Duelos desiguales

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Duelos desiguales. Paul Benavides.

Paul Benavides Vílchez, Sociólogo y escritor.

No muy lejos de aquí

No muy lejos de aquí arde una ciudad del sur,
se quema en silencio monocolor
y ninguna sirena aúlla por las avenidas.
Un motociclista púber sin casco y con corbata,
tan pálido como la cara secreta de la luna
se juega la vida sobre el asfalto a la hora express,
y el agua cae en la ciudad del sur
entre el olvido y la memoria.
Un digitador ya no distingue el índice del pulgar
y una muchacha muy muchacha descubre a Dios
en una máquina tragamonedas.
Al sur del sur o al norte de ninguna parte
el mundo gira como de costumbre
y alguien tira colas de langosta
entre cisnes de oro y peces de plata
mientras el agua se hierve en ondas subacuáticas,
pero una ciudad del sur tropical se cura
las heridas con el sueño y la risa
y ninguna alerta suena por sus calles.
Solo una brisa que cae sobre un silencio de cobre
bajo techos imaginarios y sin dejar rastro.
Una ciudad más al sur del sur
y al oeste de ninguna parte
se pierde en un país sin eco,
las cabezas de dos héroes se venden
como souvenirs y flotan en un mar de corchos.
En la Avenida Central un sol que no calienta
se va sin dejar sombra,
un vendedor alado de ocarinas y videos
pasa como un dios mulato sin mitología,
pero la gente no nota nada extraño,
solo una nube que atraviesa el cielo de noviembre
limpia, blanca y libre.


Ciudad

El aire limpio no olvida
el sueño gris del crack.
Callados y de pie,
nada desfallece,
ni sus fantasmas de sonrisa vertical
ni las gárgolas vueltas piedra
en un cuarto donde todavía es de noche.
Nada sucumbe.
Puedo amar la ciudad bajo mis pies cuanto más extranjero soy:
un esquimal en África, un sueco en Shangai.
Da lo mismo y aquí estoy.
Puedo oírla ─pero no verla─
en cada esquina reventar su rumba de Babelia mestiza,
su sonido de caracola donde el norte y el sur
ya no se distinguen.
Vuelve a mis manos
como la bola vuelve al niño luego de extraviarse.
Pese a los apagones llega a plena luz, cómplice y libre,
con cara de pueblo percudido y malls.
Extraño es que todo pase y siga igual que siempre;
pero la ciudad no se rehace de sus cenizas sino del fuego,
ilumina la mesa en la que estamos,
muertes, reencuentros, la distancia y el tiempo,
materia de la memoria.
Son otros los que están, otros los que se han ido.
Solo queda el sabor a café cargado,
esta conversación en la que estamos
y que viene de otra tarde,
como el pájaro que picotea la ventana
bajo una lluvia majadera
y empieza a irse como la madre que nos abandona,
luego de tantos días lentos.
El verano está cerca ─me dices─,
con una sonrisa en los labios
muy parecida al amor.


Parade (desfile)

Ana se despereza a las 4 p.m.,
enciende un cigarro con su mano izquierda
mientras la madrugada llega como todos los días.
Lo sabe por el café que sorbe con su otra mano.
Le preocupa el lavabo que gotea,
su labio seco, la noche extraviada en las ojeras.
En el parque alguien hace maromas con seis bolas.
Del bus salen muchachos vestidos de negro
mientras el malabarista suma otra bola a su proeza.
Ana termina de secarse el cuerpo frente al espejo,
unas palomas cruzan el aire, una brisa agita el pabellón que tira lentos coletazos.
Estamos cerca de setiembre y son las 4:30 p.m. en Costa Rica.
No recuerda el momento en que perdió su cepillo de puntas metálicas.
Se estira la piel y agranda los ojos.
San José es una colección de antenas y techos oxidados.
La próxima vez me opero ─dice mientras enciende el tercer cigarro y se mira
el ojo algo amarillo.
Más palomas, el viento que huele a lluvia.
Sus senos señalan hacia adelante, hacia las copas de los árboles.
Más muchachos se bajan del bus. ¿De dónde saldrán tantos?
Achinados, morenos, mulatos, blancos.
Somos otra cosa.
Son ya otra cosa sus senos,
de un cuerpo que se defiende todavía bien
según dice el cartel en el poste.
El concierto arrancará pronto en la Plaza de la Democracia.
Más muchachos atraviesan la calle.
Una mujer con tacón alto, escote y pantalón tallado para el tráfico.
Una brisa golpea los árboles que se mueven como garras.
Ana no apura el paso, se sabe reina en esta jungla.
La noche arranca con la lluvia
y son las 8 de la noche en San José de Costa Rica.


La casa paterna

El sol revienta,
y la casa paterna sale del silencio
como un barco iluminado.
Entra por las ventanas
un vaho caliente a eucalipto y estiércol
e invade la casa un olor verde y acre
que asciende por las escaleras,
atraviesa los corredores, la sala,
invade los cuartos,
impregna mis manos de un aroma antiguo,
secreto, donde está el enigma de la infancia
que retorna como la flor de la amapola.

La furia de los hermanos llegará pronto
y sujetará el día de los árboles y de las ramas
como las crines del verano,
para cabalgar por su imperio de locura
y por campos de batalla imaginarios
y travesías por el río.

El viento de enero crea fieras
que traen su magia del norte,
y recala sobre el tejado como un muelle
cobrizo y sonoro.
Al día siguiente el circo mexicano llegará
con sus enanos barbados,
los osos ciegos, los tigres flacos
y sus cazadores de perros.

El abuelo atraviesa las paredes
con las palabras de la tribu a cuestas,
balbucea siglos tras largas pausas,
y la vida en la memoria
llega detrás de una bruma de silencio y humo.
Mientras, la abuela vence el hambre;
con su mano sarmentosa
─y una fe ciega en la vida, incomprensible─
pone el pan sobre la mesa.

El ojo del niño mira absorto
la pasión crecer lenta
─a través de la ranura en la pared─,
en los muslos de Angélica para estallar
como un fuego primerizo,
y las risas de los primos arden y giran en el patio,
pero todo se vuelve silencio con la leyenda
del tío que hundió su cuchillo
en el torso de otro hombre
por el amor de una mujer.

La aldea se pierde en un sueño inquieto,
agitado por el rostro cambiante de la muerte
que desciende a la casa de la abuela,
y mi madre sostiene su dolor
en el arco de madera carcomida,
pero la muerte es solo un silencio fúnebre y corto,
un duelo breve e incomprensible,
que se rompe en la batalla
entre indios y vaqueros
o la llegada de los piratas en un barco fantasma.

La memoria suelta sus caballos blancos
por el bosque translúcido de la infancia,
solitario y yermo como una ciudad en ruinas,
estos recorren el mapa ficticio de los días
y desatan los nudos que el sol
fijara sobre el pelo de mis hermanas,
buscan en los rincones escombros de alguna alegría,
el vuelo de una carcajada
en la cola de algún verano,
el ruido remoto de un triciclo que se desliza
por la colina del tiempo,
o la luz de la luna
que penetra los resquicios de algún sueño
para descifrar el misterio
por donde la vida retorna del pasado.


Memorial

De mis tíos heredé la inclinación
de hacerme el cuerdo con los ojos abiertos,
de tener lo necesario para vivir lo suficiente.
Heredé el amor por el aire de la madrugada
y por el denso vaho del cigarro y del ron.
De mi abuelo la inclinación al silencio,
de mantenerse callado hasta la muerte.
De mi madre heredé la propensión al llanto,
de mi padre la inclinación por la risa,
de ambos a reírme todo el tiempo y a llorar con frecuencia.
De los abuelos que no conocí heredé la duda.
¿Qué parte de ellos soy ahora?
¿Si la es la costumbre de enojarme y levantar el dedo?
¿La forma de andar, de estirarme en la cama a la hora de dormir?
¿Si el gesto del asombro o de la ternura?
¿La forma de mover la boca o las manos?
¿De sentir rabia o la bravura que me dura poco?
A ellos les debo al que no conozco,
al desconocido que anda conmigo siempre
y se levanta en la madrugada para ir al baño
y no sabrá nunca quién lo ve desde el espejo.


Espejo

El espejo devuelve muecas, danzas, bailes,
el ritual de la infancia en la mañana,
las manías del enojo antes de la ducha.
Nos dijo “Está bueno ya de pantalones cortos y de raspones”,
puso en la cara la sonrisa boba para el baile del colegio,
la tortura inconfesable del acné,
el monólogo para convencer a Natalia
de los besos más hermosos del planeta.
Luego se volvió serio, esquivo y duro,
con su silencio de hielo: “Es hora de que vueles,
es hora de que partas a otro cielo ─nos dijo─ y a otro mar”.
Giramos frente a él a la deriva.
El cielo fue creciendo hacia el poniente,
el vello pleno en el fragor de su caída.
Pasó el tiempo y parados frente a él
nos recibió como a unos extranjeros,
muerto, severo y nula su mirada,
quizá por la inclemencia del sol y de los días.
Nos perdimos en la vastedad de tantos rostros
que se confunden alevosos con el tiempo,
imposible ver las muecas, las huellas en la cara,
el pelo alborotado de otros días,
el otro que somos ahora mismo.


No puedo morir en una madrugada cualquiera

Ahora cuando apenas ladro y ya no muerdo,
perro viejo,
me da miedo morir en una madrugada cualquiera,
en cualquiera de sus esquinas donde la risa augura
la dicha o la desdicha o lo que sea,
o derrapar en la pendiente como un loco
con los últimos estertores del whisky en la cabeza.

Donde se quiebra la noche en mil pedazos.

No busco en el forro de la madrugada los últimos billetes
ni la brújula que me diga el camino de retorno,
ni soy licántropo ni me lo creo tampoco,
ni salgo a asustar por las noches de luna llena
o a jugar de maldito por los bares de mi pueblo.

Que ya todos saben que soy inofensivo.

Me da miedo quedar fuera de tus manos,
morir en una batalla que no me corresponde
como un soldado pueril y miedoso,
huyo, siempre huyo
del amor pactado entre el whisky y el humo,
de un bálsamo que fue veneno y ahora es ajenjo malherido.

Tampoco puedo dejar la vida sobre la calle y ser feliz
y luego levantarme como un muerto viviente
con la borrachera viva,
para cantarle al día su condena y lo desdichado que soy
y odiar inútilmente hasta el delirio
para hundir la rosa del poema
en la ciénaga de la noche anterior y todavía ser feliz.

Ya no puedo morir en una madrugada cualquiera,
eso era antes cuando la luz del alba no dolía tanto
como me duele hoy,
porque la locura es un licor extraño que no dilata mis pupilas,
no me lleva hasta el quinto piso de los infiernos,
no me conduce hasta los telares
donde el diablo trama mi aventura.

Ahora solo puedo morir al lado tuyo y espero en el jardín.

De: DUELOS DESIGUALES, EUNED, 2012.

 


Paul Benavides Vílchez, es Sociólogo y escritor. Profesor en la UNA y asesor parlamentario. Tiene escrita la novela “Los Papeles amarillos de Chantal» ( en prensa), “Entre Senos y Reptiles” ( Poesía inédita), «Duelos Desiguales» (2012, EUNED), «Oficio de Ciegos» ( Arboleda, 2014) «Apuntes para un Náufrago» (2018, Letra Maya) y «Áspera Noche» ( 2019, Letra Maya).

 

 

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