Editorial: Afganistán (incluye podcast)

Desde Vietnam no era tan evidente una derrota tan contundente para los Estados Unidos en otra parte del mundo.

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Esta es una de esas viejas prácticas que se repiten en la historia con consecuencias conocidas. El error cometido, en este caso por la Administración Bush en Octubre del 2001, mediante su política exterior, para extender el brazo del poder más allá de las razones que impone la lógica, ha tenido nefastas consecuencias. No obstante ya es costumbre en la acción internacional de los Estados Unidos, cometer este tipo de yerros, con similar resultado.  Afganistán y sus pobladores, talibanes y no talibanes han sabido, lidiar con la presencia no bienvenida, de potencias foráneas, tal es el caso de los ingleses, los rusos, y ahora los estadounidenses, sin que ninguna haya podido realmente prevalecer en su territorio. Tarde o temprano la verdad histórica prevalece y siempre es cuestión de tiempo. Acá dos décadas, es decir una brizna de tiempo, bastó.

Pretender “Democratizar” con perspectiva occidental a sociedades culturalmente tan distintas, es la cosa más vana y absurda imaginable. Dos décadas de ocupación, pretendiendo fortalecer las bases políticas de la sociedad anfitriona, sin entregarla realmente a manos y manejo de sus propios dueños, habría de tener las tétricas consecuencias, que el resto del mundo está presenciando. Es una nueva aventura que emula la famosa obra novela “El americano feo” de William Lederer y Eugene Burdick publicada en  1958.

Los negocios de los contratos militares estimulados en Afganistán por el gobierno norteamericano, se convirtieron en una finalidad en sí misma, consumiendo millones de dólares anualmente, que sólo sirvieron para mantener los negocios de la industria bélica y a la postre para estimular un gobierno corrupto, sin que  hubiese la mínima intención o posibilidad de incidir en los ajustes al sistema político local para hacer frente a sus propias responsabilidades. Esto es a fin de cuentas la crónica de una muerte anunciada.

La Administración Trump en su calculado pragmatismo, procuró asegurar que los talibanes no le iban a hacer la vida más difícil a los norteamericanos, que ya habían pagado con un costo social alto, la vida de casi dos mil quinientos soldados norteamericanos y cerca de $2.billones en inversión económica, además Afganistán puso lo suyo con alrededor de 30000 civiles muertos, durante ese mismo lapso de tiempo. Trump negoció los términos de una salida pacífica para los norteamericanos que al final no se cumplió.  El Presidente Biden decidió sacar los últimos 2500 soldados, de lo que él llamó “ el final de una guerra eterna”. El sabor de la derrota  es inminente y la imagen del Presidente Biden recibiendo los féretros de 13 norteamericanos con la bandera de los Estados Unidos, es lo que finalmente prevalecerá en el imaginario colectivo. Desde Vietnam no era tan evidente una derrota tan contundente para los Estados Unidos en otra parte del mundo.

Los talibanes han empezado a manejar su política exterior y doméstica, con una narrativa nueva de no represalia, que a fin de cuentas sólo eso: narrativa. Lo cierto es que sus prácticas fundamentalistas habrán de prevalecer y en particular las mujeres sufren con  horror esta vuelta al poder de sus verdugos. Por eso buscan la salida desesperada de su propio país.  La noticia ahora es que hay otros grupos aún mucho más radicales en Afganistán, liderados por ISIS. Esto es una especie de pesadilla dentro de otra pesadilla.

Mientras tanto un nuevo drama cobra vida, y es  el de miles de emigrantes buscando espacio cierto de seguridad, donde sólo incertidumbre existe.

 

 

 

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