Ecos ideologizados del #23Ene

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Rosemary Castro Solano, Politóloga, educadora y comunicóloga.

Desde ayer, cuando supe lo del #23Ene en Venezuela, he insistido en la importancia de la cautela antes de endosar opciones con claros vínculos foráneos aunque también he sido enfática en que el régimen de Maduro es ilegítimo pues proviene de «elecciones» no libres ni competitivas, como lo manda la democracia.

Por tanto, como régimen ilegítimo y autoritario, Maduro debe salir del poder de inmediato para convocar elecciones a brevedad, no para sentar en el poder a opciones flanqueadas por la hegemonía afín al petróleo

Mientras, el principio de soberanía y autodeterminación debe ser respetado de modo que ninguna potencia estilo buitre (Estados Unidos, Rusia) usen la ruptura del orden democrático en Venezuela como excusa para intervenirla y hacerse con su preciado crudo. Esto es fundamental.

Hoy veo con igual preocupación que el ejército venezolano siga apoyando a Maduro y que en Nueva York circulen móviles con publicidad en inglés para Guaidó pues parece que unos y otros ansían el poder más que atender con urgencia la crisis humanitaria de Venezuela.

Al mismo tiempo, la opinión pública mexicana hierve porque su nuevo gobierno (al que las élites porfirianas tratan de ensuciar a diario) no corre a reconocer a Guaidó como presidente.

Me pregunto entonces si esas mismas voces (algunas a sueldo) ya cuestionaron también a Europa por no reconocerlo.

Ahí tenemos a Macron, presidente francés, cuya declaración sobre la necesidad de reinstalar la democracia en Venezuela – además de buscar el protagonismo que acostumbra – es acertada pero también mesurada al no reconocer a Guaidó como mandatario.

Donde Macron no fue cauteloso – y ya hoy la opinión pública le ladró por eso – fue cuando aplaudió «la valentía de quienes resisten en la calle», pues de inmediato le saltaron los reclamos de hipocresía dada su represión sistemática del movimiento Gilets Jaunes.

En la arena nacional, arde Troya por el voto de la diputada Paola Vega (PAC) y del diputado José María Villalta (FA), quienes votaron contra reconocer a Juan Guaidó como mandatario venezolano.

No comparto totalmente su posición pero insisto en que es crucial ver el fondo del asunto con lupa.

Así, en el caso de don José María Villalta, el voto de ayer es consecuente con su postura silenciosa en torno al régimen de Maduro, pues incluso en mayo afirmó que desconocer las «elecciones» que «ganó» Maduro era «hacerle el juego a la intención golpista».

Ahí difiero claramente porque desconocer un proceso electoral ni libre ni competitivo no hace el juego al golpismo – eso sería si se reconoce un mandato impuesto y por eso ahora urge la cautela – sino denuncia la impostura de un régimen que, además de populista, es autoritario y detona la crisis humanitaria.

Por eso, tras dichas declaraciones, no debe sorprender la postura de don José María Villalta en la votación de ayer. La de doña Paola, sin embargo, parece tener otro origen pues me parece recordar que ella sí había señalado como ilegítimas las «elecciones» 2018 en Venezuela.

Luego, y sin ánimo de defenderla pues en poco coincidimos, es curiosa la reacción vitriólica que su voto despierta porque tras leerle algunas declaraciones -no sigo sus redes- parece que su postura no sólo es similar a la de la Unión Europea sino incluso a la del Vaticano (la ironía).

Parece entonces que el «en contra» de ambos congresistas no tiene la misma raíz y que además, al igual que en el caldero de la opinión pública mexicana, en el fogón panóptico costarricense tampoco se cuestiona a la vieja Europa por lo que se lapida a los de la casa.

Entonces, nada nuevo: en materia cultural seguimos colonizados hasta la pared de enfrente por el cánon europeísta – al punto de aplicarle otros estándares de moralidad a la política europea – y en materia de derechos humanos seguimos con ese lema de «Candil de la calle, oscuridad de la casa», lo cual tal vez explique por qué si tantas/os congresistas son solidarios con la causa venezolana, por qué hubo tanto reclamo legislativo (y de esas mismas voces) cuando en diciembre el gobierno se plegó al Pacto Internacional para las Migraciones.

Cosa curiosa, ¿verdad? Digo yo. Eso sería.

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