dioses.

Pasado aquel ritual, nos reuníamos en el portal de nuestro albergue, y gloriosos como adolescentes nos lanzábamos calle adentro, o calle afuera, adonde nos llevara el destino de cada día.

LOS DEL TERCER PISO

Sobre el apartamento de Juan, subiendo una escalera más, se instalaban ellos y ellas.

El ángel y el poeta habían tomado el primer dormitorio, el más íntimo, y se instalaron cómodamente en la salita y el cuarto contiguo.

El ángel, al regreso de su cita diaria con el quehacer trascendental, siendo humano como todos, al reclamo de su tripa, entraba modoso en la pastelería y compraba bocadillos celestiales. Pastel, fruta, cajitas de yogurt, queso. El refrigerador de la diminuta cocina estaba siempre colmado. Y generosos consigo mismos y con las chicas, el ángel y el poeta ofrecían a diestra y siniestra buen café, diálogo y coquetería.

Ellas no se hacían de rogar, y el jolgorio mañanero se escuchaba a lo alto y ancho del vetusto edificio de Castellar 71. Todos, apretados como en un ascensor de hotel, se encerraban en la cocina con sus cantos, sus sonrisas y sus apetitos, goloseando aquellas delicias. Entre sonrisa y sugerencia, entre te digo y no me escuches, ya el poeta había apurado los primeros chopitos del dorado almíbar de Escocia.

Desde el final del pasillo donde estaba colocado el lavabo, como aquellas casas de película europea de los años veinte, iban desfilando una por una las flamencas: prisa de madrugadas, que llego tarde a la clase, adonde está mi bolso, adiós, poetas, adiós.

NIMIEDADES

La Estación Santa Justa, nuestro recodo sevillano para partir de un lado hacia otro como niños traviesos sin rumbo, sirvió de marco a algunos sucesos de extrema simpatía o zozobra.

Contando los euros y haciendo caja chica cada vez que podíamos íbamos tirando de las monedas para rendir los gastos.

Una vez, estando en espera de que el milagroso cajero automático escupiera sus billetes, de pronto sentí un relámpago en mi cabeza, y no recuerdo más.

Cuando hube recuperado el sentido, el ángel me sostenía en su regazo, y el poeta, apresurado, corría con una copita de cognac para vitalizar mi ánimo. Ambos se lamentaban de que era una copa llena, y cuando yo la recibía ya había sido libada por el poeta, quien inocentemente se había asegurado de probarla para catar el buen sabor del medicamento.

“Esta mujer cuando ve dinero se desmaya” – comentaba a carcajadas el ángel. Yo exclamaba tímidamente: “Alguien debe revisar los gastos: soy el departamento de orden y mantenimiento de esta expedición”.

Y MIS SILENCIOS

El apartamento de Juan y Jesús es coqueto. Predomina el color celeste, secundado por las maderas de pino y el marfil de la cocina.

Mi dormitorio es diminuto, con una cama matrimonial y una mesa. Ahí nos instalamos Aida, Mariana y yo.

Estrechadas una contra la otra nos protegemos del trémulo frío del alba. Estrechadas una contra la otra, nos hemos contado nuestras penas. Mis silencios han crecido y casi no me caben en el pecho, estrellándose contra una enorme pupila que noche a noche nos contempla. No tienen solución los dolores, no tiene remedio el amor.

Estrechadas una contra la otra, hemos jurado ser valientes para sobrevivirnos, y que no nos caiga otro amor así, tan de repente y nos mutile. La mujer es un alma rota que arrastra la cola negra de su impotencia. La historia la ha escrito el hombre y ella es solamente una sombra.

Cuando Aida y Mariana, después de la última clase nocturna permanecen charlando en el barcito esquinero de la Plaza de San Marcos, yo no me hago esperar. Y me duermo con los gatos. Los dos gatos de Juan, aquellos que me recuerdan mi infancia, la de las siete vidas, cuando yo también era un gato y me cobijaba con Basilio, su cola y sus siete sueños.

CARMONA

¡Carmona, qué mona eres!

Con este alocado refrán recorrimos las empedradas calles del pequeño pueblecito, hasta penetrar en su majestuoso parador. De exquisita decoración, después de unos ratos de expansión nos dirigimos al bar.

Con la tradicional prestancia de un auténtico señor, el jefe de cantina nos ofreció unas cañas. Estando ahí, tres damas ya maduras entablaron conversación con el poeta. Al enterarse de que provenían de Salamanca, él les mencionó el nombre de su hermana. “Elenita, pues claro que sí la conocemos”. Sorpresa y alborozo encontrar en lejanas tierras españolas a alguien relacionado con aquella hermana, la que ya todos deseábamos conocer y abrazar.

Elena, la ausente. La primer fibra de aquel padre legendario, el doctor Mourelo, el gallego establecido en un humilde pueblecito de América Central, un hombre que soñara con una anarquía justa y veraz. Elena, el primer eslabón de tres, la austera salmantina que días después sentaríamos a la mesa alrededor de los vinos  y la sopa de ajo de mis silencios.

CORDOBA

“Había bastado su pupila para encontrar el rumbo de mi mirada, otrora asustadiza e incierta.”

Córdoba, calles empedradas, farolas, Julio Romero y mujer de mantón, voz y clamor de Maimónides.

Una mezquita milenaria sostiene soledades. Una mezquita donde se recoge la mirada, aquella mirada sonora que quiebra los azogues.

Recorriendo las calles cordobesas perdimos la prisa, pareciera que se nos detuvo el tiempo para saborear el peso de aquellas culturas reunidas que nos dejan, hoy por hoy, el sabor de la convivencia. Una tienda de aceites de oliva, perfumes y jabones logró retener mi admiración, mientras el ángel y el poeta casi sucumbían ante la tentación de los baños árabes y sus sugestivos masajes.

En busca del sombrero cordobés, el poeta encontró una sombrerería que reunía todas sus expectativas. El sombrero cordobés, diferente del sevillano por ser más alto, entra igualmente dentro del mensaje de elegancia del tradicional garrotín:

-“Pregúntale a mi sombrero/ las malas noches que paso”.

Sombrero cordobés, celoso guardián del pensamiento sufrido y ceniciento de Andalucía. El poeta había coqueteado con su sombrero colombiano, el cual aumentaba su prestancia y señorío, especialmente frente a las damas que a lo largo de nuestro pequeño gran viaje habían alabado su estampa. Pero ahora apuntaba hacia un sombrero cordobés de solera, y pensamos que bien se lo merecía su plateada cabellera.

Mi silencio siguió fielmente las pisadas de aquellos dos hombres, quienes charlaban, sonreían y yantaban con la misma sencillez con que la vida los había juntado, así porque sí, sobre la plataforma del cotidiano andar, sin preguntarse cómo ni cuándo habían iniciado el encuentro de sí mismos, ni si era el buen Dios o el azar lo que movía los hilos de su destino.

JEREZ

Jerez flamenca. Jerez bulería, aire de pena y de ironía. Jerez, vinos para embriagar el alma de señorío.

Amanecer  que canta, austero, la condición del olvido. Añejas maderas, centenarias bodegas donde se prepara el celestial almíbar.

Las calles de Jerez eran íntimas, abriendo y cerrando puertas al paso del caminante. El Hotel Ceret se mostraba incoloro e impersonal. No así el Hotel San Marcos, cercano al Teatro Villamarta. El poeta recorrió insistentemente recodos y callecitas hasta dar con él, queriendo participarnos del albergue que un par de años atrás le había acogido en su peregrinaje a Santiago. Ahora los peregrinos éramos tres, alegres y enamorados de la luz. Desde la entrada abierta con el hermoso jardín que nos recibía, una cascada de azulejos multicolores se arremolinó bajo nuestros pies, para guiarnos las pisadas como si llevásemos el corazón a ras de tierra, haciéndonos sentir de esta manera aquel desgaje de poesía que tapizaba amorosamente nuestro caminar. Y después de subir tres pisos cuajados de colorido reuniendo un corredor con otro, logramos dar con una estancia donde reposar nuestras cabezas.

Y en aquel tercer piso, la poesía no se hizo esperar.

-“Lea usted despacio”, arremetía el poeta.

Pero las palabras se agolpaban como fieras en las comisuras de mis labios, y los versos se apretaban furiosos contra mis ojos. Poco a poco fue desfilando ante nuestro asombro “El Triángulo Escaleno de la Noche”.

-“Lea usted despacio”, rugía el poeta.

Los dos hombres, un brazo contra el otro, una pupila sobre la otra, juntaron una lágrima en la madrugada.

Yo estrujaba el libro contra mi tiempo, y poco a poco fuime convirtiendo en aquella voz, portadora del mensaje, en aquel silencio de madrugadas que terminara por adormecerlos, uno contra otro, reposando como si ayer fuera hoy, y hoy como si fuera ayer, en un espacio atemporal que los destinase a seguir unidos, irremediablemente unidos.

El caballo jerezano es monumental. Pero lo es más el alma española. Sentados en el enorme auditorio al iniciarse el desfile, volvió el poeta su persona hacia nosotros, agregando: “Se acordarán de mí cuando la memoria los regrese a este lugar”.

El ángel, emocionado, me tomaba de la mano agregando: “Es un bello espectáculo”. Y en su mirada purísima se reflejaban los jinetes, y los árboles andaluces.

¿Cómo se llaman los arboles andaluces? ¿Los árboles de Sevilla, los de Granada, los de Jerez? Cortezas, troncos, follajes, los mismos que él había amado desde su infancia y hoy día lo convertían en un enamorado del quehacer divino sobre estas tierras encantadas.

SALAMANCA

Y fue así que, en llegando a Salamanca nos abocamos a establecer contacto con Elena. El primer día, nada menos que en la misma residencia donde viviera nuestro don Miguel de Unamuno, fuimos a tocar su puerta. No fue sino hasta el día siguiente que la encontramos. Ya sentados a la mesa, el poeta le propuso su plan de trabajo entre la Universidad Nacional de Costa Rica y el Ayuntamiento de Cádiz en pro de la figura de don Florencio del Castillo. Elena está pensionada. No mostró gran interés, pero sí mostró gusto en abrazar a su hermano y en conocernos. Le complació conocer al ángel. Su intercambio de miradas y la complicidad que ambos notaron en su afán de caminos sobrenaturales se hizo sentir desde un principio. Sagaz, inteligente y brillante sostuvo su austero mensaje de defensa y a la vez de complacencia ante los embates fustigadores de su hermano, quien insistía en la necesidad de que ella regresara en algún momento a Costa Rica, tierra de su nacimiento. Elena es Salamanca, es piedra pulida, es espera y sendero trazado. Ante el colorido tropical de nuestra jovialidad valdría la pena preguntarle qué pensará de los poetas y su silencio.

Salamanca, rostro de Miguel de Unamuno. Violencia contenida ante el ser y el no ser. Aquellos muros sentenciosos, silenciosos, guardianes de tanto pensamiento acumulado, pareciera que no temen a los avatares del tiempo y que sus secretos no serán develados ni hoy ni mañana.

La Plaza Mayor es un dechado de perfección. La simetría de su arquitectura, el balance de sus espacios, y un aire universitario que circula en su ambiente le dan el tono justo del equilibrio. Se desea ser joven de nuevo para ingresar en sus claustros.

Pubs, albergues para el buen beber y la tertulia los hay y muchos. Librerías, adonde se siente como si los libros suplicasen ser sustraídos de los escaparates para ser leídos. El amor por un libro. Acariciarlo, hojearlo, olerlo, amarlo hasta convertirlo en vivencia, en parto personal. Un libro, una radiografía, una vida: ¡Cuántos amigos, cuántos amores, cuántas esperanzas, cuánta sabiduría!

La última edición publicada de la obra completa de don Ramón María del Valle Inclán se nos pegó de las manos como un guante en busca de su dueño. El ángel me obsequió con desprendimiento aquella obra maestra.

Y yo quise comprar una crema para desteñir mi avanzada incursión en la tercera edad. Bendita vanidad femenina que no se deja vencer. Las mujeres, cuando de vanidad se trata, lo creemos todo, absolutamente todo.

La muerte que venga, pero que no mate los amores que llevo dentro.

LOS PUBS

Hoy no quiero recordar lo que ayer me hizo vibrar. Puede perdurar el recuerdo pero la fuerza del destino corroe sus ataduras. Se va muriendo día con día, y se va llegando paso a paso al convencimiento de que hubo un tiempo para cada cosa: tiempo de nacer, tiempo de vivir y tiempo de morir. Y con estos ojos que día con día se van empobreciendo, voy aprendiendo a ver la luz al otro lado del camino.

Sentados en las banquillas de un pub, aprovechando las bondades del buen whisky, y las redondeces de aquella bailaora de caderas tropicales, que tanto los hizo sonreir y comentar, el ángel y el poeta perdían absolutamente la compostura de caballeros armados y se tornaban en libidinosos sancho panzas, tan pícaros como el adolescente asomado por la rendija del cuarto de una quinceañera. Mi silencio se ruborizaba cuando una mujer se les atravesaba en la conversación, y era cuando, o yo aprendía a escuchar, o debía enfundar una espada de mosquetero y colocarme un bigote para permanecer a su vera.

Y LOS SAGRADOS VINOS

Y cuando se le atravesaban los vinos al poeta, un rubor le cubría el rostro, y sus  ojos  ambarinos tomaban la ternura y la placidez de un adolescente enamorado. Se diría que al saborear la primera copa entraba inmediatamente en el mundo de la fantasía, tal vez el mundo que no había querido perder desde niño. ¿Sería que la realidad se le hizo tan estrecha que debía recurrir a una poción mágica, a un talismán que lo hiciera desvivir angustias y plasmar un mundo ficticio, consolador?

El ángel, a su vera, con el mismo apoyo que otro vino consolador, muchas veces apuró algunos sorbos para apoyar esas soledades. Ambos sonreían, cantaban y casi lloraban de tanta vida que se les venía encima. Yo los miraba… los miraba detenidamente.

No todos los amores son ciertos. Algunos los inventamos de noche, con el sereno.

Pero cuando la amistad reproduce las raíces, todos los amores ceden ante la fuerza arrolladora de la aceptación de la persona tal cual es.

He ahí el peso del ángel, y el del poeta:

– El poeta, que cantara a un triángulo escaleno, que desnudara sus amores por las veredas de hortensias, aquel que se proclamara errante y meditabundo, el que pasa y no regresa, defensor de todas las libertades, fundador de utopías con granos de arena, sucedido a veces en milagros del pensamiento, convocador de horas omnipotentes del encuentro, omnipresente en su amor por la vida y los derechos humanos.

– El ángel, que soñara atardeceres de hojas secas, diciendo adiós a mil veranos, defensor de la vida y del derecho a la existencia, proclamador de nuevos mundos y dioses supremos. Amante y consolador de un prójimo siempre próximo e irrepetible.

¡Románticos, frágiles hijos de siglo, quién sonreír pudiera a la vera de su existencia!

Habían aprendido a transitar, cada uno en su libertad, por el mismo camino, sobre el ancho rumbo de sus días, sin que nada los perturbase.

Muchas veces sentime extraña frente a ellos. Mirar sobre sus hombros y penetrar en aquella intimidad parecía sacrilegio. También yo aprendía, en mi silencio, a conocer la medida de la prudencia.

EN TRAYECTO HACIA EL NORTE

El recorrido de Madrid a Salamanca por autobús es placentero y seguro. Las vías de comunicación españolas han convertido a España en uno de los sitios más prometedores para viajar, especialmente si ya no nos atrevemos a tomar bajo nuestra propia mano las altas velocidades de la carretera.

Una señalización perfecta, tanto de día como de noche, permite a los conductores tomar las rutas con absoluta seguridad y sin cansancio. También al pasajero le agrada saber que su autobús circula tranquilo por las arterias del país. Casi todas las estaciones son amplias y ordenadas. Pero no tienen el exceso de las grandes ciudades norteamericanas. En España se sigue viviendo sin prisa y sin cansancio, apasionadamente sí, pero teniendo mucha certeza de lo que se quiere. Países que como éste han crujido bajo una guerra civil avasalladora, aprenden a hacer uso de lo necesario solamente, sin caer en la tremenda lucha competitiva de las marcas, las ofertas y los baratillos. España no se pone en “Sale” como el descuento norteamericano que toca a la puerta de nuestros hogares. España se nos abre con una regia avalancha de carreteras y senderos, para que la recorramos, enamorados y ansiosos, como se desliza la mano sobre la piel del amado, con la sencillez de un inocente y la certeza de lo irrepetible.

SANTIAGO DE COMPOSTELA

A Santiago no se llega en autocar, en tren o en automóvil.

A Santiago se llega en sandalias, con sombrero de conchas, cayado y fe. Los peregrinos frente a la centenaria Catedral ascienden el majestuoso pórtico en silencio, con los ojos clavados al cielo y un coro de salves en la garganta. Se ha llegado al final del trayecto, han alcanzado la meta gloriosa.

Un bota fumeiro, aquel enorme incensario de plata, escupe su fuego divino por los aires. Pareciera que se eleva como un águila sobre la humildad de los peregrinos para recordarles cuán grande es su fe.

Yo no salgo de mi asombro. Ellos, a su manera, rezan.

Sobre la cripta donde descansa el Apóstol unas escaleras hacia arriba y hacia abajo, desgastadas ya de viejas, de llorar y de esperar, sostienen la imagen sedente cuya mirada nos encontramos al pasar a su vera. Santiago nos mira, secular y reposado, para entregarnos su evangelio.

El poeta, el ángel y mi silencio posamos nuestros sombreros en aquella noble esperanza.

El ángel, agradecido por la invitación del poeta quien había sido el de la idea de llevarlo hasta ahí, elevó su plegaria por el amigo, el hermano que hoy era.

Yo canté todas mis voces a la nobleza del alma, al amor y a la vida.

Rogué por mis enemigos y por los que lo fueron sin serlo.

Los tres, extasiados, tomados de la mano en una extensa plegaria frente al clamor del universo. Una sola humanidad, una sola libertad, uno solo el hombre con sus milagros de arena.

LOS ALBARIÑOS

Qué trenza de andares, de ires y venires nos venía jalonando desde la sin par Andalucía haciéndonos ambicionar el aire de la Coruña, de Lugo, para sorber ahí aquellos vinos Albariños, diamantinos y transparentes como lo eran también la ilusión del poeta y el amor del ángel, haciéndome estremecer sorprendida ante tanta agilidad, ante tanta correspondencia. ¿Es que cuando se viaja, uno se desprende de lo cotidiano y entra en el mundo de la sin par fantasía, adonde se vencen todos los fantasmas y se tocan todos los anhelos? No había juventud perdida, ni cansancio: una sola voz en tres gargantas cantaba a la vida, al perdón y al olvido.

EL AIRE DE SOBREMESA

El poeta quería comerlo todo, beberlo todo. Sibarita, catador incansable de todos los vinos de crianza que encontrara, solícito en buscar el más sugestivo restaurante, hostal, Casa de…

Acompañaba los vinos con todas las aguas de España. Yo no recuerdo sus nombres, solamente la mirada placentera del hermano satisfecho ante la bondad de la naturaleza, la cual pareciera haber embotellado sus mejores fuentes para satisfacerlo.

Y entraba en aquel jolgorio la deliciosa tertulia del atardecer. Yo me atrevía a emitir mis modestos comentarios, siempre plagados de preguntas sin esperar respuestas. Ellos hablaban, algunas veces de temas encantadores e interesantes; otras, comentando la ciudad que visitábamos en ese momento. Pero siempre la algarabía no se podía contener entre los manteles de aquellas mesitas pequeñas, hispánicas, íntimas: con el pan humilde y sencillo dispuesto porque sí sobre el mantel, y la copa vertical ante sus miradas. Centinelas, centinelas dorados o carmines, aquellas copas enhiestas portadoras de todas las sugerencias, de todas las fantasías que se arremolinaron, locas, sobre las tres cabezas cuya tertulia pareciera derramarse sorbo a sorbo sobre el infinito yantar de un tiempo que no quería amanecer.

¡Cuánto habremos pasado los tres, adormecidos y alborozados, sentados en alguna plazuela mirando el cielo de abril sobre la soleada España!

LUGO, LA ESPERANZA

A veces no se desea recordar la infancia. Otras, no se sabe cómo regresar a ella.

Silenciosos, en circular procesión, recorrimos la muralla de la antigua ciudad de Lugo. Los talones del poeta, desnudos y peregrinos, guiaron nuestro silencio en memoria del Doctor Mourelo. Ahí había estudiado él. Ahí había dejado parte de su juventud. Hoy, José Néstor Mourelo Aguilar, sin dejarse aún vencer por la vida, lo revivía ante nuestros ojos con su paseo. La memoria, agolpada en su austera espalda lo hizo callar también. Éramos tres, desnudos peregrinos celebrando la memoria de un hombre. Otro hombre que, como el ángel y el poeta, había cantado a la vida sus ansias de libertades.

A veces no se desea recordar la infancia. Lugo me enfrentó con los orígenes del poeta. Yo no sabía cómo llegar a ellos, a veces no se sabe llegar.

La pequeña ciudad, esplendorosa de soles esa tarde, se nos presentó acogedora en su parque central, mientras el ángel acudía a su acostumbrado ritual de soledades. El poeta, hablantín y andariego dio con una escultura en el centro de un jardín, cuya poesía escrita en gallego no entendimos en su totalidad. Sin poder resistir su inquieta actitud de manifestarse, preguntamos, yo apoyando, a una veintena de personas de todos rangos, sobre el significado de las palabras. Habremos dejado inquietud en unos, singular sorpresa en otros. No hubo respuesta a nuestra pregunta. Pareciera que el gallego conoce su idioma pero lo mantiene como material histórico archivado.

Entrada la tarde partimos hacia La Coruña. Rendidos de tanta emoción, el trayecto se nos hizo remanso de paz y descanso.

LA CORUÑA

Es el extremo norte de España. Llovía aquella noche cuando llegamos. Llovía al día siguiente también. Un viento helado, y la poca resistencia del ángel hacia el clima frío limitó un poco el acostumbrado buen talante del tío. Las flacas carnes del ángel fueron protegidas por el generoso gesto del poeta, quien lanzó como capote al toro viejo su gentil capa para cubrirlo. Sin embargo, en el corto día que pudimos recorrer calles y plazas y admirar el cercano mar, se podía apreciar que un pueblo es lo que su clima aporta. Austeros, trabajadores, recios y sencillos. Siento que estaremos en deuda con La   Coruña.

YA EN MADRID, LAS ESQUINAS SE CORONAN, LAS FUENTES LLORAN MANTONES

Las fuentes madrileñas tienen motivos griegos en sus esculturas. Pero yo no las veo griegas ni romanas. Las fuentes madrileñas son mujeres madrileñas de la copla y el cuplé, de mantones de manila y abanicos caprichosos buscando un majo que se las lleve a los toros o a la Feria de San Isidro. Todas las puertas de Madrid tienen historia, todos los museos guardan arte. Pero son las calles de Madrid las que nos cantan su nombre.

Las esquinas de muchas de ellas, en vez de puertas, muestran fachadas que son peinetas. Gigantescas peinetas de mujeres dieciochescas que no quieren ser olvidadas, que nos invitan al Parque del Retiro o la Calle de José Antonio, La Gran Vía donde el amor pasea. Porque en Madrid lo encontramos todo.

El buen vino, la inolvidable Casa Ciriaco, los libros interminables, la interminable bohemia. Varias noches, cantando a Carlos Gardel o un corrido mexicano, recorrieron calle abajo la sinrazón de su euforia. Cada uno, a voz en cuello, clamando por lo que quiso, cada uno, a voz en cuello, soñando con lo que quiso. El poeta retó con su dorado quehacer, a alguna alcantarilla que de amanecer cansada no opuso resistencia, y el ángel adormecido se dejó trajinar por mi espalda bastonera que supo servir de apoyo. Borrachos, palabra dura, ebrios, ebrios de amor y de vida, dos hombres cargaron sobre los hombros sus días.

No se despiden los tiempos, ni los relojes se olvidan. No se desprenden las horas, ni los minutos mutilan. Allá, donde no quisiera, quedó suspendido el ayer, sin medida, para siempre, para siempre.

 

 

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